El círculo vicioso
Por Antoni Puigverd Romaguera — Portada

El círculo vicioso 19/10/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
El desahucio de la anciana Maricarmen en camilla, finalmente fallecida, suscitó una gran emotividad social. El presidente Sánchez vio en la toma de las plazas por parte de los jóvenes sublevados contra los llamados fondos buitre la oportunidad de dar la vuelta al hostil clima político que le ahogaba.

La grotesca corrupción de los compañeros de viaje Ábalos y Cerdán, el cerco judicial contra la esposa del presidente y otros casos (fiscal general, Leire Díez, etcétera) habían dejado la credibilidad socialista por los suelos. El crecimiento interanual del 2,6% es el mejor de Europa, sí, pero no llega a las familias; y la inflación lo torpedea. La ácida realidad ha desmentido casi todo lo que el Gobierno de Sánchez ha descrito con palabras. Ocurre con los trenes, la agricultura, las carreteras, en el día a día de los ciudadanos, como demuestra la propia política de vivienda: ¿por qué, si no, tantos decretos a matacaballo? La mejor aportación del último mandato de Sánchez es la amnistía, es decir: el regreso del independentismo a la Constitución. Pero también la amnistía es ambivalente. Sánchez, que no la quería, la ha impulsado a cambio de votos parlamentarios. Y si en Catalunya esto tiene premio, en otros territorios confirma el retrato de un hombre sin principios.
Ahora bien, la credibilidad del Gobierno se hundió del todo cuando unos 70.000 extranjeros entraron en Ceuta de golpe. Sánchez, sin reflejos, se fue de vacaciones dejando un vacío de liderazgo en plena crisis de España con Marruecos. Mientras tanto, se imponía en la opinión publicada y en las conversaciones de bar el rechazo a la laxa política migratoria. Antes del desbordamiento de Ceuta, la idea de que hemos superado con creces la capacidad de acoger inmigrantes no se había instalado como tema central de la política española (pero sí en Catalunya, a causa del repentino cambio del paisaje humano y por la aparición de Orriols). Después de Ceuta, este tema será uno de los motores de la campaña y dará alas a Vox, como es sabido.
Si la flauta vuelve a sonar, ¿qué podrá hacer Sánchez? ¿Repetir las impotencias?
Se arruinaba, por tanto, la mejor carta de Sánchez: su política exterior. Antes de Ceuta, los opositores no sabían cómo criticarle su política internacional, discutible, pero de éxito popular. La favorecían factores diversos: la facundia inglesa del presidente, el histórico prejuicio contra los judíos y contra Norteamérica, el rechazo popular a las bravuconadas de Trump. Todo eso también se perdía en Ceuta. Los socios de la UE se enojaban de veras (lo hemos vuelto a ver en la cumbre del Consejo Europeo, donde Sánchez ha sido vapuleado por los populistas de derecha, pero también por la socialdemócrata danesa). Con la llegada en masa de migrantes parecía claro que EE.UU. e Israel se vengaban del apoyo español a Gaza y de la negativa de Sánchez a las exigencias de Trump (5% en armamento, uso de las bases españolas para la guerra de Irán). Era una política exterior en clave interna que se ha desvanecido bajo el peso de la realidad geopolítica: el juego ventajista de Marruecos con España.

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¿El sentimentalismo en favor de los que no tienen casa conseguirá dar la vuelta a la desconfianza que ha acumulado Sánchez? Me cuesta creerlo, pero podría ser: las sociedades son también muy sentimentales. Pero Sánchez necesita una causa de más peso para tapar la inconsistencia de estos años: por eso, una vez más se vuelve a activar la fractura histórica: “¡No pasarán!”. Si pasan –se dice–, vendrá la hecatombe democrática. Si el nacionalismo autoritario presente en Vox, pero también en la cultura del PP, gana con la comodidad que auguran muchas encuestas, el sistema que hemos conocido estará en grave peligro. Así es: basta con leer las tesis de Vox. Pero recurrir, una vez más, al “si tú no vas, ellos vuelven” parece un abuso insoportable. Estamos ante unas elecciones históricas –se dice– mientras se activan las emociones divisivas de siempre. Si Vox tiene la llave del gobierno, ya sabemos qué pasará (muy especialmente en Catalunya). Pero, y si la flauta vuelve a sonar, ¿qué hará Sánchez? ¿Qué podrá hacer? ¿Repetir las impotencias? ¿Encastillarse unos años más? ¿Encerrarnos en el círculo vicioso del resistencialismo paralizador? Es deprimente tener que elegir entre el mal conocido y el mal anunciado.
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