La herencia
Por Santi Vila — Portada

La herencia 10/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
A las puertas de la Diada, se me antoja reflexionar sobre el significado de las herencias. Las naciones, como las personas, transmiten bienes materiales y espirituales y, al hacerlo, refuerzan o diluyen vínculos entre pasado y presente. Somos, en buena medida, aquello que hemos recibido: una lengua y cultura maternas, unas instituciones, un paisaje, unos recuerdos compartidos y también consecuciones (y conflictos) que no empezamos, pero cuyos frutos todavía disfrutamos o cuyas cargas, a veces, seguimos soportando.

Los diarios se llenan de noticias de parejas que, gracias a una herencia o donación familiar, pueden comprarse un piso. En España, para muchos jóvenes, acceder a una vivienda depende cada vez menos solo del salario y más del patrimonio familiar. Según un informe reciente, más de la mitad de los españoles considera que una herencia será determinante para que su generación llegue a ser propietaria. Heredar puede cambiar una vida. No es ninguna novedad. Gracias, en parte, a una herencia, Voltaire pudo desarrollar su carrera literaria. Y es famosa la tía que dejó a Virginia Woolf quinientas libras anuales de por vida, renta que le permitió disponer de una habitación propia y, sobre todo, independencia.
La herencia puede ser una extraordinaria fuente de libertad y seguridad. Pero también fuente de conflictos familiares. Lo hemos visto este mismo verano. El caso Andic, aún bajo investigación judicial, nos ha recordado hasta qué punto una herencia puede quedar atrapada en una telaraña de afectos, intereses y reproches. No hay que llegar al crimen ni a fortunas millonarias. Todos conocemos familias en que el reparto de una casa destartalada o cuatro muebles cutres ha acabado en guerra fratricida, haciendo aflorar conflictos que ya venían de lejos. Porque las herencias nunca son solo aquello que figura en un testamento. Con la transmisión de una casa, un cercado o un sembrado, recibimos también recuerdos, obligaciones y expectativas; muestras de afecto y desengaños, señales cómplices o displicentes.
Cada generación ha de tener derecho a sus propios sueños y a cometer sus equivocaciones
Con las naciones pasa algo parecido. Al nacer en un lugar determinado, asumimos una herencia que no hemos elegido y nos acompañará siempre. Pero las circunstancias en que nacemos no son necesariamente aquellas en que viviremos y moriremos. En el mundo de hoy, los reyes se casan con plebeyos y los jóvenes enseñan a los mayores a usar el móvil. Cada generación recibe un mundo que no ha empezado y deja uno que no podrá acabar. Entre una cosa y otra está la vida vivida. El legado nos condiciona, pero no nos puede determinar. Maragall lo expresó magníficamente en la Oda a España. Ante un país demasiado pendiente de glorias y recuerdos, “recuerdos y glorias –solo de muertos–”, reivindicaba “vida para los de ahora y para los que vendrán” y lo exhortaba: “Piensa en la vida que tienes a tu alrededor”. El ahora y el mañana. Esa es también una manera de mirar Catalunya ante la Diada. Debemos mucho a quienes nos han precedido, pero eso no nos obliga a reproducir eternamente sus luchas, ni a quedar atrapados en preocupaciones que quizá ya no nos definen. Como vemos dolorosamente en Palestina, cuando los agravios y el dolor se transmiten de generación en generación, el pasado puede convertirse en prisión para los vivos. Y el pasado ha de ser semilla, no sal para la tierra.

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Santi Vila
En Barcelona y Figueres tengo amigos atormentados porque sus hijos no quieren seguir el negocio de los abuelos, y conozco alcaldes que sufren al ver cerrar establecimientos centenarios, sustituidos por iniciativas en las que los ancianos ya no se reconocen. Nos puede doler, claro. Pero ser buen heredero no puede consistir solo en conservar lo recibido. Lo que cuenta es mantener vivas las ganas de progresar y de hacer progresar, construyendo vínculos entre los de aquí y los forasteros, jóvenes y mayores, ricos y pobres, piensen como piensen. Los vínculos importantes son los que nos permiten reconocernos en la humanidad que nos es común y hacen posible la amistad cívica.
Los miedos y esperanzas humanas se parecen; cambian las circunstancias. Por eso cada generación ha de tener derecho a sus propios sueños y a cometer sus propias equivocaciones. Al fin y al cabo, una herencia solo vale la pena si sirve a los que la reciben para forjarse un futuro mejor. Aunque sea haciendo que se remuevan los huesos del Fossar de les Moreres.
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