Qué hacer con la extrema derecha
Por Carles Casajuana Palet — Portada

Qué hacer con la extrema derecha 25/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Los ultras europeos tienen el viento a favor. Hace tres semanas, AfD ganó las elecciones en el estado alemán de Sajonia-Anhalt. Hace dos, la extrema derecha estuvo a punto de ganar las elecciones suecas. El domingo, AfD volvió a ganar en el estado alemán de Mecklemburgo-Pomerania. Cada día que pasa se considera menos improbable que Marine Le Pen gane las elecciones presidenciales de Francia el próximo año.
No se trata de un fenómeno pasajero. Viene de lejos. Durante los últimos cuarenta años, la globalización ha sacado de la pobreza a cerca de dos mil millones de personas de Asia, de América Latina y de África. Este hecho tan positivo –el más destacable de nuestros tiempos, junto con la mejora de la situación de la mujer– tiene una cara B: miles de millones de trabajadores que antes vivían al margen del sistema ahora compiten con los trabajadores occidentales a través de la emigración o de la deslocalización de las empresas. Primero producían camisas baratas; ahora fabrican mejores coches eléctricos que los nuestros, y sus exigencias de derechos sociales son mucho más bajas.

Esta competencia ha infundido miedo y desesperanza entre las clases medias europeas. El viejo contrato social se ha roto: ya no podemos tener la seguridad de que en diez o veinte años viviremos mejor que hoy.
La creación y consolidación del Estado de bienestar permitió que los partidos socialdemócratas y los partidos democristianos europeos se turnaran en el poder durante décadas. Ahora ese Estado de bienestar está amenazado y ambos bloques pierden votos. A la defensiva es muy difícil ganar elecciones. Muchos –sobre todo hombres jóvenes– huyen hacia una extrema derecha que, a caballo de las redes, promete el regreso a la edad de oro con la bandera de la lucha contra la inmigración.
Si ganan no hay más remedio que dejarlos gobernar, pero hay que atarlos muy corto
El cordón sanitario para marginar a la extrema derecha y no pactar nunca con ella ya no tiene sentido. Una democracia no puede dejar fuera a unos partidos que obtienen cada día más votos, aunque no sean democráticos. Mejor ponerlos ante el espejo de sus fórmulas simplistas y de unas promesas que no podrán cumplir. Como escribía no hace mucho el director de este diario, si ganan, no hay más remedio que dejarlos gobernar. Pero hay que atarlos muy corto.
Si creen que expulsando a varios miles de inmigrantes conseguirán revitalizar la industria europea, van de cráneo. Cuando tengan que elegir entre invertir en defensa, reparar infraestructuras obsoletas, tratar de acortar las listas de espera de los hospitales y mantener el valor adquisitivo de las pensiones, verán que una cosa es hacer campaña electoral y otra gobernar. Chocarán con la realidad y perderán fuerza (como les está sucediendo a Trump y al movimiento MAGA en Estados Unidos). Culpar a los inmigrantes de todos los males es fácil. Gobernar es más complicado.
Existe el peligro de que una vez en el poder restrinjan la libertad de expresión y manipulen las normas vigentes para sabotear la democracia y no perder las siguientes elecciones. Con este procedimiento, Orbán se mantuvo en el poder durante veinte años. Para evitarlo, los demás partidos deben juramentarse para exigir el respeto escrupuloso de las reglas democráticas. Este debe ser el nuevo cordón sanitario. Dentro de los límites legales, que hagan lo que crean necesario. Fuera, ni parpadear.

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También existe el peligro de que la Unión Europea no sobreviva a un ciclo de gobiernos de extrema derecha. Con un gobierno de Reagrupamiento Nacional en París y otro en Berlín de AfD –que propone abandonar el euro y salir de Schengen–, la UE podría vivir días tempestuosos. No todos los dirigentes tienen la habilidad de Georgia Meloni para contentar a sus votantes más radicales sin romper con Bruselas. En la Europa septentrional no se pastelea como en Italia.
Hoy que necesitamos más Europa –lo hemos visto en Ceuta, lo vemos todos los días en la frontera con Rusia– es cuando el futuro de Europa está más amenazado. Pero no tenemos alternativa: debemos confiar en que, una vez en el poder, los partidos ultras se moderarán o que los votantes, decepcionados, los pondrán de patitas en la calle antes de que puedan causar daños irreversibles.
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