‘Life’, la revista que convirtió la vida en imágenes

0

Por Juan Antonio GinerPortada

‘Life’, la revista que convirtió la vida en imágenes

Medios

En vísperas de los 90 años del semanario que lideró la edad de oro del fotoperiodismo y que “murió de éxito” con millones de suscriptores

Churchill, siempre el autor más leído de la revista<br>

Churchill, siempre el autor más leído de la revista

John Frost Newspapers / Alamy

Juan Antonio Giner

Juan Antonio Giner

12/09/2026 06:28 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial

Entre 1934 y 1936, el fundador de Time Inc., Henry Luce, estuvo pergeñando la idea de publicar un semanario inspirado en grandes revistas gráficas europeas como la británica London Illustrated News, la alemana Berliner Illustrite Zeitung o la francesa Vu. Nacía un nuevo lenguaje periodístico y Time Inc. creyó que existía un mercado potencial para este modo de “contar historias con fotos”.

Con este fin creó en secreto un “departamento de experimentación” que pronto disolvió porque ninguno de sus miembros se ponía de acuerdo. Se hicieron varios prototipos y todos fueron rechazados por Luce. Pero cuando el entonces editor de Time y Fortune parecía descartar la idea, en 1936, tras un luna de miel de dos meses en Cuba, ahora hace 90 años, redactó un famoso “prospecto” cuyo primer párrafo decía que Life sería una revista para “ver la vida; ver el mundo; ser testigos de grandes acontecimientos; contemplar los rostros de los pobres y los gestos de los soberbios; ver cosas extrañas: máquinas, ejércitos, multitudes, sombras en la selva y en la luna; ver la obra del hombre: sus pinturas, torres y descubrimientos; ver cosas a miles de kilómetros de distancia, cosas ocultas detrás de muros y dentro de habitaciones, cosas peligrosas de alcanzar; las mujeres a las que los hombres aman y a muchos niños; ver y complacerse en ver; ver y sorprenderse; ver y aprender»

El texto fue revisado y aprobado por el poeta Archibal MacLeish, director del departamento de literatura inglesa de la Universidad de Harvard. Un texto tan impactante que sus enemigos dijeron: si la revista fracasa por lo menos podrá ganarse la vida como creativo en una agencia de publicidad.

Sería una revista semanal de unas 48 páginas de contenido periodístico y otras tantas de publicidad; impresa en rotativas y sobre papel satinado con unas 200 fotos por número, se vendería por 10 centavos de dólar y se enviaría a domicilio por tres dólares al año. Menos de la mitad de lo que costaban los ejemplares y suscripciones a las otras dos revistas del grupo, Time y Fortune, dirigidas a audiencias de alto poder adquisitivo.

Una portada de la revista
Una portada de la revista John Frost Newspapers / Otras Agencias

Sobre el título para la revista tampoco había acuerdo: Uno fue Dime (un niquel de 10 centavos) precio en los kioscos; otros fueron Picture, Flash, See, Spectator, Candid, Eye… hasta que Henry Luce dijo: el nombre de la revista se sabrá el día que se publique su primer número. Y así nació Life. Su primera fotografía en páginas interiores mostraba a un ginecólogo con un recién nacido y esta frase “Life comienza”. Algo que se repitió cuando se publicó en 1972 el último número de la revista “Life termina”, más una minúscula palabra que un regente de talleres coló en abajo en la esquina derecha de la portada y que era Goodbye (Adiós).

El éxito fue fulminante; del primer número se imprimieron 380.000 ejemplares y en horas se agotó en todos los kioscos del país. Éxito que estuvo a punto de quebrar la revista porque a los grandes anunciantes se les prometió no aumentar las tarifas publicitarias durante los primeros 12 meses (1.200 dólares la página completa). La idea era vender 200.000 ejemplares anuales, pero a los cuatro meses vendían ya un millón de copias, y en su primer año un millón y medio.

El secreto del grupo Time-Life era su plantilla de periodistas (“plumillas y foteros”) y grandes gestores. A mediados de los años 50 recibían unas 8.000 peticiones para trabajar en sus revistas, y 550 eran contratados. Apostaban siempre por principiantes y no veteranos: “No contratamos periodistas. Nuestro staff consiste en prometedores jóvenes amateurs”.

Luce estaba obsesionado con el proceso de selección de personal y cada candidato pasaba innumerables filtros para asegurarse que era la persona adecuada. Una vez dentro, eran casi intocables. Por eso Luce se resistía a echar gente a la calle: “Si fallan es porque antes fallamos nosotros al admitirlos”.

LV
LV LV

Los correctores, no los escritores, eran los responsables de cualquier error. Tres errores suponían ser despedido. Cada palabra de un original listo para publicarse se marcaba con un punto negro que significaba que había sido verificado como válido. Sólo uno o dos artículos eran publicados con firma. Firmar, firmar sólo se firmaban las cartas al director

Los ascensoristas sabían que los empleados de Life llegaban por este orden: a las 9 los chicos de recados (copy boys), a las 9:15 las bibliotecarias, a las 9:30 las secretarias; a las 9:45 los correctores, y a las 10 los redactores.

En los archivos de perfiles había tres tipos de carpetas; informaciones factuales, carpeta con datos favorables sobre el personaje y carpetas con notas desfavorables, todas ellas refrendadas con nombres y apellidos de las fuentes.

Los fotógrafos sabían que una “historia contada en fotos” no necesitaba pies de fotos. Las fotos bastaban y hablaban por si solas. Estaba prohibido retocar las fotos. No saber nada de un tema era garantía que el escritor no usaría expresiones incomprensibles para un lego.

Cuando unas fotos y textos acabaron por descuido en la papelera, Luce estableció una de sus famosas normas internas: el departamento de limpieza que vaciaba las papelas de la redacción estaba obligado a conservar dos semanas toda esa basura antes de volcarla en los camiones de limpieza. En Life llegaron a trabajar 250 periodistas a tiempo completo y centenares de freelancers (colaboradores externos).

Lee también

En la era del “todo en uno”, la televisión ya no es la reina del mambo

Juan Antonio Giner

En la era del “todo en uno”, la televisión ya no es la reina del mambo

Alfred Eisentstaedt fue uno de sus primeros fotógrafos fijos, y sus fotos ilustraron 87 portadas de la revista. El mítico Robert Capa murió trabajando para la revista.

La idea original era publicar reportajes gráficos exclusivos y una selección de las mejores fotos de la semana que, en sus comienzos., suponía revisar más de 5.000 imágenes de agencias nacionales y extranjeras. Life se hizo con los derechos gráficos de la Associated Press.

Si hoy hojeamos aquellos primeros ejemplares lo primero que sorprende es que incluía reportajes con textos muy largos de grandes escritores como el norteamericano Ernest Hemingway o el británico Evelyn Waugh, y exclusivas con amplios extractos de libros de memorias de antiguos presidentes y primeros ministros. Seriales que disparaban las ventas al infinito.

Las “memorias de guerra” de Sir Winston Churchil serían el mayor bestseller de su historia. El encargado de negociar esa gran exclusiva mundial fue el director de la oficina de Time-Life en Londres

A lo largo de cinco años, Life pagó un millón de dólares (20 millones de hoy), por una exclusiva mundial que editó (escogió, cortó y reescribió a destajo y sin piedad) uno de los mejores periodistas del semanario, el metódico y paciente Jay God quien llegó a intimar y ser respetado por Churchill.

God descubrió muy pronto centenares de errores en el original mecanografiado por las seis secretarias de Churchill que durante años dictó de memoria y desde la cama La Segunda Guerra Mundial, libro que en 1953 ganó el Premio Nobel de Literatura.

El editor de Life se presentó en casa de Churchill y desde el primer momento congeniaron. Lo recibía siempre en pijama, acostado en su dormitorio, rodeado de manuscritos, transcripciones a máquina, recortes prensa y libros. Cuando vio que dominaba esa historia mejor que él, Churchill se rindió y le dio carta blanca para revisar y extractar los capítulos que se publicaron durante años en la revista. De hecho, todos los expertos coinciden que sin ese monumental trabajo de edición, jamás aquel libro habría ganado el Nobel.

Churchill había firmado en Londres un contrato para publicar entre 1948 y 1954 los seis volúmenes de sus memorias de guerra con Casell & Co. Cuando los directores de esta prestigiosa editorial británica vieron los primeros extractos en Life quedaron tan admirados que le propusieron que el mismo periodista revisara la totalidad de la obra. Henry Luce se negó y la leyenda dice que respondió “no hay en el mundo nadie que pueda editar mejores textos y verificar errores que los periodistas de Time-Life”.

Este serial se publicaría también en The New York Times y otros 39 diarios del mundo, entre ellos La Vanguardia de Barcelona que publicó extractos de los 153 capítulos de esas memorias en seis entregas entre abril de 1948 y diciembre de 1953.

El 24 de enero de 1965, a los 90 años, murió Churchill. La reina decretó que su entierro fuera el primer “funeral de estado” fuera de la familia real desde 1935. Además Isabel II quiso presidir en persona las exequias celebradas el sábado 30 de enero en la catedral de San Pablo a las que asistieron unos 6.000 dignatarios representando a 112 países. A las 9.15 las campanas del Big Ben llamaron a duelo y ya no volvieron a sonar durante el día de su entierro.

Tan pronto la oficina de Time-Life supo cómo sería el funeral, la redacción de Nueva York entró en pánico. Los “cierres” de Life eran los viernes. Fue entonces cuando se decidió retrasar el cierre a la madrugada del domingo para que la revista estuviera a la venta en todo el país el lunes siguiente. Y para ello hubo que fletar un avión que voló desde Nueva York y aterrizó en Londres la madrugada del funeral.

Fue un “cierre” a 33.000 pies de altura en un DC8 que voló a casi 1.000 kilómetros por hora de Londres y con destino a Chicago donde esperaban las rotativas que imprimirían millones de ejemplares con 21 páginas a todo color. Eran imágenes exclusivas captadas sobre el terreno por un equipo de 17 fotógrafos que emplearon 70 rollos de negativos para cubrir el funeral de Sir Winston Churchill.

Esta “redacción aérea” incluyó casi 40 profesionales de Life (editores, redactores, correctores, fotógrafos, diagramadores y técnicos de laboratorio). En el aeropuerto de Chicago les esperaba una caravana de coches que fue directamente a los talleres y en unas pocas horas empezó la impresión y distribución nacional de un semanario que se agotó en los kioscos.

El resto es historia. Life llegó a vender casi nueve millones de ejemplares (para audiencia de 48 millones de personas) pero la sangría publicitaria provocada por la competencia televisiva hizo irreversible su decadencia y muerte final como semanario en 1972. Cuanto más vendía mayores eran sus pérdidas. Entre 1969 y 1972 las pérdidas acumuladas fueron de casi 50 millones de dólares. Sus tarifas de publicidad eran demasiado caras: un anuncio de una página a todo color costaba 50.000 dólares cuando por esa cantidad se podía pagar un minuto de televisión.

En 1964 Heny Luce dejó de ser director general de Time-Life y en 1967 murió de un ataque de corazón cuando tenía 68 años. Las dos primeras llamadas a la viuda fueron del presidente Johnson y del vicepresidente Humphrey.

Etiquetas

Mostrar comentarios

Fonte: Portada

Deixe um comentário

O seu endereço de email não será publicado. Campos obrigatórios marcados com *