‘Carrie’, 50 años de sangre y furia adolescente
Por Astrid Meseguer Lores — Portada
‘Carrie’, 50 años de sangre y furia adolescente
La R
Sitges celebra los 50 años del clásico de Brian De Palma con una copia restaurada en 4K y la presencia de Amy Irving, mientras presenta la nueva adaptación de Mike Flanagan

Carrie
Astrid Meseguer, Aitziber Azpeitia
Barcelona
11/10/2026 06:00 Actualizado 11/10/2026 06:42 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Hay imágenes que ya no pertenecen únicamente a una película, sino a la historia del cine. Sissy Spacek inmóvil sobre el escenario del baile de fin de curso, con el vestido empapado en sangre y una mirada que anuncia la catástrofe, es una de ellas. Han pasado cincuenta años desde que Brian De Palma convirtió Carrie, la primera novela publicada por Stephen King, en una de las grandes películas de terror contemporáneo. Sitges celebra el aniversario recuperándola en 4K y con una invitada privilegiada, Amy Irving, la inolvidable Sue Snell, mientras presenta la nueva adaptación de Mike Flanagan para Prime Video.
La historia pudo no existir. King comenzó a escribir sobre una adolescente que tiene su primera menstruación en las duchas del instituto sin saber qué le ocurre y acabó tirando las páginas a la papelera. Fue su mujer, Tabitha, quien las recuperó y le animó a continuar. Quizá no sea casual que una mujer supiera reconocer la potencia de aquel miedo: el desconcierto ante la primera regla y, sobre todo, el temor a que llegue en público, a mancharse, a que los demás lo vean. Una experiencia natural sobre la que generaciones de mujeres han aprendido a proyectar silencio, pudor y vergüenza.
La sangre antes de la sangre
De Palma convierte ese miedo aprendido en terror. Carrie cree que está muriendo mientras sus compañeras se ríen de ella y su progenitora, Margaret White, le proporciona después una explicación aún más terrible: el cuerpo femenino es impuro, el deseo es pecado y la sangre, castigo. De ahí la formidable rima entre los dos baños de sangre de la película. En las duchas, Carrie aparece cubierta por su propia sangre cuando todavía desconoce su cuerpo; en el baile, los demás la cubren de sangre justo cuando empieza a apropiarse de él. La telequinesis surge casi como la exacerbación fantástica de esa pubertad en la que el cuerpo se transforma y una adolescente apenas comprende qué le está sucediendo.
Carrie no es el monstruo de esta historia, aunque todos acaben contemplándola como tal. Es una víctima atrapada entre una madre que le enseña a odiarse y una sociedad que la castiga por ser diferente. Incluso un niño que pasa en bicicleta le grita «¡bruja!». La palabra condensa un miedo antiquísimo ante una mujer, un cuerpo y un poder que no se comprenden y por ello resultan amenazadores. Que sea un niño quien la pronuncie sugiere además hasta qué punto esa mirada se aprende pronto. Carrie todavía no ha hecho nada y el mundo ya ha decidido qué es.
Cenicienta bajo el cubo de sangre
Y, sin embargo, De Palma le concede unos minutos de felicidad. El baile es la Cenicienta de Carrie: se ha confeccionado su vestido, Tommy la mira con ternura, baila, sonríe y por una noche deja de ser la chica de la que todos se burlan para convertirse en reina. Hasta los intentos de ayudarla tienen consecuencias trágicas. La profesora castiga a sus acosadoras y alimenta involuntariamente la venganza; Sue, arrepentida, le cede su cita con Tommy y acaba colocándola en el lugar exacto donde será humillada. El infierno también está empedrado de buenas intenciones.

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Ahí aparece el maestro que De Palma nunca ocultó. La sombra de Alfred Hitchcock atraviesa Carrie: el instituto se llama Bates High School; los golpes de cuerda de Pino Donaggio que acompañan la telequinesis remiten a los célebres staccatos de Bernard Herrmann en la ducha de Psicosis; y la cámara gira alrededor de Carrie y Tommy como había girado alrededor del beso de James Stewart y Kim Novak en Vértigo.
Pero Hitchcock está sobre todo en el suspense. Nosotros sabemos lo que Carrie ignora. Hemos visto preparar la trampa y conocemos el cubo que cuelga sobre su cabeza mientras ella vive quizá los únicos minutos genuinamente felices de su vida. De Palma puede prolongar ese pequeño cuento de hadas porque no esperamos descubrir qué ocurrirá: lo sabemos y sufrimos esperando que suceda. Un clásico construido sobre otros clásicos que acabaría, a su vez, siendo imitado durante medio siglo.
La víctima después de la muerte
Spacek parece hoy imposible de separar de Carrie, aunque De Palma no pensó inicialmente en ella y tuvo que luchar por el papel. El casting dejó además una deliciosa carambola cinéfila: De Palma y su amigo George Lucas preparaban simultáneamente Carrie y Star Wars y realizaron audiciones conjuntas.
La verdadera figura monstruosa es Margaret. Piper Laurie creyó al principio que sus delirios sobre sexo, pecado y condenación pertenecían a una comedia negra. Su muerte conserva algo de esa desmesura: atravesada por cuchillos como el San Sebastián que preside la casa, muere sonriendo, casi extasiada ante su propio martirio.
Carrie no obtiene semejante liberación. Después de matar a la mujer que la ha atormentado, todavía se abraza a ella antes de hacer caer la casa sobre ambas. No hay triunfo, sino autodestrucción. Y ni siquiera muerta escapa a la mirada ajena. La célebre mano que emerge de la tumba —Spacek insistió en rodar ella misma el plano— no es Carrie regresando: pertenece a la pesadilla de Sue. La víctima traumatizada se ha convertido en el trauma de otra mujer.
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La historia volvería en The Rage: Carrie 2 (Katt Shea, 1999), con Irving de nuevo como Sue; Carrie (David Carson, 2002), para televisión; y Carrie (Kimberly Peirce, 2013), con Chloë Grace Moretz y Julianne Moore. Hasta Carrie: The Musical, uno de los fracasos más legendarios de Broadway en 1988, acabaría convertido en objeto de culto.
Ahora Flanagan retoma el relato con Summer H. Howell y Samantha Sloyan. Con una diferencia inquietante: en 1976 Carrie podía al menos abandonar el instituto; hoy la humillación se graba, se comparte y la persigue en las redes. “Solo hace cuatro años que dejé el instituto –comenta la joven Summer en el festival de Sitges–. Es todo un viaje. Se te pide que te inventes un personaje, una imagen pública, cuando ni siquiera sabes quién eres tú misma. Para mí esa es la principal tragedia de la serie: las redes sociales. Los poderes de Carrie también dan miedo, pero al menos empiezan a parecerle emocionantes cuando aprende a manejarlos”.

Sitges cierra así el círculo con Amy Irving regresando a la película de su debut mientras una nueva actriz recoge el testigo de Spacek. Han cambiado las aulas, los teléfonos y las formas de ejercer la crueldad, pero no el miedo a quedar expuestos ante los demás. Nadie quiere ser Carrie, pero todos tememos serlo alguna vez: ser quien no encaja, quien recibe las miradas, quien siente vergüenza de su propio cuerpo. Carrie White no está sola. Cincuenta años después sigue recordándonos algo incómodo: hasta qué punto la mirada, los prejuicios y la crueldad de los demás pueden acabar construyendo aquello que después condenan.

Astrid Meseguer
Licenciada en Periodismo por la UAB. Redactora en la sección de Cultura especializada en cine

Aitziber Azpeitia
Periodista
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