Valeria Luiselli, movimiento interior: “La escritura es como un juego”
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Valeria Luiselli, movimiento interior: “La escritura es como un juego”
Lecturas
La autora de ‘Principio, medio, fin’ teme a la falta de entusiasmo y de interés por el mundo

Valeria Luiselli es la autora de ‘Principio, medio, fin’
Feltrinelli Editores
Sofía Macías
15/10/2026 06:55 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) habla desde Nueva York. En algún momento pasa un tren y su ruido se cuela en la conversación. “El soundscape de Manhattan”, señala. La autora de Los ingrávidos, La historia de mis dientes y Desierto sonoro publica Principio, medio, fin (Feltrinelli, 2026), una novela en la que una madre recién divorciada viaja con su hija adolescente a Sicilia. El libro se mueve entre notas, fotografías y carreteras. En la charla asoma una postura ante la escritura y el mundo: mirar, escuchar, prestar atención.
¿Cree que para mantener la emoción hay que mantener el movimiento?
Sí, el movimiento se puede entender también como movimiento interior. En esta novela en particular, hay mucha interioridad enclavada hacia el espacio aparentemente quieto de la interioridad, de prestar atención a los movimientos de la psique o a cómo la psique percibe el mundo, los recuerdos. Y en eso hay aparente quietud, introspección. Pero, ya metidos en eso, hay otro tipo de movimiento.
Durante muchos años acumulo observaciones cotidianas sin saber muy bien cómo van a ensamblarse”
¿Esperaba desarrollar su definición de pertenencia o de casa al acabar el libro?
No me espero muchas cosas. Mi proceso de escritura está muy marcado por lo inesperado porque no escribo con un rumbo fijo. Durante muchos años acumulo observaciones cotidianas sin saber muy bien cómo van a ensamblarse. No tengo un objetivo claro, más bien el objetivo es notar: estar atenta y notar las cosas con los ojos, con los oídos, con la disposición a absorber sensorialmente, emotivamente el mundo. La nota es la unidad básica de mi pensamiento, y pienso en la nota tanto como el ejercicio de transcribir al papel un instante en el mundo como también de ser capaces de poner la atención.
¿La escritura es como un juego?
Definitivamente, sí. Siempre que pienso en eso me acuerdo de un ensayo de Julio Cortázar sobre el cuento, sobre su poética. Cortázar habla de un amigo que dice que la literatura es un juego, pero agrega: “Pero, ojo, un juego muy serio”, en el sentido en que es serio un juego para cualquier niño o niña. Si piensas en la manera en que juegan los niños, hay absoluta indignación si alguien no sigue las reglas, si hace trampa, si el juego se descarrila. Hay una absoluta fe en el acuerdo tácito de cómo tiene que desarrollarse un juego. Y en ese sentido me parece un gran juego la literatura: hay que sentar una serie de reglas tácitas y ser muy leal, furiosamente leal a ellas.
Sin fuerza vital no hay manera de escribir”
Entonces, también hay que tener fe.
Hay un elemento de fe y, si no queremos ponernos religiosas, de confianza profunda.
Después del divorcio, la narradora cuenta una serie de encuentros sexuales que disfruta y, sin embargo, al día siguiente llora. En ese pasaje aparece una frase: “No es tristeza, es pulpa”. ¿Qué es esa pulpa?
La misma narradora no lo entiende.
¿Y usted?
Tampoco. Ahí estoy con ella, igual de perpleja. Hay algo muy vulnerable, suave e informe en cualquier pulpa. Es como el interior de las cosas. No es el mero hueso del asunto, pero es lo que lo rodea. Hay la cáscara, la pulpa y la semilla, y eso intermedio es la pulpa. Es lo más vulnerable a ser herido, a perder su forma, a ser moldeado en otra cosa. Es como la parte más tierna, no en el sentido de la ternura, sino de lo tierno en el sentido de lo suave.
Creo que el aburrimiento lo produce la falta de atención al mundo”
¿Cómo decide qué no escribir?
Escribo tanta paja a lo largo de años de tomar notas, tanta cosa que no sirve. Durante muchos años no sé de qué trata un libro ni qué va a pasar, pero lo que sí sé, aunque es una cosa muy sensorial, es cuál es la atmósfera de ese libro, cómo se tiene que sentir, cómo se tiene que respirar ese aire. Es como llegar a un país extranjero que tiene cualidades que inmediatamente reconoces pero no puedes nombrar. En el momento en que sé eso, sé que tengo ahí, en el futuro, un libro. Y lo que está fuera de esa atmósfera es lo que acaba no entrando.
¿Nunca se aburre?
No. Creo que me da mucho miedo, no el aburrimiento, sino la falta de entusiasmo por el mundo. Es quizás otra manera de decir las ganas de vivir, la fuerza vital. Sin fuerza vital no hay manera de escribir. Incluso en estados de desesperación o de profunda melancolía hay fuerza vital. Y mientras la haya, hay posibilidad de escritura. Pero creo que el aburrimiento lo produce la falta de atención al mundo. Cuando uno está scrolleando, viendo a lo pendejo fragmentos de vídeos en un teléfono y sin poner realmente atención a nada, hay un ennui ahí. No estás tocando fondo con nada, y tu cabeza no está enganchada con el mundo. Ahí hay un tipo de aburrimiento muy jodido.

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Hacia el final, la narradora dice que teme no hacer justicia a las cosas, no llegar lo bastante hondo. ¿Ese miedo desaparece cuando termina un libro?
Ese miedo es muy parecido: no poder prestar atención al mundo con cariño, con interés, con creatividad y, por ende, no hacerle justicia. Estar siempre viendo nomás por encima. Quizá sirve aquí la distinción entre la mirada del turista, que busca solo los picos altos de la experiencia, y la del extranjero, que se detiene, se reconoce desde la no pertenencia, pero hace un esfuerzo por entender, decodificar y, a veces, simplemente observar.
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