¿Quién decide si lo que comemos es seguro? Así funciona la EFSA

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Por Laura Conde — Portada

¿Quién decide si lo que comemos es seguro? Así funciona la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA)

Nutrición

Los alimentos que llegan al mercado europeo están sometidos a un sistema de evaluación científica para detectar y evitar posibles riesgos

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Técnica de alimentos trabajando en un laboratorio

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Laura Conde

08/10/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

La desconfianza hacia determinados aditivos, ingredientes o procesos alimentarios no es nueva. Sin embargo, en los últimos tiempos las redes sociales han multiplicado los mensajes que ponen bajo sospecha determinados alimentos, en ocasiones sin evidencia científica que los respalde. Frente a este ruido, conviene recordar que los alimentos que llegan al mercado europeo están sometidos a un sistema de evaluación científica de sus posibles riesgos a través de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA).

La dietista-nutricionista, tecnóloga de los alimentos y profesora de Universidad Isabel I, Beatriz Robles, pone como ejemplo los aditivos. “Los aditivos son seguros, ya que para que figuren en la lista de los avalados por la EFSA tiene que haber detrás una sólida evidencia que no pueda inducir a error: las listas están súper afinadas”. Robles recuerda que, aunque en algún momento puntual pueda haber habido conflicto de intereses con la industria alimentaria, en las evaluaciones participan “prestigiosos científicos independientes que pertenecen a entidades públicas, no tienen nada que ver con la industria y se dedican a evaluar la evidencia científica más robusta hasta la fecha”.

Pese a lo que algunos creen, este organismo no es responsable de autorizar o prohibir los productos que llegan al mercado europeo. “La EFSA utiliza la ciencia para analizar los riesgos a lo largo de toda la cadena alimentaria y proporciona asesoramiento científico independiente a quienes toman las decisiones en Europa”, explica su director ejecutivo, Nikolaus Kriz. Esto significa que la última palabra la tienen siempre la Comisión Europea y los Estados miembros. “Nuestro papel consiste en asegurarnos de que puedan actuar basándose en una ciencia sólida, transparente y centrada en la seguridad de las personas”, señala Kriz.

Experimento científico en la escala de peso en un laboratorio
Experimento científico en la escala de peso en un laboratorio istock

¿Cómo se evalúa un posible riesgo?

El proceso comienza definiendo con precisión qué necesitan saber aquellos que tendrán que tomar posteriormente una decisión y qué cuestiones debe resolver la evaluación. A partir de ahí, se reúne a los especialistas necesarios y se recopila la evidencia disponible, desde estudios científicos hasta datos y cualquier otra información relevante. Los expertos analizan qué podría causar un daño, de qué manera podrían estar expuestos las personas, los animales o el medio ambiente, quién podría resultar más afectado y qué permite concluir el conjunto de las evidencias sobre el nivel de riesgo.

Después revisan y discuten los resultados antes de adoptar el dictamen científico definitivo. Una vez publicadas las conclusiones, la EFSA hace accesibles las evidencias utilizadas, los métodos, las incertidumbres y el razonamiento que sostiene sus conclusiones. Para Kriz, esta transparencia es fundamental: “La gente debería poder entender no solo qué hemos concluido, sino cómo y por qué hemos llegado hasta allí”.

En la mayoría de casos, además, la iniciativa no parte de la propia EFSA. Alrededor del 95 % de su trabajo comienza con una petición de la Comisión Europea. El Parlamento Europeo y los Estados miembros también pueden solicitar su asesoramiento y algunas evaluaciones periódicas vienen determinadas por la propia legislación europea. Pero el organismo también sigue nuevas investigaciones y señales procedentes de autoridades nacionales y organismos internacionales para detectar posibles riesgos emergentes.

Científicos de diferentes disciplinas

EFSA reúne a científicos, especialistas en datos y tecnología, comunicadores, juristas y expertos independientes procedentes de universidades, centros de investigación y autoridades públicas de toda Europa. Entre ellos hay especialistas en toxicología, microbiología, veterinaria, nutrición, ciencias ambientales, estadística y ciencia de datos. “Las cuestiones relacionadas con la seguridad alimentaria rara vez tienen una respuesta sencilla”, afirma Kriz.

La independencia de esos expertos constituye, según el director ejecutivo, una condición “no negociable”. Son seleccionados mediante convocatorias abiertas y tienen que declarar sus intereses económicos, profesionales y cualquier otro que pueda resultar relevante. La EFSA examina si estos pueden entrar en conflicto con el trabajo que van a realizar y, cuando es necesario, restringe o excluye su participación. Hay otra salvaguarda: las conclusiones se alcanzan colectivamente y ningún experto decide por sí solo el resultado. Además, las normas, declaraciones de intereses, evidencias científicas y razonamientos son públicos.

Ese nivel de exigencia recibe también el respaldo de científicos ajenos al organismo. JM Mulet, catedrático de Biotecnología de la Universitat Politècnica de València y autor de ¿Qué es comer sano? (Destino, 2018), recuerda que la normativa europea en materia de seguridad alimentaria es especialmente rigurosa. En el caso de los pesticidas, por ejemplo, asegura que “el producto que llega a nuestra despensa cumpliendo a rajatabla la normativa es seguro”, ya que “no llegan los residuos de los pesticidas, o no lo hacen de forma relevante”. Una regulación que llega incluso a provocar quejas entre los propios productores: “Muchos agricultores se quejan de que ya les queda poco más que las palabrotas para ahuyentar las plagas”, bromea.

La EFSA también colabora con las autoridades nacionales de seguridad alimentaria, entre ellas la AESAN en España, con las que comparte datos, conocimientos e información de primera mano. Los organismos nacionales aportan evidencias procedentes de laboratorios, programas de vigilancia e investigaciones, mientras que la EFSA conecta esa información y busca patrones que puedan traspasar fronteras. “Esto resulta fundamental cuando aparece un nuevo riesgo: una señal detectada en un país puede adquirir rápidamente relevancia para otros”, explica Kriz. Y concluye: “Esa es la fortaleza del sistema europeo. Ningún país afronta estos desafíos solo”.

¿Qué significa que un aditivo sea seguro?

Los aditivos alimentarios son uno de los ámbitos que con mayor frecuencia generan preocupación entre los consumidores. Para evaluarlos, la EFSA parte de cuestiones muy concretas: qué sustancia es, qué provoca en el organismo y qué cantidad es probable que consuma la población. Después revisa las evidencias y calcula la exposición a través de los diferentes alimentos. Cuando las evidencias lo permiten, establece un nivel de ingesta considerado seguro.

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Sin embargo, una evaluación científica tampoco queda necesariamente cerrada para siempre. Pueden aparecer nuevos estudios, mejores métodos, datos más precisos o cambios en la manera de utilizar una sustancia. “La ciencia avanza, y nosotros debemos hacerlo con ella”, afirma Kriz. Cuando aparecen evidencias relevantes, la EFSA las estudia junto con todo lo que ya se sabe. El resultado puede ser una modificación de las conclusiones, un ajuste del nivel de ingesta considerado seguro o una petición de nuevos datos. Sin embargo, Kriz rechaza que este proceso deba interpretarse como un fracaso de las evaluaciones anteriores. “La reevaluación no significa que la ciencia haya fallado. Significa que la ciencia está funcionando: cuestionando, aprendiendo y mejorando”.

Ante la cantidad de información, a menudo contradictoria, que recibe el consumidor sobre lo que es saludable, perjudicial o seguro, Kriz propone fijarse en quién habla, qué evidencias aporta y si es transparente sobre las dudas e incertidumbres que todavía existen. Cualquier institución científica fiable, concluye, debe explicar cómo ha llegado a sus conclusiones, “no pedir a nadie que confíe en ella ciegamente”. 

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