Por Daniel Fernández Gutiérrez — Portada

Daniel Fernández Gutiérrez

Daniel Fernández

Lo que viene 11/10/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

El naródnichestvo ruso se suele traducir como populismo o narodnismo. A veces como naródnik, populista. El término hace referencia a unas corrientes más sociales que meramente políticas, que pretendían acercar el poder de decisión al pueblo, muy en concreto al campesinado ruso en la segunda mitad del siglo XIX. Los naródniki (en plural) pretendieron establecer una suerte de socialismo agrario con claros ribetes de autogestión campesina. Hay que entenderlo en el contexto de la atávica y prolongada servidumbre rusa, con numerosos campesinos analfabetos, muy religiosos y que veneraban la figura del zar.

Élites sociales e intelectuales urbanas adoptaron teorías genéricamente socialistas para luego ir hacia el pueblo (de ahí lo de populismo) y comenzar una labor de proselitismo entre los campesinos, pretendiendo cambiar la estructura de poder y reemplazar la monarquía zarista por una república democrática. Obviamente, simplifico, porque hay toda una constelación de grupos que pretenden superar el tradicional atraso ruso y la semiesclavitud de unos trabajadores del campo sometidos a los kulakí, aunque fueran a su vez la mayoría de estos propietarios que contrataban –por así decirlo– a otros campesinos, a su vez pequeños propietarios.

   
    Àlex Garcia

La propiedad de la tierra y sus veri­cuetos, que en algo recuerda y semeja nuestras tribulaciones y disputas de hoy en España por el alquiler y la vivienda.

La idea de crear comunas agrícolas que se relacionasen entre sí hace que algunos de los teóricos que dejaron obra escrita, como Alexánder Herzen, también hayan sido emparentados con los anarquistas, pero más bien los tengo por gente de orden. Hay, cómo no, hasta religiosos en grupos que soñaban con mejorar la vida de los mujiks y que en principio reclamaban la propiedad de la tierra para los que la cultivaban. Zemliá i Volia, Tierra y Libertad, es una de las primeras organizaciones que verbalizan ese propósito hacia 1860.

Hacia 1874, grupos de casi revolucionarios –sobre todo a ojos de la policía zarista– fueron hacia el pueblo y se declararon populistas. Por supuesto, eran unos desclasados, que en más de una ocasión fueron expulsados de las aldeas donde pretendían establecer su ideario. Algunos fueron asesinados y hasta quemados por brujos, pero no se trata de relatar las historias más sórdidas de unas personas que intentaban hacer de Rusia un país mejor y más moderno, menos medieval.

El populismo es un enemigo del pluralismo, del consenso y de la auténtica democracia

Hay una discusión teórica muy interesante sobre cuántos de estos populistas eran conscientes de lo que podía avecinarse y creían que los cambios revolucionarios los protagonizarían los campesinos rusos y no el proletariado urbano. Y personalmente no albergo dudas de que sus prácticas e ideas inspiraron también a bolcheviques y mencheviques. Estos populistas rusos mirarían con indisimulado recelo a lo que hoy en día llamamos populismo, que se ha convertido en un término mucho más peyorativo y que, en lugar de querer la democracia liberal y representativa, atenta directamente contra ella.

Estoy con Ernesto Laclau cuando afirma que el populismo no es una ideología, sino una forma de actuar políticamente, estableciendo siempre una dicotomía entre el pueblo y la élite, sea esta económica o política.

El populismo es, pues, un enemigo del pluralismo, del consenso y de la auténtica democracia. Ya lo vemos en nuestro actual Congreso. Unas Cortes consagradas a la división y el insulto, donde prácticamente nadie argumenta ni escucha al contrario, que pasa a ser sistemáticamente el adversario o, peor aún, el enemigo.

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Fascistas y nazis, también comunistas, peronistas y nacionalistas de diverso pelaje y condición han usado y abusado del populismo, que ahora tanto puede ser de derechas como de izquierdas. Y que acaba por preconizar enfrentamientos y conatos de luchas civiles. Siempre bajo un líder carismático, un caudillo, ya se llame Donald Trump o Pablo Iglesias (el exvicepresidente, en la foto, en 2016).

Mucho me temo que esto no ha hecho más que acentuarse y que lo que viene en España va a ser más y más populismo. Cicerón, que era del partido aristocrático (los optimates), es al final mucho más nuestro que el populista de Catilina. Era, también, cuestión de talento.

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