Por Gabriel Magalhães — Portada

Gabriel Magalhães

Gabriel Magalhães

Escritor

La profecía española 19/10/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Las elecciones del 29 de noviembre ocurrirán en Soria, pero también, no en Siria, sino en Berlín, en París, en Roma, en Washington, como explicó Lluís Uría en este diario. Y, por descontado, repercutirán en Lisboa. En la historia de la democracia española hay pocas idas a las urnas con una tal radiactividad internacional. Uno de esos sufragios con repercusión mundial fue el del 28 de octubre de 1982, la primera victoria de Felipe González: la izquierda volvía al poder en España, con una mayoría aplastante, después de una larga dictadura y con el cadáver de Franco todavía tibio en el Valle de los Caídos (los restos mortales de los tiranos tardan muchísimo en enfriarse).

 
  ÓSCAR DEL POZO / AFP

En 1982, el eslogan del PSOE se basaba en la palabra cambio, como quien dice: “Ya no venimos aquí a hacer la revolución marxista, respetaremos las formas y los contenidos”. Ahora, en el 2026, hay que reconocerle talento y duende al estratega que ha propuesto la palabra cambio para la actual campaña del PP. El mensaje es el mismo, pero al revés: “Si ganamos, Vox entrará en el gobierno, están ustedes cansados de saberlo, lo hemos ensayado en varias comunidades autónomas, pero esto no será la contrarrevolución ni un golpe de Estado: también nosotros respetaremos las formas”. Enric Juliana habló en este diario de relato, de focos, de técnicas de iluminación en política: de hecho, este resplandor tenue de la palabra cambio es la luz que el PP necesita para su campaña, y no las llamaradas de las bengalas de hincha futbolístico que suele usar Vox. 28 de octubre de 1982, 29 de noviembre del 2026. Todavía no completamente helado en el panteón familiar del cementerio de El Pardo-Mingorrubio, Franco sonríe ante este modo galaico de dar la vuelta a la palabra cambio. 

En Portugal, la línea es otra: un Gobierno de centroderecha, liderado por Luís Montenegro, y un presidente socialista, António José Seguro. Los presupuestos del año que viene, aprobados con la anunciada abstención del Partido Socialista. No se trata de un bloco central, no hay un documento firmado, pero, en sustancia, es lo que está funcionando. A veces, el Gabinete de Montenegro se apoya en la derecha radical y, en ocasiones, José Luís Carneiro, líder socialista, extrema sus críticas. Pero la sangre ni siquiera empieza su deriva hacia el río. La voluntad de la mayoría de la gente se ha expresado en este sentido moderado, en elecciones generales y, después, en las presidenciales. El líder de la extrema derecha, aunque sigue muy bien en las encuestas, genera igualmente una elevada tasa de rechazo, y parecen esperarle algunos años de purgatorio, a la manera de la familia Le Pen, antes de llegar al poder, si es que llega.

Si PP y Vox ganan en España, la moderación del Gobierno portugués podría peligrar

Sin embargo, dentro del principal partido del Gobierno, el PSD, de centroderecha, hay voces fatales, voces de poema lorquiano, criticando a Montenegro y planteando la necesidad de una mayoría clara de derechas que haga reformas profundas en el país. Y este es el problema del 29 de noviembre ­para Montenegro y para Portugal. Si la ­derecha gana en España, si se forma un ­gobierno del Partido Popular con Vox, esas voces pueden subir de tono y transformarse en un clamor. La revolución de los claveles empujó al franquismo terminal hacia la ­democracia; un gobierno PP/Vox ejercería una presión inversa sobre la actual vía ­política portuguesa moderada. A veces la historia de España es profética: lo fue en 1936-1939. Pero casi siempre sus augurios y vaticinios resultan parciales: la Guerra Civil acertó en la brutalidad de la venidera Segunda Guerra Mundial, pero no adivinó su resultado.

Además, Pedro Sánchez, ese cuerpo glorioso, un físico que es la mezcla perfecta de la finura del torero en el ruedo con la solidez de esqueleto de un galán de Hollywood de los años cincuenta, dará lucha y se empleará a fondo. El más de un mes que falta para el voto se le hará largo a Feijóo, y no sabemos aún con seguridad cómo terminará esta película que ha empezado de modo hondo y humano, a la manera del cine neorrealista italiano: con un desahucio de una anciana en camilla y su muerte en un hospital público. Un guion que arranca de este modo impactante buscará un final a la altura de este inicio: esa es, creo yo, la corazonada de Pedro Sánchez.

En su declaración del 5 de octubre, anunciando la convocatoria electoral, vimos a un Sánchez de izquierdas, como siempre, pero más escorado al centro. No habló de la inmigración ni del aborto como principio constitucional. Fue una intervención equilibrada. No obstante, este sábado, en Fuenlabrada, le tocó a él, creo yo, cometer un par de dislates, equivalentes al resbalón del PP en el tema de las jubilaciones: defendió la inmigración como un modo de financiar las pensiones, lo que es una visión muy superficial sobre estos dos asuntos, y el aborto en la Constitución, que a Francia no le ha valido de nada. Fue el regreso de un Sánchez extremado y, en el fondo, insustancial.

Los demonios de Ceuta

Lee también

Los demonios de Ceuta

Gabriel Magalhães

Pero cuidado con insultar demasiado a Sánchez. Cuidado con apalearlo. Mário Soares, el legendario líder socialista portugués, tenía perdidas las presidenciales de inicios de 1986. Las tenía perdidas, hasta que a unos sindicalistas se les ocurrió propinarle media docena de garrotazos, a causa de las políticas de austeridad que Soares había aplicado como primer ministro. Esos garrotazos fueron su resurrección política, y terminó ganando. La política en España es tremebunda, cierto, pero la gente de a pie, que sobrelleva como puede el estruendo público, es más moderada, más sensata de lo que parece.

Mostrar comentarios

Fonte: Portada

Deixe um comentário

O seu endereço de email não será publicado. Campos obrigatórios marcados com *