Por Plàcid Garcia-Planas Marcet — Portada

Plàcid Garcia-Planas Marcet

Plàcid Garcia-Planas

Petróleo en los dientes

cabaret voltaire

26/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

¿Qué llevó a un fabricante de perfumes y lociones de Santander a poner el nombre del estrecho de Ormuz a su producto estrella en 1936? Es una historia dentífrica que pasa del blanco muy blanco al negro, y del negro negrísimo al blanco

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Es lo primero que pensé al ver este anuncio en una vieja revista madrileña: un chicle.

Cuando penetraron en México, los castellanos observaron que los dueños legítimos de esos paisajes, para limpiar y blanquear sus dientes, mascaban una cosa pegajosa hecha de ungüento de insecto mezclado con algo que brotaba del suelo.

Ese algo era chapapote. Chapopotli , en la lengua de los aztecas. Un residuo pesado del petróleo.

¿Por qué esta fábrica cántabra de fragancias eligió el nombre de Ormuz –la soga que hoy nos ahoga– para el dentífrico estrella que lanzó en 1936?

Indago sobre la compañía santanderina, La Rosario, fundada en 1864 por el hermano del escritor José María de Pereda, uno de los literatos que moldearon la narrativa española de finales del XIX.

El escritor formó parte del consejo de administración, y fue su pluma costumbrista la que –muchos años antes– puso nombre a otro producto de la fábrica, la colonia Aromas de la Tierruca… “un triunfo sobre el esnobismo”, difundía su publicidad, una tierruca tan alejada de exóticos y lejanos estrechos.

¿Por qué bautizar un dentífrico con el nombre de Ormuz? ¿Para evocar frescura y orientalismo, como la mítica Maderas de Oriente de Myrurgia? ¿Por una modernidad –aquí geopolítica– que también respiraba la publicidad déco de esta perfumería?

Efectivamente, entre 1933 y 1936, con la extensión de las concesiones a la Anglo-Persian Oil Company y las primeras prospecciones de la estadounidense Standard Oil en el reino de los saudíes, el estrecho de Ormuz pasaba de cálida y antiquísima ruta comercial a transmutarse, de golpe, en la vena petrolera del planeta.

Al fin y al cabo, los lubricantes, humectantes, saborizantes y colorantes de los dentífricos con los que nos empastamos la boca son productos derivados del petróleo.

Pero no. Es otro petróleo el que inspiró este dentífrico de Santander, y lo descubro rastreando hemerotecas de 1936, año en el que todo nos estalló en la boca. En otra publicidad aparece una niña, casi adolescente, junto al verso de un poema de Rubén Darío, Sonatina: “En el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz”. Un verso que el fabricante vinculaba a su nuevo producto: “… pensaba la triste princesa de la Sonatina porque sus dientes no resistían la comparación”.

Este poema narra la historia de una princesa triste, encerrada en su palacio de oro y mármol del que quiere escapar persiguiendo “por el cielo de Oriente la libélula vaga de una vaga ilusión”.

¿En qué príncipe sueña la princesa para liberarla? “¿En el rey de las islas de las rosas fragantes –se pregunta el poema–, o en el soberano de los claros diamantes, o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?”.

¡El oro blanco! La niña del anuncio muerde, lasciva, un collar de perlas con los dientes.

Este dentífrico salió al mercado cuando en Ormuz dejaban de brotar estas bolitas tan sensuales como duras: la sustitución de las perlas por el oro negro como maná del Golfo fue un colapso casi bíblico. El crac del 29 y un invento japonés –el cultivo masivo de perlas– hundieron el milenario buceo a pulmón hacia el oro blanco.

Las ostras se nutren filtrando el agua del mar, y un siglo de superpetroleros les han dejado un insondable poso de cadmio, plomo o mercurio. En el Golfo ya solo se pescan cada año unos pocos centenares de perlas redondas.

Las perlas, como los barriles de Brent, son un buen complemento para el fin del mundo. La compañía santanderina lanzó al mercado “el dentífrico de 1936” sin imaginar que ese año los españoles empezaríamos a partirnos la dentadura unos a otros. Los acantilados de Santander lo saben muy bien.

Ormuz, el dentífrico. Ormuz, el estrecho que Trump propuso en septiembre rebautizar como estrecho de Trump porque “será más sexy que nunca”. Ormuz, la guerra que Washington planeó con toda la previsión de una barbacoa de domingo, la rasante en la que el imperio empieza a perder la historia.

La última perla de este Cabaret la descubro buceando con la palabra Ormuz por la hemeroteca de La Vanguardia, acotada a los meses del lanzamiento del dentífrico. Es la frase de un análisis sin firmar en la primera página del 30 de octubre de 1935: “No pasa año –leo atónito– sin que Estados Unidos nos brinde un mal ejemplo de gangsterismo político administrativo”.

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