De Argentina al Maresme tras jubilarse: “Mi abuelo emigró y yo hice el viaje a la inversa”
Por Andrea Núñez-Torrón Stock — Portada
Contenido solo para suscriptores De Argentina al Maresme 140 años después: “Mi abuelo emigró y yo hice el viaje a la inversa tras jubilarme, siento que tengo una doble identidad”
‘Después de los 60’
Esta argentina trabajó durante más de tres décadas como arquitecta en su país de origen, pero siguió a la inversa los pasos de su abuelo y volvió al pueblo de Montgat para iniciar una nueva vida en la tercera edad

Silvana Codina decidió volver al pueblo de su abuelo, en el Maresme, en la sesentena.
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Andrea Núñez-Torrón Stock
26/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Esta es la 105.ª entrega de ‘Después de los 60’, la sección de testimonios sénior donde recogemos experiencias vitales en esta etapa de la vida. Nos puedes hacer llegar tu historia a seniors@lavanguardia.es.
Silvana Codina mira la vida con la lente de la arquitectura, ocupación a la que consagró toda su vida profesional. A sus 68 años, cuenta cómo su abuelo emigró de Cataluña a América cuando la fachada del nacimiento de la Sagrada Familia todavía no había comenzado a construirse. “Mi historia familiar parece dibujar una simetría axial: un pescador que armaba barcos y que se fue de aquí para comenzar una vida en Argentina y mi regreso cuando su barco La Madrona sigue entero en el Museu Marítim de Barcelona”, explica. Su abuelo era maestro de hacha, el oficio tradicional de quienes ayudaban a construir, reparar y mantener de forma milimétrica y artesanal los barcos.
“Mi padre siguió cultivando la permanencia en Cataluña desde el otro lado del mar, y cuando yo cumplí 16, me regaló un viaje a Barcelona. Decía que si quería ser arquitecta, tenía que conocer a Gaudí. Me quedé deslumbrada por su obra, volví al Montgat donde vivía mi abuelo y comprendí el difícil trasplante de lugar que tuvo que experimentar, pasando de aquel pueblo costero catalán donde trabajaba al medio de la Pampa, un sitio sin mar en otro continente”. Desde entonces, volvería un montón de veces. Y de forma definitiva, en su jubilación. Relata que le costó encontrar vivienda. “Fue una odisea, pero ya tengo mi casa frente al mar y ahora estoy bien establecida en el Maresme, donde me han acogido genial. Ahora siento que tengo una doble identidad”, explica.
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Para Silvana, el regreso 140 años después al lugar donde están las raíces de su familia también tuvo un sentido vital. El de “comenzar nueva experiencia cuando muchos creen que a cierta edad ya no hay nada nuevo por hacer, nada más que el autocuidado y la pasividad de contar el paso del tiempo”. Tuvo que enfrentarse a la incertidumbre, y de ahí nacieron nuevos brotes luminosos.
Arquitectura como forma de entender el mundo
Silvana trabajó en planificación urbana y hospitalaria y en la gestión pública, integrando equipos técnicos, participando en grandes proyectos de transformación urbana y publicando libros sobre arquitectura y urbanismo. “Siempre recuerdo una frase de Vittorio Gassman que dice que la vida debiera ser como una obra de teatro, un ensayo para después tener la representación de la obra en serio. Y yo creo que tuve la suerte de haber elegido una disciplina que permite ensayar y actuar al mismo tiempo y deja una pequeña huella de todo este trabajo”. Reconoce que tuvo unos 20 años de trabajo verdaderamente intenso. “Hicimos desde un acuario a un museo o numerosos edificios culturales”.
De lo que se siente más orgullosa es de haber tenido la suerte de proyectar hospitales. “La cobertura de la salud de tu comunidad es algo muy fuerte, una responsabilidad enorme”, cuenta, enamorada de su vocación. “He podido mantener toda la vida la potencia que me animó de joven. No todo está terminado, pero si mi vida se acabase, no le falta nada”, reflexiona la arquitecta, que admira la capacidad de las obras arquitectónicas de completarse con la acción colectiva.
He vuelto a mis raíces al comenzar nueva experiencia cuando muchos creen que a cierta edad ya no hay nada nuevo por hacer
Silvana Codina
68 años
Aunque ya está jubilada, sigue escribiendo, proyectando y trabajando. Es presidenta de la Fundación En Obras, creada con un pie en cada continente para preservar y transmitir experiencias de arquitectura, ciudad y gestión pública a las nuevas generaciones. “Hacemos planes de desarrollo con una metodología de Cátedra UNESCO para ciudades intermedias del interior de Argentina”. Y cada día le dedica varias horas de actividad. “La tecnología lo ha cambiado todo: por Zoom puedo reunirme con cualquier persona del mundo y de joven esto era impensable”, celebra.
Actualmente, está escribiendo un libro sobre su experiencia para la fundación. “Bebe de lo colectivo y quiero que ayude a repensar la arquitectura”, señala, y nunca ha concebido su disciplina como un trabajo. “Siempre lo sentí como una actividad gratificante que me ayudó a ser quien soy en cada etapa de la vida”. La arquitectura le enseñó coherencia vital. “Si tienes que resolver un baño, has de ser coherente. Y lo mismo con todo”.
Historias séniors
‘Después de los 60’
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“Todas las mañanas me levanto y se me representa la imagen de mi abuelo en su barco tratando de pescar la vida”, cuenta Silvana Codina, a la que no le gusta la vida rutinaria. Cuando el calor no aprieta demasiado y el clima lo permite, se lanza a gastar suela callejeando por Barcelona. “Redescubro constantemente una ciudad que está viva, que tiene infinitas posibilidades culturales y un sentido de comunidad muy fuerte”. Además, también disfruta de la playa, a unos pocos metros de su casa.
En cuanto a los hobbies, Silvana también es prolífica. “Voy cambiando, estoy en seminarios de grupos filosóficos, tengo un club de cine y quedo con muchos amigos para hacer distintas actividades”. En el Maresme también descubrió que le encanta el aquagym. “¡Adoro las piscinas de aquí! Hay mucha diversidad: dentro del agua puedes ver a gente hablando en varios idiomas”.

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Sigue viajando regularmente a Argentina, al menos una vez al año. “Trato de no ser nostálgica y mirar hacia delante”. Cuando echa la vista atrás, se siente feliz de haber construido una familia y tenerla en equilibrio. “Tengo cuatro hijos y todos son autónomos. Uno de ellos también es arquitecto, aunque no me pide muchos consejos. Eso es que algo habré hecho bien: ¡tiene su propio criterio! A su vez, yo he transitado mi autonomía propia a través de la arquitectura”, dice. Repite varias veces que la vida es un soplo, pero que, “como los edificios, se legitima por su sentido y su capacidad de permitir nuevas transformaciones”. Por eso, cuando mira la Sagrada Familia, piensa que la obra simplemente continúa.
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