Por Miguel Trias Sagnier — Portada

Miguel Trias Sagnier

Miguel Trias

Profesor de Esade

El mayor problema de España 25/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Las encuestas muestran tozudamente la escasez de vivienda y sus disparados precios como el problema número uno. La inmigración, la economía doméstica, la política y el desempleo juvenil se disputan con ella los puestos de cabeza. La inteligencia artificial y sus distopías asociadas sobrevuelan como un cuervo negro. Pero hay un problema que a nadie parece preocupar, ni a la ciudadanía, ni a los políticos, ni siquiera a las universidades e institutos de investigación. Solo alguna voz aislada clama en el desierto y, sin embargo, en cuanto salimos al extranjero se nos evidencia enseguida.

Nos adentramos en cualquier ciudad francesa y enseguida apreciamos que hay más bullicio infantil que aquí. Más familias con hijos y más hijos por familia. De entrada, podemos pensar que es una percepción casual, pero cuando se va reiterando llegamos a la constatación de que no es fruto del azar sino de una realidad que las cifras confirman.

   
    Llibert Teixidó

En el 2025 nacieron en Francia 643.905 niños sobre una población de 69 millones, lo que supone una tasa de 9,3 nacimientos por cada 1.000 habitantes y una tasa de fecundidad de 1,56 hijos por mujer. Cifras bajas y declinantes. Pero las de España son mucho peores: en el 2025 nacieron 321.164 niños sobre una población de 49,4 millones de habitantes, lo que representa 6,5 nacimientos por cada mil habitantes y una tasa de fecundidad de 1,1. Así pues, la comprobación estadística nos confirma que en Francia hay mucha más densidad de niños que en España, en concreto un 43% más. No es raro pues que lo percibamos enseguida. Y lo más preocupante de todo es que, tratándose de una tendencia decreciente desde hace décadas, nada apunta a que vaya a corregirse.

Lamentablemente, solo la extrema derecha hace bandera de este tema, denunciando la “gran sustitución” que se está produciendo al compensarse la escasez de jóvenes por la entrada masiva de inmigrantes. Los que vienen suelen tener tasas de natalidad más altas que los nacionales, pero con sorprendente rapidez tienden a adoptar las pautas natalistas del país de acogida. Así que, si sigue esta tendencia, la necesidad de seguir compensando la escasez de nacimientos con la inmigración continuará.

Hasta ahora, España ha ido alimentándose prioritariamente de los flujos procedentes de Latinoamérica. Pero las tasas de fecundidad en esos países están bajando también y más pronto que tarde cesará esa corriente migratoria. Tenemos la reserva de Marruecos y, después, la del África subsahariana. Algún día esas cohortes de jóvenes que suspiran por saltar la valla de Ceuta dejarán de ejercer presión. Pero eso tardará décadas en suceder.

La escasa natalidad augura una sociedad menos cohesionada y peor educada

Entre tanto, el gran problema será que la cohesión en la que se fundamenta nuestro sentir colectivo, basada en una memoria compartida, se irá diluyendo.

Aquellos que sustituyan a los hijos y nietos que no hayamos tenido no sentirán como suya nuestra historia, nuestra lengua ni nuestra cultura compartida. Y eso aplíquenlo a España o a Catalunya según la sensibilidad de cada uno. Me pueden decir que eso no sería un gran drama, pues nuestro sentimiento nacional, plagado de decadencia, derrotas, guerras civiles y dictaduras, no genera una particular autoestima. Y algo de razón tendrán. Pero el ethos colectivo se alimenta de esa memoria y se transmite de una generación a otra. Los 50 años de convivencia democrática y pacífica no se explican sin la memoria de la última guerra civil que se transmitió de padres a hijos para decir nunca más. Esa es la auténtica memoria democrática.

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Pueden argumentarme que se creará otro tipo de identidad y posiblemente sea así, pero las sociedades que preservan más su cohesión y velan por la transmisión de los valores a las siguientes generaciones son capaces de prosperar mejor. Mayores niveles de educación de los padres llevan a mejores perspectivas para los hijos. En cambio, el continuo flujo de inmigrantes augura poblaciones con peores niveles educativos.

No es fácil revertir esta tendencia, que es general en Europa. Pero eso no puede llevarnos a la autocomplacencia, pues, junto con Italia, tenemos los peores números. Si queremos unas futuras generaciones más educadas y mejor preparadas para los retos del futuro no podemos desentendernos de este tema y dejarlo en manos de los demagogos.

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