Por Josep Oliver Alonso — Portada

Josep Oliver Alonso

Josep Oliver Alonso

Precios, IRPF y deuda 25/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Desde hace meses, el alza del IPC, las dificultades de acceso a la vivienda y, en general, los aprietos para llegar a final de mes están convergiendo en una percepción de creciente, e insoportable, voracidad fiscal del Estado, cuyo ejemplo más evidente sería la no deflactación de la tarifa del IRPF. Se entiende el descontento de amplios grupos, pero, más allá de la irritación, hay que comprender dónde nos encontramos y por qué.

Cierto es que la no deflactación de la tarifa del IRPF, junto con el aumento del empleo, la inflación y el crecimiento de la recaudación del resto de tributos y cotizaciones, han situado los ingresos públicos en el 2025 en un histórico 42,9% del PIB, alejado del 40% del 2017-2021; aunque también lo es que no hemos alcanzado ni la media de la UE (46,8%) ni los registros de Francia (52,1%), Italia (48,1%) o Alemania (47,9%).

El FMI advierte que los ingresos del Estado deben aumentar dado el creciente gasto social

Ese avance de ingresos ha superado al de los gastos (en el 45% del PIB desde el 2012), permitiendo reducir el déficit público desde el 5% del 2017-2021 al 2,5% del 2025, siguiendo los acuerdos con la Comisión Europea de situarlo en el 0,8% del PIB en el 2031. Se trata de una disminución del déficit que hay que aplaudir: sin ella, difícil sería seguir en la senda creíble y sostenible de reducción del excesivo peso de la deuda pública, hoy cerca del 100% del PIB, y avanzar hacia el 90% en el 2031, lo que todavía exigirá un esfuerzo fiscal no menor.

El endeudamiento de hoy es una herencia (¡ay las herencias!) de los malhadados años de bonanza previos al 2008 y del boom de deuda pública para afrontar la crisis (2008-2012), su mantenimiento en elevados valores la pasada década, la explosión con la covid (hasta un 125% del PIB) y los esfuerzos para reducirla desde entonces, entre ellos la no deflactación de la tarifa del IRPF, un impuesto que exige pagar proporcionalmente más a los que más tienen.

En el contexto de una deuda excesiva, y de la creciente preocupación sobre su nivel en todo Occidente (recuerden el alza de los tipos de interés a largo plazo), si se desea otra política fiscal hay alternativas. Pero ojo con los deseos: el FMI avisa de que, dados los inevitables aumentos de gasto que nos esperan por envejecimiento (pensiones, sanidad y dependencia), el aumento de los ingresos debe continuar. Y advierte que, si no se desea incrementar más los que gravan la renta, los nuevos recursos deberían proceder de la imposición indirecta y, en particular, elevando el IVA de ciertas actividades (hostelería y restauración entre otras) con tipos inferiores a la media.

Nuestro pasado nos atrapa: el de los excesos de deuda privada, transformados en pública con la crisis 2008-2012, y el de la progresiva llegada de baby boomers a la jubilación y su parcial sustitución por los hijos de la caída de la natalidad. Deuda y demografía se refuerzan mutuamente y nos sitúan en una compleja encrucijada sin fácil salida.

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