Basta de ignorar la literatura portuguesa

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Por David Uclés — Portada

David Uclés

David Uclés

Escritor

Basta de ignorar la literatura portuguesa

Los días afuera

26/09/2026 10:21 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Entre la llegada de la novela moderna a Portugal de la mano de Eça de Queiroz y la llegada a la cumbre de las letras universales de José Saramago transcurrió todo un siglo de literatura moderna. Además de a Pessoa, antes de interesarme por el iberismo no conocía apenas a ningún escritor portugués reciente. Miento: sí a António Lobo Antunes, pero me habían contado tantas cosas sobre su carácter poco afable, tanto en Portugal como en España, que no me interesé mucho por él. Pero a ninguno más.

José Saramago ya señalaba que en Europa pocos sabían señalar dónde estaba Portugal, que el país había tenido la mala suerte de encontrarse entre dos muros: el mar y España —que siempre ha vivido de espaldas a él—. Los escritores portugueses de las décadas anteriores a la revolución de los claveles no lograron darse a conocer internacionalmente. No tenían agentes literarios y algunos se tenían que publicar a sí mismos —como el iberista Torga, cuyos Cuentos son maravillosos—. No ayudó que los lazos con Brasil fueran débiles. Hasta el célebre Acuerdo Ortográfico que obligaba a los dos países a escribir bajo una misma norma, las obras de un país eran traducidas al dialecto del otro. Y ocurría en los dos sentidos, así fueran José Cardoso Pires o Jorge Amado. Hoy día los escritores portugueses entran en Brasil con facilidad, sin necesidad de traducción, pero algunas voces literarias me confiesan que no ocurre igual a la inversa. En España esto es más fluido. Latinoamericanos y españoles acceden con facilidad a los premios, festivales y actos literarios de ambos lados del Atlántico.

El escritor portugués José Luís Peixoto
El escritor portugués José Luís Peixoto Dani Duch

En mi caso, no ha sido hasta hace bien poco que he podido trazar un mapa contemporáneo de la literatura portuguesa, y ahora soy fiel a muchos escritores lusos.

Tras los escritores neorrealistas de los años cincuenta, que sufrieron el freno cultural de la dictadura portuguesa y el exilio —como Jorge de Sena—, aparecieron al calor de la Revolución voces liberadas y libres, mayores que no habían podido hablar y jóvenes que empezaban a hacerlo. De los primeros leí a Torga, a Agustina Bessa-Luís y al escritor en cuya casa estoy escribiendo esta columna: Vergílio Ferreira, uno de los primeros novelistas existencialistas de quien me cautivaron dos obras: Aparición y Para siempre. De los jóvenes posrevolucionarios, Lídia Jorge destaca entre el resto. Con Lídia compartí varios días en Compostela; recibimos juntos el premio San Clemente. Su novela Misericordia pasará a la historia de las letras portuguesas.

El caso de Saramago es muy particular. En los años ochenta él tenía edad para pertenecer a la generación mayor, pero también un espíritu inquieto que lo conectaba directamente con los nacidos de la Revolución. Aquello generaba cierto desconcierto. Su caso fue único, y su tesón. Su primer éxito literario le llegó a los sesenta años y acabó alzándose con el Nobel. Como él decía: “No tengamos prisa, pero no perdamos el tiempo”.

A finales de siglo aparecieron los escritores que conforman las letras contemporáneas del país. Destacan tres nacidos en los setenta: Gonçalo M. Tavares, cuyo libro Jerusalén es un monumento y tiene ecos de Canetti; José Luís Peixoto, de quien habéis de leer la existencial Cementerio de pianos, y Valter Hugo Mãe, que con El hijo de mil hombres da muestra de su portentosa imaginación.

Portugal es un gran país literario por descubrir.

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