La Barceloneta nació sobre un islote de arena: el barrio que ha cambiado tres veces de rostro

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Por Lucía Valera — Portada

La Barceloneta nació sobre un islote de arena: la historia del barrio que ha cambiado tres veces de rostro

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Este año, el arranque de las fiestas de la Barceloneta coincide con el final de las de la Mercè, una de las dos patronas de la ciudad condal. El barrio marinero tiene casi trescientos años; su solar, un pasado más remoto aún

Muralla de Mar, en la Barceloneta

Muralla de Mar, en la Barceloneta

Terceros

Lucía Valera

25/09/2026 06:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Antes de que existiera la Barceloneta, existió la isla de Maians. Este islote de arena, que en el siglo XV se encontraba a un centenar de metros de la costa barcelonesa, entre lo que hoy conocemos como Pla de Palau y la estación de França, se había formado por los sedimentos que arrastraban las corrientes marinas. Aunque en ese momento no era gran cosa, iba a resultar suficientemente decisivo para el futuro de la ciudad.

En 1477, bajo el reinado de Juan II, el ingeniero genovés Stassi de Alejandría diseñó un espigón para unir la isla de Maians con la ciudad. Así nació el muelle que dio origen al puerto de Barcelona. La costa fue paulatinamente ganando terreno al mar, un avance que permitió disponer de un nuevo trozo de tierra habitable. Ese fue el primer gesto, una Barcelona abriéndose al mar, aunque el barrio propiamente dicho, ese que hoy conocemos como la Barceloneta, tardaría casi tres siglos en nacer.

Mapa de Barcelona con la situación de la isla de Maians en diferentes periodos históricos
Mapa de Barcelona con la situación de la isla de Maians en diferentes periodos históricos Propias

Tras la derrota de Barcelona en la guerra de Sucesión, 1714, Felipe V ordenó construir la Ciutadella, una fortaleza militar que serviría para vigilar la ciudad. Para levantarla arrasó el barrio de la Ribera, uno de los más poblados de Barcelona, lo que dejó a miles de vecinos sin hogar. Estos se vieron obligados a reubicarse en otras zonas, en especial en la Ciutat Vella, lo que aumentó la presión demográfica.

En 1718, el ingeniero Jorge Próspero de Verboom proyectó un nuevo barrio en el terreno donde la costa había ganado al mar, la antigua isla de Maians. Tres décadas más tarde, en 1753, nació la Barceloneta, con sus calles estrechas y sus casas bajas, producto de la lógica militar antes que de la voluntad por integrarla en la vida de la ciudad. La normativa prohibía sumar plantas a las viviendas para no entorpecer con la altura el radio de operaciones de la Ciutadella.

Piedra conmemorativa
Piedra conmemorativa Jesús Fraiz Ordóñez / http://labarcelonadeantes.com/

Así, durante más de cien años, la Barceloneta existió como un anexo de la ciudad más que como parte de ella. El barrio estuvo básicamente aislado, con el mar como único compañero. Esa separación física terminó definiendo su carácter y su economía, pues, sin apenas relación productiva con el resto de la metrópoli, la Barceloneta desarrolló una vida propia volcada por completo al mar.

La pesca, las tareas portuarias y la construcción naval fueron las áreas económicas que, a lo largo del siglo XIX, emplearon a sus vecinos e hicieron de este barrio un emblema de orgullo obrero e industrial. Durante generaciones, esta fue una zona de pescadores, estibadores y trabajadores del mar, con una identidad muy marcada, frente al resto de una Barcelona que miraba al interior.

Adiós, murallas

El gran cambio llegó a mediados del siglo XIX cuando Barcelona, encorsetada por sus murallas, se convirtió en una de las ciudades más densamente pobladas de Europa, por lo que fue necesario repensar su urbanismo. Tras años de presión vecinal y política, el gobierno autorizó el derribo de las murallas, que comenzó en agosto de 1854. Aun así, la integración de la Barceloneta en el tejido urbano no se completó hasta que la última de esas murallas, la de Mar, sucumbió entre 1878 y 1881.

Plano de Barcelona, alrededor de 1806
Plano de Barcelona, alrededor de 1806 Dominio público

Con todo, aquella demolición no bastó para acortar la distancia. En 1848 había empezado a funcionar la línea de ferrocarril entre Barcelona y Mataró (el primer tren de la península), cuya estación de cabecera se levantó, precisamente, junto a la Barceloneta, en lo que hoy conocemos como la estación de França. Durante décadas, el tren de mercancías con destino al puerto cruzaba por la Barceloneta, por lo que las vías, que corrían pegadas al frente marítimo, actuaron como una muralla simbólica, una vez derribada la de piedra.

El cambio, lento, llegó desde el propio barrio, cuando sus espacios empezaron a atraer a los barceloneses. Durante la década de 1910 afloraron los baños de mar, y a su alrededor aparecieron los chiringuitos, entonces conocidos como merenderos, que se consolidaron como un fenómeno de masas durante la posguerra. Ya en la democracia, un arroz en el chiringuito, un baño en la playa o un paseo junto al mar contribuyeron a asentar el barrio como un espacio social pensado, sobre todo, para el día a día de los propios barceloneses.

Los chiringuitos ocupaban kilómetros de playa ilegalmente
Los chiringuitos ocupaban kilómetros de playa ilegalmente Pedro Madueño/LV

Durante los primeros años noventa, sin embargo, los chiringuitos se vieron abocados a su desaparición por la construcción del paseo Marítimo, con la mira puesta en los futuros Juegos Olímpicos, que se celebrarían en 1992. A partir de entonces, la Barceloneta dejaría de estar simbólicamente al margen de la ciudad.

Fue el gran punto de inflexión. La urbe que durante siglos había dado la espalda a su propio mar, dejándolo más allá de las murallas, se reinventó como una ciudad costera. Se crearon zonas de playa donde antes había fábricas y barracas, se levantó la Vila Olímpica junto al barrio, y el frente marítimo se convirtió en una de las postales más reconocibles de la ciudad condal.

Para la Barceloneta, todo esto significó una revalorización repentina. De la noche a la mañana, el barrio se reafirmó como una de las zonas más populares de Barcelona, origen de una presión inmobiliaria y turística que, desde entonces, no ha dejado de crecer.

Vista general de Sant Martí y la costa de Barcelona, durante la construcción de la Vila Olímpica
Vista general de Sant Martí y la costa de Barcelona, durante la construcción de la Vila Olímpica Propias

El problema estalló en el verano de 2014. Los vecinos empezaron a reclamar sus calles, sus casas y su playa, y cientos de ellos se manifestaron noche tras noche para protestar contra lo que ellos mismos bautizaron como “turismo de borrachera”. La situación, en su opinión, se había vuelto insostenible: gritos y música hasta la madrugada, vómitos en los portales, discotecas improvisadas en pisos turísticos, muchos de ellos sin licencia.

La presión vecinal obligó a actuar a las autoridades, y ese mismo 2014 se desmantelaron gran cantidad de pisos que operaban de forma ilegal, lo que llevó al ayuntamiento a tomar la decisión de suspender la concesión de licencias para pisos turísticos en toda Barcelona. Una veda que, con matices, se mantiene desde entonces.

Vecinos de La Barceloneta increpan a los turistas de un apartamento, como protesta por el turismo de borrachera y el incivismo
Vecinos de La Barceloneta increpan a los turistas de un apartamento, como protesta por el turismo de borrachera y el incivismo Colaboradores

Más de una década después, la presión sobre la vivienda no ha desaparecido, aunque haya cambiado de forma. Según datos municipales, el 49,6 % de los pisos vendidos en la Barceloneta durante 2025 fueron adquiridos por compradores de nacionalidad extranjera, el porcentaje más alto de toda Barcelona, muy por encima de la media de la ciudad, que se sitúa en torno al 23 %.

La historia de la Barceloneta es la de un lugar que ha tenido que negociar constantemente su identidad frente a decisiones tomadas fuera de él. Nació del desalojo de otro barrio por motivos militares y creció aislado de la ciudad, si bien se abrió a esta cuando Barcelona necesitó su atractivo costero. Hoy, casi trescientos años después de colocar su primera piedra, su supervivencia como barrio residencial sigue contendiendo frente a la presión del turismo.

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