El rock frustra (y ya me gusta)
Por Joaquín Luna Morales — Portada

El rock frustra (y ya me gusta) 16/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
Recién aterrizado en Barcelona, nunca supuse que el mismo sábado encontraría entradas para escuchar en el Razzmatazz a Ronnie Wood –no confundir con Agustín Ramírez, vocalista de Los Diablos–. ¡Sobraron entradas! ¿Su precio? 150 euros.

O sea 300 euros si invitas a una amiga rockera de clase subalterna. ¿Qué dictaminaría la IA sobre el dilema “dos entradas para Ronnie Wood o una cena con gambas dicharacheras, percebes de medio pelo y rodaballo silvestre”?
De momento, nadie exige que el Estado solucione lo del precio de los megaconciertos
Los espectáculos a lo grande se están convirtiendo en aliados de la pedagogía: los precios aportan frustración –un valor muy edificante– en una sociedad que la rehúye. Todo se andará, pero de momento no existe partido ni movimiento social que se atreva a exigir al Estado subvenciones para poder escuchar a un Rolling Stone, verificar si los hermanos de Oasis se zurran sobre el escenario o asistir a un partido en el Camp Nou, ejemplos de antiguos espectáculos populares (regidos ayer y hoy por el mercado).
A diferencia de las aulas o la vivienda, no hay excusas ni coartadas que valgan. Lo tomas o lo dejas. Nada de esperar a que el Estado tome cartas en el asunto, cree un observatorio interdisciplinario y prometa ayudas a fin de que ningún joven de menos de 45 años se quede sin acceder. O pones el pastizal de tu bolsillo o te quedas sin entrada y, por tanto, sin poder certificar en las redes que estuviste allí (porque tienes la pasta suficiente, no como los pringados que ahorran para la vivienda).

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Las castañas abundan, pero, como recintos y estadios se llenan, no ha nacido el tonto que renuncie a obtener más beneficios aunque sean los primeros en presumir de los valores sociales de la música no sinfónica o de los regates solidarios de Lamine Yamal.
La frustración era la base de la educación. A comer y a callar, a estudiar o a recuperar en verano, a calentar banquillo porque otro compañero era mejor, a afrontar que la chica que te gustaba salía con otro… De ahí salía eso que llaman resiliencia y que todos tendríamos en mayor grado de no temblar ante la frustración. Y los precios del rock…

Joaquín Luna
Nacido en Barcelona, licenciado en Periodismo por la Universidad de Navarra y becado un curso en la Missouri-Columbia University, entró en ‘La Vanguardia’ en 1982, donde ha hecho casi de todo. Corresponsal en Hong Kong (1987-1993), Washington (1993-96) y París (1996 al 2000). Ha cubierto tres elecciones presidenciales en EE.UU., tres en Francia, las guerras de Kuwait, Irak, Ucrania y Gaza, los funerales de Hiro Hito, Rajiv Gandhi, Deng Xiaoping, Nixon o Hassan II, el 11-S de Nueva York, el accidente nuclear de Fukushima así como tres mundiales de fútbol y los JJ.OO de Seúl, Barcelona, Atlanta y Atenas. Redactor jefe de Internacional y actualmente articulista del diario. Ha perpetrado tres libros: ‘Menuda tropa’, ‘Esta ronda la pago yo’ y ‘Cuando de dejan’.
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