Por Sergi Pàmies Bertran — Portada

Sergi Pàmies Bertran

Sergi Pàmies

Wembley

Por la escuadra

28/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

El partido Inglaterra-España jugado en Wembley fue entretenido por razones diversas. De entrada, por el juego de ambos equipos, que, en vez de castigar a los espectadores con una prudencia especulativa, decidieron jugar al ataque. Y después porque los culés podíamos sufrir tanto por si se lesionaba un jugador del Barça de la selección española como por si se lesionaba un jugador del Barça de la selección inglesa. A un nivel más esotérico, también fue muy comentado que Lamine Yamal no luciera el vendaje que suele llevar cuando juega con el Barça, como si la teoría de la cábala estética (lo dice la IA) siguiera reforzándose como superstición selectiva.

Sabemos que Wembley tiene una aureola mitológica. Siguiendo una tradición hereditaria, los jugadores lo tratan con una veneración que tiene poco que ver con las opiniones de sus usuarios, que maldicen los problemas de acceso y de salida. La leyenda se impone y, desde que Pelé definió al viejo Wembley como “la catedral, la capital y el corazón del fútbol”, el respeto litúrgico se ha consolidado como una verdad que jugadores como Ronaldo Nazario, Xavi Hernández Bobby Charlton, Michael Laudrup o Éric Cantona han mantenido. Y para los culés Wembley siempre será el escenario de dos de nuestros mejores recuerdos : las finales de 1992 y 2011.

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Lamine es consciente de que no todos los escaparates ni los momentos son iguales

En el mundo del fútbol, la construcción de los mitos funciona gracias al periodismo deportivo. Siempre que un equipo juega en Wembley, los periodistas preguntan a los entrenadores y jugadores qué impresión les provoca salir al césped de un estadio tan históricamente imponente. No me imagino a nadie respondiendo que no le hace ninguna gracia o que detesta el ambiente que allí se crea. Y sí, en cambio, que concite la misma unanimidad que provocan grandes monumentos del circuito turístico. Wembley tiene, para mucha gente, una categoría parecida a la del Big Ben o del palacio de Buckingham.

Lamine Yamal, rodeado de jugadores ingleses, el pasado sábado
Lamine Yamal, rodeado de jugadores ingleses, el pasado sábado TOLGA AKMEN / EFE

Seguro que Lamine es consciente de que no todos los escaparates ni los momentos son iguales. Wembley y un mes antes de que se anuncie el nombre del ganador del Balón de Oro eran circunstancias que favorecían una exhibición. En la práctica, la exhibición fue relativa. Lamine jugó muy bien, marcó un gol, participó en el juego de ataque y de defensa del equipo, pero también falló ocasiones de esas que, cuando las falla Ferran Torres, nos disparan la glándula blasfemadora. De la misma manera que Wembley goza de un estatus simbólico que lo distingue de otros estadios, Lamine tiene un estatus simbólico que lo diferencia del resto de jugadores. Que, además, no participe de la modestia y la humildad generalizada, que recomienda no mostrar la ambición de obtener honores individuales en un contexto de juego de equipo, él no disimula sus ilusiones. Todo lo que Lamine ha dicho sobre el Balón de Oro tiene lógica si nos ceñimos a los valores actuales del negocio del fútbol de élite. Aunque, si otros jugadores hubieran dicho lo mismo, las reacciones habrían sido muy diferentes. Esta es la grandeza del fútbol, que intenta conciliar contradicciones que, a menudo con calzador, intentamos hacer pasar por verdades, cuando en realidad son, como el vendaje de Lamine, una superstición, un fetiche sentimental o una cábala estética.

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