Sofía Andrujóvich: “No hay que huir de las cicatrices”
Por Gemma Saura Barrera — Portada
Contenido solo para suscriptores Sofía Andrujóvich: “No hay que huir de las cicatrices”
Entrevista a la autora ucraniana
La autora ucraniana publica ‘Amadoca’, monumental novela sobre la memoria y el pasado más oscuro de su país

La escritora Sofía Andrujóvich, está viviendo esta semana en Vil·la Joana, en Vallvidrera
Mané Espinosa

Barcelona
15/10/2026 06:00 Actualizado 15/10/2026 06:08 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Un soldado herido en el Donbás despierta, desfigurado y amnésico, en un hospital de Kyiv. A su lado, una mujer dice ser su esposa. Así arranca Amadoca, monumental novela de la autora ucraniana Sofía Andrujóvich (Ivano-Frankivsk, 1982) que explora los capítulos más traumáticos de la historia de su país. Salamandra acaba de publicar, con traducción de Olga Korobenko, las dos primeras partes, La historia de Romana y Uliana.
Romana, archivista en la catedral de Santa Sofía, asegura que el soldado es Bogdán, su marido, y trata de devolverle la memoria con palabras y con una maleta de fotos familiares. Su relato retrocede hasta los años treinta, cuando Uliana, la abuela de Bogdán, se enamora de Pinjas, un chico judío, poco antes de que la ocupación nazi lo arrase todo.
“Existe el deseo de juzgar, pero en realidad nunca sabemos cómo actuaríamos”
“Es una novela sobre la memoria, sobre lo frágil e imprevisible que es la psique humana, sobre cómo recordamos los hechos traumáticos, cómo hablamos de ellos o por qué guardamos silencio”, resume la autora, que participa el sábado en Barcelona en la Bienal de Pensamiento del CCCB.
Fue a mitad de la escritura, mientras investigaba sobre los libros que podría haber leído Pinjas, cuando dio con el título. Amadoca es un lago que Herodoto describió y que los cartógrafos medievales dibujaron junto a ríos y pueblos que aún existen en el oeste de Ucrania, hasta que se esfumó de los mapas. “Me pareció una metáfora muy exacta de lo que intentaba transmitir”, cuenta. “No sé si importa que el lago existiera de verdad, o si importa más que existiera en la fantasía, en la conciencia y cultura de la gente”.
Tampoco el lector sabe nunca del todo si Romana dice la verdad, si engaña a los demás o a sí misma. Andrujóvich eligió una narradora poco fiable con toda la intención: “Rara vez tenemos un conocimiento del que podamos estar seguros al cien por cien, sobre todo cuando se trata del pasado y de la experiencia de otros”.
Bogdán confiesa que quizá no quiera recordar, por si en su vida anterior fue un criminal. En él, dice la autora, se reflejan historias reales de la Ucrania actual: soldados mutilados, traumatizados, con heridas en el cuerpo y en la mente. Pero la literatura permite otras capas. “Puede leerse como una metáfora de los ucranianos o de grupos de personas a los que se obligó a olvidar su historia. Y también como un juego con los papeles en la historia de Ucrania, cuando hubo quien colaboró con el régimen soviético o los nazis. Es una situación que se ha dado la vuelta: el victimario que pierde la memoria se convierte en víctima”.
“Ocultar el pasado solo ayuda a Putin”
El libro fue escrito dos años antes de la invasión a gran escala que lanzó Putin en 2022, con la promesa de desnazificar Ucrania. ¿No es arriesgado escribir sobre ucranianos que colaboraron con los nazis? Andrujóvich cree lo contrario. “Sentí que era una forma de contrarrestar sus manipulaciones. Cuando la gente oculta estas cosas por miedo, solo da oportunidades a los perpetradores y a políticas como las de Putin”. Los soviéticos, recuerda, tomaban hechos reales y los exageraban hasta hacerlos irreconocibles. “La única manera de librarnos de esas manipulaciones es ser sinceros, investigar, dar voz a las víctimas y a los testigos”.
Andrujóvich vive en Kyiv, donde caen drones día y noche. “Oyes las explosiones, ves el humo, ves las llamas, y al mismo tiempo la gente toma café, come en los restaurantes, va a museos y teatros, y la vida sigue. Es crucial para mantener la cordura y tener esperanza”. Al volver tras un tiempo en el extranjero, ella misma nota que se le hace insoportable y el miedo la paraliza. Hasta que vuelve a acostumbrarse.
Vasil, el padre de Uliana, ingresa en la policía auxiliar ucraniana y participa en las matanzas de los nazis mientras esconde a judíos. ¿Por qué colabora uno con un régimen sanguinario?, plantea el libro. ¿Por convicción? ¿Oportunismo? ¿Por venganza? Sin edulcorantes, sin ahorrarse escenas de gran dureza, Andrujóvich despliega una mirada empática sobre aquellas generaciones. “Existe el deseo de juzgar y de decir qué está bien y qué está mal, pero en realidad nunca sabemos cómo actuaríamos”.
Esa ambigüedad, reconoce, es hoy más difícil de sostener en un país en guerra. Mucha gente en Ucrania ya no percibe los matices que existían antes de la invasión. “Es algo que nos hace el sistema nervioso, una forma de defendernos de este estrés horrible, de los ataques constantes y del peligro”. Su esperanza son los intelectuales e historiadores, sobre todo jóvenes, que se niegan a simplificar. La guerra, sostiene, también ha ahondado procesos que ya estaban en marcha: la reflexión sobre la identidad, la historia y el imperialismo ruso. Y ha dado a la literatura ucraniana una atención en el resto del mundo que nunca tuvo.
En Amadoca casi todos llevan una cicatriz: Bogdán en la cara, Uliana en las muñecas, Romana una que la novela nunca termina de explicar. “Las cicatrices cuentan una historia complicada y dolorosa”, dice la autora. “Pueden derrumbarnos y convertirse para el resto de la vida en la señal de que nunca seremos felices, y ese puede ser el conocimiento que transmitamos a nuestros hijos. O pueden ser una fuente de fuerza y de empatía, porque todas se parecen y nos permiten entender a otro ser humano. No tenemos por qué huir de ellas”.

Gemma Saura
Escribe en A fondo, sección de reportajes e investigación. Anteriormente fue redactora en la sección Internacional (2006-2021). Licenciada en Periodismo y graduada en Estudios Internacionales por la UAB
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