El nuevo problema permanente
Por Josep Maria Ganyet — Portada

El nuevo problema permanente 27/09/2026 00:05 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Hansi es un parado alemán. Hace años que busca trabajo, envía currículums y nadie le llama. Cuando cumple 67 años pasa de no tener trabajo a ser un jubilado. Cobra lo mismo, se levanta a la misma hora, hace las mismas cosas y sin embargo está más satisfecho con su vida. Y no solo les pasa a los alemanes: un estudio de DeepMind encuentra lo mismo en el resto de Europa. No trabajar tiene un peaje en el bienestar mientras tienes edad de hacerlo, y desaparece cuando llegas a la edad de jubilación.
La pregunta de por qué ocurre tiene casi cien años. El 10 de junio de 1930, con el mundo hundido en la depresión, John Maynard Keynes dio en Madrid una conferencia que luego publicaría con el título Las posibilidades económicas de nuestros nietos . Acuñaba un término que haría fortuna, el paro tecnológico: el que se produce cuando descubrimos maneras de ahorrar mano de obra más deprisa de lo que le encontramos nuevos usos. Lo veía como un mal pasajero, una fase de desajuste. Dentro de cien años, decía, el problema económico estaría resuelto y por primera vez la humanidad se enfrentaría a su problema real, el permanente: cómo usar la libertad de no tener que sufrir para ganarse la vida; cómo llenar el tiempo de ocio. Para repartir el poco trabajo que quedara proponía turnos de tres horas diarias en una semana de quince horas.

El plazo de Keynes vence en 2030, curiosamente la fecha en que los gurús del apocalipsis de la IA dicen que no solo se habrá acabado el trabajo, sino todo lo demás. Apocalipsis aparte, el debate actual se centra en cuántos empleos se perderán y en aquello tan planiano de cómo lo pagaremos. OpenAI propone un fondo público que reparta dividendos entre los ciudadanos, en el Congreso de Estados Unidos hay una propuesta para gravar los tokens (las unidades de procesamiento de los LLM), y la renta básica universal (RBU) siempre asoma la cabeza como solución definitiva. La teoría dice que los beneficios de destruir empleo pagarán con creces la renta de quienes se queden sin él. La RBU pone de acuerdo desde a turbocapitalistas como Elon Musk hasta a políticos de izquierda como Lula da Silva.
El estudio de DeepMind, que cuatro investigadores de este laboratorio de Google han publicado este septiembre, repasa lo que se sabe del bienestar de la gente que vive sin trabajo en los países de la OCDE, China, India y el Golfo: parados, jubilados, ganadores de la lotería y cónyuges que dependen económicamente del otro (que lo firme una de las empresas que más automatizan el trabajo tiene su gracia). Los resultados desmontan media tesis de Keynes. El paro duele y deja cicatriz, aunque se cobre. La jubilación, en cambio, suele ir bien, y la inmensa mayoría de los jubilados están satisfechos con su vida (¡mientras haya salud!). Pero los dos o tres de cada diez que no la han elegido, por una enfermedad, un despido o un familiar al que cuidar, están como los parados. Las madres que se quedan en casa cuando querrían trabajar también lo llevan mal. Resulta que, para estar bien, lo que cuenta no es tener trabajo o no tenerlo, sino haberlo elegido.
El problema de elegir
La IA no nos hará infelices solo por quitarnos el trabajo, sino por arrebatarnos la capacidad de decidir si queremos seguir teniéndolo
La prueba más clara viene de la gente que sí ha elegido. El movimiento FIRE, siglas inglesas de independencia financiera y jubilación anticipada, reúne a gente que ahorra con disciplina monacal para vivir de rentas mucho antes de la edad de jubilación. Su profeta, un ingeniero de software que se hace llamar Mr. Money Mustache, se retiró a los treinta años. Desde entonces vive de un blog que explica cómo jubilarse tras diez años de trabajo. Para él, jubilarse es poder elegir si trabajas.
Otro caso interesante son los ganadores de la lotería, que hacen justo lo contrario que los FIRE: no dejan de trabajar. En Estados Unidos y en Suecia, entre el 85 y el 89 % siguen trabajando, incluso con premios de millones de dólares. Usan el dinero para comprarse flexibilidad, esto es, el derecho a decidir cuándo y cuánto.
Hace años, en Davos, el economista británico Guy Standing, uno de los grandes defensores de la RBU, me convenció de que era el gran salto adelante. Visto con perspectiva, solo era medio salto. El experimento que financió Sam Altman, el consejero delegado de OpenAI, lo demuestra: mil personas cobraron mil dólares al mes durante tres años. El primer año estaban más contentas, después volvían a estar como las del grupo de control, y el tiempo que ganaban se les iba sobre todo en ocio. Los autores del estudio de DeepMind concluyen que la renta básica es valiosa, pero muy insuficiente. El dinero resuelve el problema económico. El problema permanente, no.
Si lo que cuenta es la agencia (la capacidad de decidir), la pregunta sobre la IA ya no es cuántos empleos destruirá ni cómo los pagaremos, sino quién decidirá que nuestro puesto de trabajo debe destruirse, o que ni siquiera debe crearse. Según un estudio de Stanford, a los jóvenes de los empleos más expuestos a la IA no los despiden: sencillamente, no los contratan. La decisión se ha tomado mucho antes de que envíen el currículum. El FIRE, que nació para elegir cuándo se deja de trabajar, ahora se vende como una huida ante la IA: “Si no quieres quedar atrapado en una subclase permanente (por culpa de la IA), tienes que abrazar el FIRE antes de que sea demasiado tarde”.
2030
Keynes puso fecha al fin del problema económico: 2030, cuando imaginó una sociedad con mucho menos trabajo
La agencia viene también a cuento en el debate de las pantallas y su impacto en la salud mental de los jóvenes (y de los no tan jóvenes). Cada decisión que renunciamos a tomar la toma otro: cuando pasamos vídeos de TikTok sin pensar, cuando dejamos que Netflix reproduzca el episodio siguiente, cuando generamos un texto con ChatGPT. La economía del comportamiento lo llama opción por defecto, una opción que ha elegido otro y que hacemos nuestra porque renunciamos a cambiarla. Una renta pagada por quien te ha quitado el trabajo es la opción por defecto definitiva: te quita la capacidad de decidir a cambio de un sueldo.
Hansi no encontró trabajo ni cobró más; solo cambió el nombre de lo que era. Keynes creía que el problema permanente sería cómo llenar el ocio. El problema, en cambio, es que no puedas decidir si tener trabajo o no. Y las dos preguntas de Pla “¿Y todo esto, quién lo paga?” y “¿Qué cojones es eso de no trabajar?”, siguen abiertas.
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