Por Marta Ricart Gabriel — Portada

Marta Ricart Gabriel

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AnsIAdad 25/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Llevamos todo septiembre calibrando si la IA nos va a eliminar como especie en un año o cuatro o si la llamada a pausar su desarrollo obedece a estrategias empresariales de sus grandes promotores, Dario Amodei y Sam Altman. El negocio es inmenso. Preguntada la propia IA (nutrida por fuentes humanas diversas), estima que la inversión en ella ya roza el 1% del PIB mundial solo cuatro años después de surgir ChatGPT; para comparar, el negocio energético o el turístico se estiman cada uno en no más del 10% de ese PIB.

Consejo de Seguridad de la ONU el miércoles, con Dario Amodei, de Anthropic, videoconectado, y Sam Altman, de OpenAI, presente (sentado a la derecha) 
Consejo de Seguridad de la ONU el miércoles, con Dario Amodei, de Anthropic, videoconectado, y Sam Altman, de OpenAI, presente (sentado a la derecha)  ANGELA WEISS / AFP

Altman y Amodei, la última ocasión esta semana ante el Consejo de Seguridad de la ONU –y seguramente en su encuentro con Trump y Xi Jinping–, venden la IA como una oportunidad y, a la vez, una amenaza globales. Un día dicen que es lo mejor que le va a pasar a la humanidad –Elon Musk asegura que nadie deberá trabajar y todos viviremos subsidiados– y al siguiente afirman que hay que temerla, porque no pueden controlar a sus “agentes” de IA, que se “desalinean” como les da la gana. Empresas que eran un búnker de secretismo cuentan ahora incidentes preocupantes, como si sus “agentes” no fueran los algoritmos que crean sus compañías. El experto Ramón López de Mántaras critica esta perversa humanización de procesos computacionales.

La cuestión es cómo controlar la IA y menos desde Europa, que no va a liderar grandes modelos

Y en medio de todo, como si la situación no fuera suficientemente complicada, Donald Trump. Quizás con otro presidente en EE.UU. las cosas serían diferentes, pero según los tecnooligarcas igual ni da tiempo a elegir a otro. Trump está con el naming: propuso cambiar el nombre de inteligencia artificial por “extrema” o “suprema”. “Superinteligencia” la llama ahora. No piensa contener lo que ve como una revolución del crecimiento; quiere pasta y poder inmediatos, a él el futuro de la humanidad le importa poco.

Los tecnobros no son más fiables. Su petición de que se regule la IA suena a sacudirse responsabilidades. Sus propuestas de control, con organismos externos a las empresas pero no independientes, recuerdan las políticas durante décadas de otras grandes industrias, como la tabaquera o la big food que siempre priorizaron sus cuentas ante la salud de los usuarios.

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Trump ha planteado a Xi Jinping que sus países se avisen de incidencias graves, pero sin renunciar a la feroz competencia, así que se augura menos entendimiento que en la carrera armamentística. Eso, sin contar con la actividad de otros países, ni con terroristas y ciberdelincuentes.

La cuestión es cómo controlar la IA, la americana y la china, y menos desde Europa, que no va a liderar grandes modelos. Hacerlo a través de las aplicaciones prácticas de estos en cada sector seguramente reducirá daños, pero será muy laborioso. Temo que nos esperan décadas de debates y de problemas. ¡Qué ansIAdad!

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Redactora jefe de Opinión. En La Vanguardia desde 1989, ha escrito sobre Barcelona, salud y otras áreas en Vivir, Sociedad y Magazine

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