Pérez-Reverte: “La historia tiene muy mala leche y el Mediterráneo está colonizando Europa”

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Por Julio Antonio Hurtado Diaz — Portada

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Literatura

El escritor publica ‘La hipótesis más peligrosa’, una novela de iniciación y aventuras a través del mar

Arturo Pérez-Reverte, el lunes en la isla de Procida, en el golfo de Nápoles 

Arturo Pérez-Reverte, el lunes en la isla de Procida, en el golfo de Nápoles 

Jeos Fotógrafo

Julio Antonio Hurtado Diaz

Julio Hurtado

20/10/2026 12:00 Actualizado 20/10/2026 12:19 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

“Aquí estuvimos los españoles. En este castillo hacía guardia Alatriste”. Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) recibe a la comitiva de periodistas que lo ha de acompañar a la isla de Procida a las puertas de la moderna terminal de ferris del puerto de Nápoles, una ciudad que visitó por primera vez en 1972, cuando tenía fama de peligrosa y nadie se acercaba, y de cuya transformación, a merced del turismo, ha sido testigo. “Ya no es como antes, pero Europa no la ha podido civilizar del todo”, observa sobre el bullicioso caos que caracteriza la urbe.

De esa metamorfosis de una Europa en agonía que no ha podido imponer completamente su orden cartesiano sigue charlando el escritor durante el recorrido a través del mar y luego, ya con más calma, en uno de los cafés del puerto de esta bella isla que se diría detenida en el tiempo. La destrucción de la tradición europea es algo que antes le preocupaba y que ahora, cuando se siente ya como un viejo elefante que regresa a sus orígenes al saberse al final del camino de la vida, ve con otros ojos. “Cada vez soy más mediterráneo, y no es que Europa se esté apagando, sino que el Mediterráneo la está colonizando”.

“Me siento cómodo en cualquier lugar del Mediterráneo, que es el verdaderamente inmortal y se está apoderando de Europa”, razona al hablar de la “extraordinaria locura” que simboliza este  mar antiguo en el que se aventuran los protagonistas de su última novela, La hipótesis más peligrosa (Alfaguara), Asier Lerrant, un marinero que acumula mil y una vidas y conoce de cerca la historia de todos los pueblos que se han instalado en sus orillas sembradas de vides y olivos, y su hijo Cal, un adolescente airado que descubre que ha sido educado para un mundo que no es real y se refugia en el imaginario de los videojuegos.

Siendo una novela de aventuras que rinde culto a autores clásicos del género como Robert Louis Stevenson, Jules Verne, Jack London, Rudyard Kipling o Herman Melville, La hipótesis más peligrosa se configura como un palimpsesto bajo el que pueden descifrarse referencias a la Biblia, pero también a La Odisea, La Ilíada y La Eneida, comenta Pérez-Reverte, para quien, después de leer la caída de Troya, una matanza en Eritrea o en cualquiera de las guerras que le tocó cubrir como reportero se llegaba a comprender: “El haber leído te permite proyectar en el mundo tus lecturas para interpretarlo, no tienes ese shock ante el horror y te dices: ‘Es lógico, tenía que ocurrir’. La cultura te permite afrontar la realidad de una manera serena”.

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Y ese mismo bagaje de experiencia vivida y leída es el que atesora su protagonista, con el que el autor comparte valores y una misma manera de ver las cosas: “Solo eres joven cuando vas a pelear, cuando ya has peleado eres viejo, pero cada batalla te obliga a ser joven de nuevo”, argumenta sobre la relación, tensa a veces, incluso hasta la violencia, entre maestro y discípulo que mantienen los personajes de su novela, que, en este sentido, es una obra de iniciación, de aprendizaje. “Pero también Cal es como yo, yo también he sentido esa furia”, recuerda de su juventud. “Juego con ventaja, porque mi biografía es muy rica y no tengo que imaginar, recurro a mi memoria”.

Así pues, el muchacho criado por sus abuelos, que son profesores de latín y griego y filosofía y poseen un fabuloso capital cultural que él de algún modo casi desdeña hasta descubrir su inmenso valor para afrontar los embates de la vida, equiparable a la destreza para pasar pantallas en los videojuegos, se acerca con un rencor rayano en el odio al hombre que lo abandonó tras engendrarlo. “Al hacerlo un gamer me resultó más fácil que asumiera las lecciones que se aprenden en un territorio hostil, a través de una docencia fría, física y no teórica, porque ya había desarrollado un talento para la supervivencia en el peligro virtual”, analiza el escritor, para quien el futuro del relato no está en los píxeles: “Cuanto más inmersivo, mejor: te pondrás un casco y estarás dentro”, augura tras afirmar que “la novela está sentenciada a muerte”.

Pero “siempre habrá relato” y mientras llega ese momento, que Pérez-Reverte sitúa al cabo de tres o cuatro décadas y no considera distópico, sino la evolución natural de la ficción en una sociedad tecnológica, el refugio de la lectura sigue siendo accesible: “No es dramático. Es el mundo que viene. Yo llegué a tiempo y he vivido cuando el mundo no era lo que es ahora. Aún había parejas bailando en la pista mientras sonaba la orquesta”, asegura tras una ya larga vida que empezó en la segunda mitad del siglo XX y que, por tanto, compartió con personas nacidas en el siglo XIX y cuyos valores, recuerda, aquello que le transmitieron, eran los de la patria, la nación, la sociedad…

El escritor Arturo Pérez-Reverte, con su personaje del capitán Alatriste 
El escritor Arturo Pérez-Reverte, con su personaje del capitán Alatriste  Dani Duch / Propias

A estas alturas, sin embargo, y después de una prolífica trayectoria, solo el Mediterráneo junto al que nació lo siente suyo: “Un bar de esta isla, Procida, que puede funcionar como emblema de este escenario donde todo ha ocurrido mil veces, un café de Estambul o un restaurante de Atenas, Tánger, Málaga o Cádiz son para mí más cercanos que cualquier lugar de París, Nueva York, Amsterdam o Londres”. Como viejo marino que se echó a navegar en 1994, hace ya muchos años, es allí donde llega su barco donde está su hogar. “En realidad, todos estamos solos, pero el mundo que hemos construido nos ayuda a disimularlo hasta que morimos, también solos”, se sincera melancólico.

Con todo, el mar de dos orillas tan cercanas y distantes como el sur de Europa y el norte de África, con el estrecho de Gibraltar en un extremo y Oriente Medio en el otro, es también un camposanto: “La historia tiene muy mala leche, es muy vengativa, y Europa se está mediterranizando, la emigración extiende el Mediterráneo”, argumenta sobre la inexistencia de las fronteras en el agua que hoy cruzan las pateras y en el pasado fueron escenario de algunas de las batallas que repasa en su novela, como la de Lepanto: “Elaboro la estructura siguiendo un plan de trabajo, un esquema que me sirve de hilo conductor, y tracé una cronología desde Cristo hasta el presente que fui ajustando a las necesidades narrativas”, explica sobre la selección de esta especie de momentos estelares de las civilizaciones mediterráneas que intercala en su obra.

“Un escritor que intenta explicar el mundo en una novela puede pifiarla”, añade al comentar esos episodios históricos narrados desde el punto de vista de un peón, no de un rey, y en los que, revela, no quiso caer en la trampa del didactismo, de ahí que haya muchas referencias sin identificar, que dejan al lector la posibilidad de indagar y descubrir qué más hay detrás. “Es mejor sugerir que hacer una obra enciclopédica”, indica sobre su método de trabajo, que le ha supuesto sacrificar algunas escenas mediante “la dolorosa disciplina de mutilar páginas que no funcionaban en el conjunto aunque estuvieran bien escritas”.

Julio Antonio Hurtado Diaz

Julio Hurtado

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Licenciado en Filología y Periodismo y posgraduado en Crítica Literaria, sigue la actualidad cultural en Madrid

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