“Ser monja era elegir libertad”
Por Víctor Manuel Amela Bonilla — Portada

Susana Martín Gijón,
novelista
Tengo 44 años. Nací en Sevilla y vivo en Madrid. Soy escritora. Tengo pareja y dos gatos, Black y Lúa. ¿Política? Comprometida y activista. ¿Creencias? No. En mi tiempo de ocio he empezado a boxear. Novelo la vida de sor Ana de Jesús, mano derecha de santa Teresa, que la envió a Granada. (Foto: LV)

23/10/2026 00:05 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
‘La Capitana’, Granada 1585
Susana ha recorrido Granada –la de los conventos y monasterios fundados en el siglo XVI– para crear La Capitana (Alfaguara), novela histórica de trama detectivesca protagonizada por una monja, Ana de Jesús, y un monje, Juan de la Cruz, con mucho de real y algo de verosímil. Susana, jurista de derecho humanitario, después de pasar por la gestión política en la comunidad de Extremadura, se lanzó a novelar en clave de género negro “porque plantea un desafío intelectual”. Susana es admiradora de las novelas con Petra Delicado de Alicia Giménez Bartlett, que ha dicho de ella: “Leo con mucho gusto a Susana Martín Gijón”. Converso con Susana en el hotel Washington Irving de Granada, frente a la Puerta de los Siete Suelos de la Alhambra, tan preñada de misterio.
¿Quién era Ana de Jesús?
Ana de Lobera Torres, conocida con el nombre de profesa Ana de Jesús.
¿Monja, pues?
Religiosa carmelita descalza española, discípula predilecta de Teresa de Jesús. Me fijo en su vida en 1585.
¿Qué hacía ese año?
Estaba en Granada. Dos años antes había fundado allí el convento femenino de San José. La llamaron La Capitana. Llegó con fray Juan de la Cruz. Ella fue la priora.
¿San Juan de la Cruz?
Sí, fue el prior del convento de Los Mártires, convento masculino de los carmelitas descalzos en Granada.
El sublime poeta.
Y cofundador, con Teresa de Jesús, de la orden descalza. Caminaban descalzos.
Ambos acabarían santificados.
El Papa Francisco, en 2024, beatificó a Ana de Jesús.
¿Teresa no estaba con ellos?
La de Granada fue la primera fundación que Teresa no pisó. Murió en Ávila poco antes, delegando en Ana de Jesús.
¿Tanta confianza le tenía?
Sí, y no me extraña: ¡Ana es un personaje de novela! Y se la he dedicado. No habló hasta los siete años, quizá traumatizada al ver la muerte de su padre con un año.
¿Y rompió a hablar a los siete años?
Sí, y sería políglota. Teresa escribía Las fundaciones junto con ella, compartían celda. Y recopiló su obra. Y viajó para expandir la congregación a París, Bruselas…
¿Ana escribió, también?
Poemas, cartas… Era más de acción, pero animó a Juan de la Cruz a escribir el Cántico espiritual y lo custodió.
Mujer relevante.
También trató a Juan Latino, catedrático de latín en la Universidad de Granada, ¡el primero de piel negra en el mundo!
¡Negro!
Nació esclavo africano en la familia de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán de los Reyes Católicos. Fue compañero de juegos del nieto, que al crecer le manumitió. Se casó con una dama noble.
Muy animada, la Granada de 1585…
¡Muchísimo! Se cruzaban gentes de todas las etnias, creencias, lenguas, clases… Y muchísimos curas y monjas.
Hoy se ponen de moda las monjas.
Sí, veo películas, libros, discos… Rosalía lo ha captado en su Lux : muchas mujeres hoy eligen vivir apartadas de un compañero masculino insatisfactorio.
Quizá está liberándose también el amor sáfico.
Eso ya existía en los conventos. Lógico. Decía Teresa de Jesús sobre ser monja: “La gran merced que Dios les ha hecho es escogerlas para Sí y librarlas de estar sujetas a un hombre, que muchas veces les acaba la vida”.
Claro.
Ser monja era elegir libertad. Doncellas de buena familia y también viudas ricas aportaban una buena dote al convento… y a vivir ahí, con su hábito blanco.
¿Tuvo usted esa inclinación?
Lo mío, de niña, fue leer mucho a Agatha Christie. Luego estudié Derecho… y un día me di el permiso de novelar.
Yéndose al siglo XVI.
Lo hice ya con La Babilonia, 1580, que era Sevilla, donde ambienté mi primera novela negra histórica.
¿Cómo documentó a Ana de Jesús?
Rastreando lo poco que se sabe. Hay referencias sobre la belleza de su rostro. La llamaron “reina de las mujeres”, y ella fue luchadora, perseverante y pragmática.
¿Y Juan de la Cruz?
Era escuchimizado, pequeñajo, feúcho, de mirada ardiente, intrépido y astuto: se escapó de la cárcel de Toledo. También era elocuente, de presencia serena y seductora.
¿Qué me asombraría de esa Granada?
Te cruzarías con el “teniente de vara y espada”, mando policial que entregaba al detenido a la Real Chancillería, última instancia judicial “del Tajo para abajo”, monumental y recién edificada: ¡véala en la plaza Nueva de Granada!
¿Qué más?
Entre moriscos oiría la palabra jofor: pergamino con un presagio escrito, profecía de retorno de viejos buenos tiempos.
La Alhambra había dejado de ser nazarí noventa años antes.
Era allí leyenda una fuente con ranitas de cuya piel se obtenía un filtro de potente efecto afrodisiaco.
¿Cómo acabaron sus días los descalzos Ana y Juan?
Ana entregó la obra de Teresa a fray Luis de León y partió a fundar a Bruselas: ahí morirá en el año 1621. Juan había muerto en el año 1591, en Úbeda, debido a una septicemia… por una infección en un pie.

Víctor-M. Amela
Soy un barcelonés charnego, con genes forcallanos y alpujarreños. Soy periodista y escribo en La Vanguardia desde 1984. He publicado tres novelas y criado a dos hijos, Adrià (20) y Max (17). ¿Política? Un día mereceremos no tener presidentes ni gobiernos ni leyes. Creo en la imaginación creadora, el “anima mundi”. Y me digo que, ya que estamos vivos, ¡alegrémonos!
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