La fe del padre Schneider
Por Enrique Bolland — Portada

La fe del padre Schneider
Demasiada realidad
12/09/2026 05:00 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
Dábamos por hecho que el padre Schneider era un santo. Se decía que era un santo y parecía un santo. Visitaba a los leprosos, recolectaba dinero para las misiones y se daba golpes de pecho mientras nos relataba cómo nuestros compañeros de Séptimo se entregaban al tabaco y blasfemaban. Permaneced puros, nos rogaba al borde de unas lágrimas germánicas y azules. A los mayores los daba por perdidos. Trece años y derechitos al Infierno. Seguid el camino estrecho, aconsejaba señalándolo en el aire con sus descarnados dedos. Y tan estrecho.
Una mañana nos largó un sermón terrible. Claro que a la mitad pasotilla del curso no le hizo efecto alguno. Por muy santo que fuese el padre Schneider, que eso nadie lo dudaba, la mitad pasotilla no hacía caso ni a Dios bendito. Pero seguro que a la mitad aplicada el sermón debió de producirle el efecto buscado: incrementar su temor de Dios. ¿Y a Docampos? Ni una cosa ni otra. Sucedía que él, pasota vocacional, indolente paradigma del pasotismo, de tanto pasar, a veces pasaba de pasar; es decir, que a veces hacía caso solamente por llevar la contraria. Así que atendió a la homilía. Y le dejó perplejo.
Dábamos por hecho que el padre Schneider era un santo. Se decía que era un santo y parecía un santo
Había una vez dos hermanos. El mayor era un crápula sin cerebro ni corazón, mujeriego, bebedor, un vago, un aprovechado que nunca visitaba a sus viejos padres si no era para sacarles el dinero que luego derrochaba en los casinos. El pequeño era todo lo contrario: devoto hijo, marido y padre de familia, generoso, trabajador, austero, un hombre de fe que vivía una existencia sin mácula. Gran palabra, ‘mácula’. Pero, ay, quiso la mala fortuna que, en circunstancias confusas que la parábola del padre Schneider no aclaraba, por única vez en su ordenada vida el buen hombre se dejara una noche arrastrar por amigos circunstanciales que lo condujeron a la bebida y a un tugurio plagado de malas mujeres. Y en plena orgía de pecado, en su primera y única noche de pecado, el rayo fulminante de algún mal instantáneo que tampoco explicaba el santo jesuita, pongamos que un ictus cerebral aunque entonces desconociéramos la palabra ictus, lo dejó seco y, válgame Dios, inconfeso y condenado sin remisión. Y sin atenuantes. Por favor, qué acojono.
O no. Porque resulta que el otro, el cachondo, el juerguista, el que no pegaba chapa y malgastaba el dinero bebiendo y haciendo lo que fuera aquello que se hacía con las malas mujeres, el pecador, sufrió un ataque al corazón que lo dejó tirado en plena calle cuando regresaba de una de sus correrías. Pero quiso el destino que un sacerdote madrugador pasara por allí de camino a la parroquia, justo a tiempo de atender en su agonía a nuestro travieso personaje. Este, sabiéndose en trance de muerte, se arrepintió sinceramente de sus muchos pecados y expiró por completo libre de culpa. Y allí está, a la derecha del Padre… sin ni siquiera preguntarse dónde se ha metido el pringado de su hermano.
El pequeño era todo lo contrario: devoto hijo, marido y padre de familia, generoso, trabajador, austero, un hombre de fe que vivía una existencia sin mácula. Gran palabra, ‘mácula’.
Docampos salió consternado al patio. Como subdelegado de Deportes, cargo menor que le habían asignado por ver si así se interesaba por algo, no olvidó acudir al cuarto de los balones para sacar la pelota que debía entretener nuestro recreo. Pero se desentendió del partido y vino a sentarse al banco donde Nájera y yo dábamos cuenta de sendos bocatas de atún con pimientos rojos adquiridos en la tienda de Braulio, uno de los chóferes de los autobuses al que los curas habían concedido el negocio. Nájera era un sabio, aunque sus compañeros tardamos en saberlo. La mayoría lo descubrió en primero de BUP, cuando acusó en voz alta al profesor de Literatura de utilizar sofismas. Semejante intervención le proporcionó un prestigio intelectual que ya nunca le fue discutido, no porque los demás hubiéramos entendido lo que había querido decir, sino precisamente porque no lo hicimos. No fue tanto su sabiduría como nuestra ignorancia lo que lo encumbró.

– ¿Has oído lo que ha dicho el cura?
– No. ¿Que si andas con chavalas sacarás notas muy malas…? ¿Deja pronto ese pitillo si no quieres ser golfillo?
Nájera se burlaba de los pareados que el padre Schneider había hecho populares a base de repetirlos por los pasillos de viva voz o mediante carteles que nos interpelaban desde los corchos anunciadores de la pared.
– No. El sermón.
– ¿El sermón? ¿Pero tú escuchas los sermones? Esto sí que es bueno.
Nájera se giró hacia mí, que masticaba desatento, inconmovible.
– Docampos, ‘El Ausente’, atiende en misa. El no va más.
El Ausente. El mote se lo había puesto Varona, un viejo y resabiado profesor de Física y Química. Describía con científica precisión su actitud habitual en el aula. Docampos iba a replicar a Nájera, cuando se aproximó Rojas, de E, su compañero en el equipo de fútbol y feroz rival en el patio.
– Venga, Docampos, que ganaros no tiene gracia si no juegas.
– A quién vas a ganar tú, tarugo.
Y ahí quedó la metafísica. Aunque mientras Docampos corría hacia el rectángulo resonó en el patio la exclamación de Nájera.
– ¡No le des vueltas, tío, que Dios no existe!
Sí. Tú anda gritando esas cosas, pensé. Verás como te oiga Schneider. Te lava la boca con jabón. Pero cómo vamos a ganar a E con Fede de portero.
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