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Centros de datos como estufas 06/10/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Estados Unidos se acerca a las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre, sumido en el habitual clima de polarización política. Sin embargo, hay un asunto que suscita cierto consenso entre los votantes: la implantación de nuevos centros de datos. Según una encuesta de The   New   York   Times, el 61% de los norteamericanos se oponen a construir más, y solo el 14% están a favor. El rechazo es mayor entre demócratas, pero también gana entre republicanos.

Los centros de datos son infraestructuras clave en nuestra era. La nube digital no está en el cielo, sino en la tierra, aprisionada en enormes naves colmadas de armarios con servidores, lucecitas parpadeantes y cables de colores. Sin ellas, internet, la banca en línea, el correo electrónico, el almacenaje de fotos y la inteligencia artificial (IA), además de nuestra memoria digital, estarían en jaque.

  
   PIERO CRUCIATTI / AFP

¿A qué obedece entonces este rechazo? En primer lugar, a su coste medioambiental. Los centros de datos consumen ya entre el 2% y el 3% de la electricidad del planeta y se espera que doblen su demanda en cuatro años. Su actividad insomne genera mucho calor y obliga a un centro de tamaño medio a gastar cada año hasta 25 millones de litros de agua (el equivalente a diez piscinas olímpicas) en sus sistemas de refrigeración, para que chips y microprocesadores no se achicharren. El efecto “isla de calor”, producto de estos centros, crea un microclima indeseado, con subidas de temperatura de dos grados en un radio de cinco kilómetros alrededor, y de un grado en un radio de diez kilómetros.

En segundo lugar, el rechazo obedece a las incógnitas que causa la IA, en particular después de que algunos de sus principales impulsores hayan aconsejado pausar su desarrollo, temerosos de que escape al control de los humanos.

En tercer lugar, mencionaremos a los nimby (not in my back yard), acrónimo que desde los ochenta se aplica a quienes se oponen a la instalación cerca de su casa de un diverso abanico de infraestructuras molestas o inquietantes, desde aeropuertos hasta prisiones, pasando por parques eólicos, vertederos, nucleares, mezquitas, narcosalas… y, ahora, centros de datos.

Demócratas y republicanos coinciden al rechazar estas infraestructuras digitales

Pese a lo dicho, la expansión de estos centros parece asegurada, tanto en número como en tamaño. En el mundo ya hay unos 11.000, donde más, en Estados Unidos (4.000). Europa alberga unos 3.500, de ellos 130 en España (47 en Madrid y 20 en Barcelona). Cuatro de los cinco más grandes están en China: el mayor se acerca al millón de metros cuadrados y está en un lugar apropiadamente denominado Hohhot (que cabría traducir –perdón por el chiste malo– como “cahcaliente”).

Corren buenos tiempos para la economía digital, que ya supone, sumando su impacto directo, indirecto e inducido, el 27% de nuestro PIB, según la Asociación Española de Economía Digital. Vivimos además en la época de la gran escala, que ahorra costes a los operadores. Los cruceros ya transportan hasta 10.000 pasajeros; los portacontenedores miden hasta 400 metros de eslora (y los yates privados de los oligarcas, hasta 180). Los centros de Amazon suman trece millones de metros cuadrados.

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En el sector digital, las cosas no iban a ser distintas, dada la concentración empresarial que protagonizan grupos como Alphabet, Microsoft, Amazon, Apple o Meta. Ninguno quiere frenar en su carrera para ver quién acaba dominando la IA. Ninguno dejará de construir centros de datos. Por no hablar de lo que hará China, que porfía por arrebatar el cetro digital a EE.UU.

Se habla mucho ahora de las elecciones de mitad de mandato, de si Trump perderá la Cámara de Representantes o de si conservará el Senado. Lo cual podría tener efectos sobre el futuro inmediato de EE.UU. Pero no parece que se vaya a controlar más la economía digital, aunque demócratas y republicanos coincidan al recelar ante el crecimiento sin control de la IA y la proliferación de esas estufas enormes e insostenibles que son los centros de datos. Como si las big tech mandaran ya más que la Casa Blanca.

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