El milagro que salvó a los castells de la desaparición hace un siglo
Por Guillermo Soler García de Oteyza — Portada
El milagro que salvó a los castells de la desaparición hace un siglo
Renaixença
La aparición de nuevas colles en Tarragona y el Vendrell, hace cien años, supuso un cambio de dinámica para una actividad en peligro de desaparecer

Jornada Castellera en la Plaza Sant Jaume de Barcelona en 2015 Foto: Luis Tato
Colaboradores
Guillermo Soler García de Oteyza
23/09/2026 06:30 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
Inscritos en la lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la Unesco en 2010, con más de un centenar de colles (equipos) en activo y miles de practicantes, los castells (torres humanas) se han convertido en un símbolo de la cultura catalana reconocido internacionalmente. Hace tan solo unas semanas, los Castellers de Vilafranca superaron una nueva frontera en el progreso técnico de los castells al completar, por primera vez, una estructura con cuatro bases: el “pilar de nou”.
Sin embargo, a principios del siglo XX esta actividad tradicional estuvo en riesgo de extinción. La aparición, hace ahora cien años, de nuevas colles en Tarragona y el Vendrell supuso un punto de inflexión y un cambio de dinámica.

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Los castells habían nacido a caballo entre el siglo XVIII y el XIX a partir de la evolución de un baile anterior, el Ball de Valencians, transformación que se había dado especialmente en la ciudad de Valls, a unos veinte kilómetros de Tarragona. Durante buena parte de la segunda mitad del siglo XIX, los castells se convirtieron en el espectáculo más celebrado de las fiestas mayores del Camp de Tarragona y del Penedès: es habitual en la prensa de la época encontrar afirmaciones en el sentido de que sin la participación de los Xiquets de Valls –generalmente divididos en dos grupos rivales–, que se desplazaban por toda la zona, no había fiesta que mereciera tal nombre.
Hacia finales del siglo, sin embargo, la actividad entró en crisis. Los datos son claros: en 1893 se completó la última construcción de nueve pisos; en 1905, el último castell de ocho alturas. También descendía dramáticamente el número de actuaciones. Ante este panorama, en 1911, La Crónica de Valls publicaba un texto contundente: “Ha llegado ya el momento de plantear el siguiente dilema: ó se devuelve a los castells su pujanza antigua, ó se suprimen de nuestras fiestas. Lo peor es que veamos el espectáculo de su decadencia, languideciendo por nuestras calles, como restos sin estima de una institución gloriosa. ¿Que se consideran incompatibles con las costumbres modernas? Pues que se supriman. Pero que quede de ellos un recuerdo glorioso, no una realidad vergonzante”.

Más complejo resulta determinar las razones exactas de esta decadencia. Habitualmente se ha vinculado a diversos factores, como la pérdida de población de Valls; la crisis económica provocada por la llegada del virus de la filoxera a las viñas; el envejecimiento e incapacidad de renovación de los propios castellers; el desprestigio de la actividad a causa de algunos accidentes graves; o la aparición de nuevas formas de espectáculo y diversión, incluido el deporte, que rápidamente se incorporaron a los programas de fiestas. Pero también influyeron elementos de tipo ideológico, como se apunta en el texto anterior cuando se insinúa que puedan ser “incompatibles con las costumbres modernas”.
En este sentido, resulta significativa la obra de teatro Lo tres de nou, estrenada en Valls en 1902. Su autor, Raimon Casas Pedrerol, era un pedagogo de ideas progresistas. El héroe, Joan, accede a participar en un castell para así obtener el favor del padre de su amada, que es el responsable de la colla. Cuando este, Isidro, comenta que “de los buenos castellers se va perdiendo la raza”, Joan le contesta: “Porque se va civilizando el pueblo”. Y seguidamente califica a las torres humanas como “espectáculos dignos de aquel tiempo y aquel pueblo que, esclavo del oscurantismo, pedía pan y cadenas a los esbirros que lo envilecían”, para autoproclamarse, en cambio, “casteller del santo trabajo que da la paz a los pueblos” y “casteller de las ideas que llevan el progreso al hombre”.
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También el catalanismo, en auge precisamente aquellos años, veía a los castells como una reliquia de tiempos anteriores. Cuando, en 1907, un joven tarraconense escribió en una revista local lamentando que la sardana –danza originaria del Empordà que se estaba expandiendo por todo el territorio, promocionada por el catalanismo como danza nacional– estaba desplazando a los castells, recibió esta respuesta: “Dejad que la juventud de hoy se incorpore de nuevo al alma de Catalunya y se entregue del todo a la sardana, aunque haya que realizar algún sacrificio en aquello que sea peculiar y propio nuestro”.
Rescate del olvido
Y, pese a todo, los castells superaron su particular travesía del desierto. Tal y como ha recogido el historiador Xavier Güell, 1926 fue el año clave. En primer lugar, diversas poblaciones que llevaban años sin actuaciones castelleras, como Arboç, Torredembarra o Igualada, decidieron volver a contratar a los Xiquets de Valls. Pero, especialmente, en dos municipios la solución fue el impulso a agrupaciones locales de nueva creación.
Así, el 23 de septiembre de 1926, coincidiendo con la fiesta mayor de Santa Tecla, patrona de la ciudad, se presentaban los Xiquets de Tarragona. El periódico local Tarragona celebraba la iniciativa: “Este año ha reaparecido en el programa de fiesta la simpática nota de un grupo de hombres valientes, dispuestos a hacer renacer este número típico, que iba ya por el camino ruinoso del olvido”. En una entrevista a los impulsores de la colla, Francesc Bigorra y Esteve Pomerol, estos explicaban que eran unos treinta miembros fijos, pero que su número crecía, que llevaban practicando un par de semanas y que el dinero conseguido con las actuaciones se lo repartían a partes iguales.

Unas semanas más tarde, el 15 de octubre, en el marco de la Feria de Santa Teresa, hacían lo propio los Nens del Vendrell. Como en el caso de los tarraconenses, el estreno fue un éxito al lograr completar diversas construcciones de seis pisos. “¿Se nos dirá que no son espectáculos? Nosotros creemos que sí, y de una belleza incomparable y de una fortaleza pareja, como mínimo, a las mayores manifestaciones de deportes exóticos”, apuntaba el semanario Baix Penedès.
Hay que tener en cuenta que anteriormente ya había habido en diversas poblaciones grupos de aficionados locales que de forma más o menos formalizada se organizaban para levantar sus propios castells, pero hasta ese momento la actividad se consideraba prácticamente exclusiva de Valls. La aparición y, sobre todo, la consolidación de estas nuevas colles en Tarragona y el Vendrell –en 1929 ya lograron castells de siete pisos– supuso una auténtica revolución y, por supuesto, un estímulo para los castellers vallenses, que de repente se encontraban frente a una competencia inesperada.
De hecho, el período que va desde 1926 al inicio de la Guerra Civil se conoce en la historiografía castellera como el de la Renaixença (renacimiento), y se caracteriza por una evolución técnica constante que permitió recuperar las construcciones de ocho pisos después de tres décadas, así como una popularidad creciente. En este periodo también se incorporan a la práctica algunas novedades, como la adopción de uniformes distintivos para cada grupo o el hecho de que las colles participantes en una misma actuación actúen de forma consecutiva y no simultánea, que son elementos vigentes hoy en día.
De la recuperación a la explosión
Si las causas de la decadencia de los castells habían sido diversas, las de su inesperado resurgimiento también debieron de serlo, aunque la cuestión ha sido poco estudiada de momento. Güell apunta a una “toma de conciencia, aunque fuera inconscientemente, de los jóvenes y parte de la sociedad de la significación patrimonial de los castells como emisarios de identidad local o nacional”.
Sí que parece clave la incorporación de toda una generación joven que seguramente tenían una visión diferente de los castells, más próxima al deporte, que en aquel momento era una actividad de prestigio. Algunos de los cambios que hemos señalado, así como los concursos celebrados en Tarragona, apuntan a esta voluntad de dignificación de los castells por asimilación al deporte. Además, por primera vez se cuenta con la simpatía de intelectuales destacados, como el músico vendrellense Pau Casals, gran aficionado a los castells e impulsor de los concursos.

Esta dinámica positiva se vio interrumpida por la Guerra Civil y sus consecuencias, pero la bala de la desaparición de los castells se había logrado esquivar. La fuerza adquirida en una década fue suficiente para sobrevivir al largo período franquista, durante el cual, de hecho, las autoridades locales protegieron a los castells como un ejemplo de “sano regionalismo”.
El verdadero impulso llegó con los años setenta y ochenta, al coincidir la recuperación de la calle y la fiesta propias de la transición a la democracia con una transformación del modelo de colla castellera: la adopción del amateurismo integral, la apertura al conjunto de la sociedad, la incorporación de la mujer y el énfasis en la seguridad permitieron, a partir de los noventa, la explosión castellera en la que aún estamos instalados.
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