La impotencia
Por Antoni Puigverd Romaguera — Portada

La impotencia 05/10/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Llevamos décadas de confrontación de las tres Españas (la “nacional”, la “roja” y la de los territorios no asimilados a la matriz castellana). Del consenso de la primera etapa democrática pasamos, en tiempos de Aznar, al disenso absoluto (no es casualidad que el think tank de Vox se llame “Fundación Disenso”). Nada en positivo nos une. Solo compartimos el odio, la aversión o el miedo a los partidos que encarnan posiciones contrarias a las nuestras. No hay espacios sagrados en España que merezcan protección unitaria: ni en política internacional (Ceuta) ni ante los grandes problemas sociales: vivienda, inmigración, enseñanza.
Desde los años noventa, en España la parte es siempre superior al todo. Si hay que elegir entre lo que conviene a España o lo que conviene al partido, todos los partidos sin excepción desatenderán el interés general. Por eso sostengo desde hace años que, si bien puede discutirse que Catalunya sea una nación, no es menos discutible la existencia de la nación española, ya que no hay nación verdadera sin espacios sagrados respetados por todas las partes.
Expresando tan solo debilidad y conflicto trabaja a destajo para sus opositores
Tras el paréntesis de la época del consenso (Constitución), retornó el espíritu de la guerra civil. De momento, sin violencia física; pero sí con violencia institucional. La alianza estratégica entre el poder judicial y la corriente unitarista desembocó en las condenas durísimas de los líderes independentistas; condenas que ahora planean sobre el entorno familiar de Pedro Sánchez. Nunca defenderé la impunidad judicial de los políticos, pero hay demasiadas evidencias de parcialidad y arbitrariedad judicial. Lo que en un Estatut es inconstitucional en otros se permite, lo que sirve de indicio para unos para otros es papel mojado, las urgencias por juzgar a unos devienen lentitud a la hora de juzgar a los otros. El frentismo es día a día más intenso. También crece la tentación autoritaria: el deseo de barrer al bando contrario es común a todos los partidos.
La derecha ha persistido en la confrontación quizá porque ve posible una victoria definitiva sobre los otros dos frentes: la reducción de las izquierdas a la irrelevancia, la transformación del PSOE en partido menor, complementario, domesticado; y el triunfo total de la España unitaria, planchada a la francesa, frente a unos nacionalismos asustados por las condenas y, gracias a los cambios demográficos, minorizados en sus propios territorios. La derecha constitucional podría haber elegido el camino del diálogo y la aceptación de las otras posiciones: conservadurismo clásico a la europea. Pero el aznarismo forjó el españolismo moderno en el fuego de la confrontación. A las demás corrientes no les quedó más camino que responder con la misma moneda. Por eso la suma de los alérgicos a la derecha siempre había sumado hasta ahora un poco más.

Feijóo ganó las elecciones, pero no le bastaba con Vox para gobernar. Sánchez, liderando el segundo partido, sumó a todos los alérgicos a la visión uniformista. Pero han sido incapaces de pactar un programa o una hoja de ruta para la legislatura. El recorrido del Gobierno ha sido un calvario. Sin presupuestos, a golpe de decreto, prescindiendo del Parlamento, opuesto al Senado, peleado con el poder judicial.

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La narrativa de la resistencia de Sánchez puede ser sublimada por su partido o por él mismo; puede ser heroica, fílmica. Pero la crisis de la vivienda demuestra que esta resistencia es políticamente infructuosa. Ciertamente, Sánchez deja, como explica Enric Juliana, el legado de una amnistía que ha servido para retornar al independentismo al sistema. Pero, en vez de pagar un precio a Sánchez, Junts hace su política: Míriam Nogueras ha procurado defender los intereses de sus votantes, pequeños propietarios de pisos. Este final tan descarnado es una agria lección de realismo. Un gobierno puede desarrollar una gran narrativa ideológica, puede ser muy resiliente, puede incluso tirar de épica. Pero si acaba expresando solo debilidad, impotencia y conflictividad no hace otra cosa que trabajar para sus opositores. Si con hoja de ruta la presidencia de Sánchez habría sido un capítulo más de la infinita división política y civil, sin hoja de ruta ha sido, además de divisiva, una presidencia impotente.
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