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Javier Melero

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Repartir la virtud 16/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial

Aunque los gobernantes que nos ha adjudicado la Providencia no merezcan más que alabanzas, hay algo en sus decisiones que no acabo de entender. Resulta ser que España es una de las economías más prósperas de Europa, que la recaudación fiscal alcanza cotas nunca vistas, su PIB es la envidia de propios y extraños y nunca faltan recursos cuando se trata de colocar a cargo del erario a auténticos pozos de ciencia que tan solo miran por la felicidad del país. Y, siendo esto así, me parece intolerablemente mezquino que para resolver el problema de los menores no acompañados que han tenido a bien honrar a Ceuta con su presencia se destinen cantidades irrisorias, como si de los premios del bingo de la parroquia se tratara.

Sería lamentable que una cuestión de esta naturaleza ensombreciera la acción de un Gobierno que siempre une a lo excelso de sus intenciones la magnificencia de resultados. Además, está en juego el prestigio de una nación que el mundo contempla con admiración creciente, que el Mundial de fútbol y el eclipse condujeron a su cenit y que no podemos permitirnos malbaratar.

   
    Ana Beltran / Reuters

Así que no valen cicaterías. El objetivo exige largueza de miras y esa liberalidad que ha hecho de los españoles una leyenda: hay que gastar, señores. Y no un triste par de decenas de millones –cifra que como patriotas nos avergüenza–, sino lo que haga falta. Que nadie diga que no hacemos lo que hemos de hacer por una vil cuestión de numerario. Hay que afrontar el problema de una vez, huyendo de los viejos errores que tantos sinsabores han causado.

De nada vale trasladar a un adolescente desde Ceuta, meterlo en un barrio de humilde condición –que alguno hay, pese a nuestro esplendor general–, matricularlo en un colegio público que ya bastante tiene con sobrevivir a duras penas y después quejarse hipócritamente de las estadísticas sobre fracaso escolar, marginalidad y convivencia. España, con su altruismo habitual, ya ha ensayado la integración de pobres entre pobres. Hay que dejar ese estadio atrás y avanzar hacia lo realmente eficaz: la integración de pobres entre ricos.

Con los adolescentes de Ceuta hay que avanzar hacia lo que es eficaz: integrar pobres entre ricos

Cualquier ciudadano de bien comprenderá que un muchacho que llega a España y es alojado en un centro hacinado, o una barriada donde la solidaridad recae desde hace años sobre personas que apenas llegan a fin de mes, pocos alicientes encontrará en su nueva patria. Esa patria que, por cierto, sus padres eligieron a la carta entre el selecto catálogo de democracias europeas, privilegio que no deja de producir cierta envidia y, sobre todo, un legítimo asombro ante semejante buen gusto.

Si queremos integrar satisfactoriamente al recién llegado, hagámosle sentir desde el primer día la España de verdad: la de Pedralbes y Sarrià, la del barrio de Salamanca y Chamberí. Y en viviendas, por supuesto, amplias y luminosas, a ser posible con piscina. Naturalmente, semejante política debe hacerse extensiva a sus padres, pues repugna a cualquier conciencia civilizada separar a las familias, por mucho empeño que algunas hayan puesto en separarse. Y, obviamente, la educación merecerá aún mayor dispendio. Esos niños deben ir a los mejores colegios, porque, si de verdad creemos en la igualdad de oportunidades, conviene empezar por las oportunidades que tienen los ricos. Hablo, faltaría más, de los más exclusivos centros privados y concertados, aquellos a los que nuestros políticos, con sensatez encomiable, suelen llevar a sus hijos. Allí adquirirán no solo conocimientos, sino algo bastante más importante para triunfar en España: relaciones. De paso, descongestionaríamos los pueblos y distritos que llevan décadas cargando con los deberes de acogida, daríamos un respiro a los colegios públicos, que no tienen por qué ser la infraestructura de emergencia de todas las catástrofes del planeta, y, sobre todo, repartiríamos un poco mejor la virtud.

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Soy consciente de que esta propuesta exigirá un esfuerzo presupuestario considerable. Pero España es un país generoso y sería una lástima que la historia nos recordara por escatimar precisamente con quienes, con tan exquisito criterio, nos eligieron entre todas las naciones posibles. El coste será infinitamente inferior al de seguir haciendo lo que hacemos: cargar la solidaridad sobre las vidas y la educación de los pobres, pero con gran solemnidad y un comunicado de prensa.

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