Por Rocío Martínez-Sampere — Portada

Rocío Martínez-Sampere

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Pan con mantequilla 03/10/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Aunque con esfuerzo y tiempo he conseguido dominar algunos, los idiomas nunca han sido mi fuerte. Cuando fui a vivir unos años a Londres, en teoría con un nivel de inglés alto, nunca acabé de usar bien ningún phrasal verb, seguí confundiendo la interrogación cuando hablaba rápido y me sorprendía a diario con expresiones que nunca estuvieron en ningún libro de texto. Contadas son las que han quedado retenidas en mi vocabulario. Bread and butter politics, una de las pocas. La política del pan con mantequilla, la de las cosas del comer que diríamos aquí. Me encanta esa expresión.

Hubo un tiempo en que el grito era “no nos representan”. El 15-M señalaba a los partidos, a los funcionarios europeos, a los bancos. La batalla política era, sobre todo, una cuestión de poder: quién manda, quién representa, quién queda fuera. Quince años después y un gobierno mediante, el grito es otro. Y quizá haya algo profundamente político en esa diferencia. Después de años en los que la izquierda puso el foco en la identidad, el reconocimiento y la construcción de sujetos políticos, vuelve a aparecer una palabra bastante menos sofisticada: materialidad. 

   
    Dani Duch

Mamdani ha expresado bien ese desplazamiento. Su campaña en Nueva York convirtió la asequibilidad en el centro del discurso: vivienda, transporte, alimentación, cuidados. Su identidad forma parte de su biografía política, claro, pero no necesitó convertirla en el programa.

Tampoco aquí cuesta entender lo que está pasando. En paralelo a una economía que crece, los datos siguen describiendo una sociedad en la que una de cada cuatro personas está en riesgo de pobreza o exclusión. Y la vivienda ha convertido esa vulnerabilidad en una experiencia transversal. El Banco de España estima que el 32,5% de los hogares que alquilan destinan más del 30% de su renta a vivienda. Entre los menores de 35 años, llega al 34,2%. En Barcelona alcanza el 43,5%; en Madrid, el 41,3%. Podríamos detenernos aquí durante páginas. No lo haré. Tampoco me extenderé sobre Maricarmen ni sobre las declaraciones que oigo estos días. Igual es mejor esperar a tiempos más serenos, los únicos desde los que se puede abordar un problema complejo sin convertirlo inmediatamente en una batalla moral. Porque la vivienda obliga a hablar de economía. De oferta y demanda. De suelo, construcción, parque público, fiscalidad y urbanismo. De población, turismo, productividad y salarios. Y quiere acuerdos.

El 15-M preguntaba quién nos representa; hoy nos preguntamos algo más exigente: ¿puedo vivir aquí?

La materialidad obliga a bajar de las abstracciones a las políticas públicas. A pasar de la indignación a las propuestas. Del diagnóstico moral al diseño institucional.

El 15-M preguntaba quién nos representa. Hoy nos preguntamos algo más sencillo y, a la vez, más exigente: ¿puedo vivir aquí? Y esa pregunta, precisamente porque parece tan poco ideológica, puede acabar siendo una de las más políticas de todas.

Los politólogos Laclau y Mouffe tuvieron una enorme influencia en la nueva izquierda europea y, particularmente, en Podemos. En su pensamiento, el conflicto ocupa un lugar constitutivo de lo político. La construcción de un pueblo exige articular demandas, establecer fronteras y distinguir un nosotros de un ellos. Mouffe habla de agonismo democrático: no eliminar el conflicto, sino convertirlo en una disputa. Al otro lado podemos colocar a Kant y su idea de autonomía: personas capaces de utilizar su propia razón, tomar decisiones y darse a sí mismas un proyecto de vida. Son dos gramáticas políticas diferentes.

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Una pregunta quiénes somos y contra quién nos constituimos. La otra pregunta qué necesitamos para decidir sobre nuestra propia vida. Quizá el grito en las plazas hoy consista precisamente en pasar de una a otra. No con el abandono del conflicto –la política nunca dejará de tenerlo–, sino con un desplazamiento en aquello que esperamos de ella. Del antagonismo a la autonomía. De la identidad a la materialidad. De la política como construcción de un nosotros a la política como ampliación de aquello que cada ciudadano puede hacer con su propia vida.

Como supimos desde Bernstein hasta Besteiro, igual estamos reaprendiendo que detrás de muchas de las grandes preguntas políticas hay, en realidad, una mucho más antigua: qué necesitamos para ser libres. Esa es la pregunta fundamental. Y si ese es el viraje que estamos empezando a ver, hay motivos para mirar el futuro con cierto optimismo.

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