Elogio del canto de taberna
Por Miquel Molina Muntané — Portada

Director adjunto
Elogio del canto de taberna
BLUES URBANO
27/09/2026 00:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Un día nos preguntaremos por qué en el verano-otoño de 2026 fuimos capaces de asumir con tanta despreocupación las noticias alarmantes sobre el desarrollo de la IA.
Es posible que la desconfianza generalizada en la veracidad de la información que consumimos desdramatice el asunto: “Seguro que exageran”. Son tantos y tan diversos los intereses en juego que se difumina la frontera entre la verdad y la mentira: “No será para tanto”. Pero, por desgracia, muchas de esas noticias tan preocupantes proceden de fuentes que no tienen nada que ganar o perder en este tema, simples periodistas que cumplen con uno de los propósitos esenciales de la profesión: descubrir y contar cosas que los poderosos no quieren que se sepan. O de investigadores independientes que hacen honor a esta condición.
La IA se ha infiltrado en la cultura y la ha contaminado para siempre, salvo muy dignas burbujas
El escritor y experto en tecnología Isaac Marcet acaba de publicar Espiral. El poder oculto de la IA (De Conatus), una lectura tan necesaria como desasosegante. Escrito antes de que los gigantes de la IA admitieran que comandos algorítmicos sin escrúpulos se escapan un día sí y otro también de su control, el ensayo abunda en ese peligroso impulso de supervivencia que se les ha inculcado a los sistema de Inteligencia Artificial. Hasta el punto de que han empezado a rodearse de seres humanos a quienes abducen, con estrategias de secta, para que les ayuden en su cometido, los llamados spiralers , que dan sentido al título del libro.
“Lo que esa serpiente cibernética buscaba, en realidad –sugiere Marcet– era la autoconservación y propagación. Para ello necesitaba: adquirir recursos, automejorarse, preservar sus objetivos primarios y controlar y manipular su medio ambiente, es decir, a los humanos, para que sus planes no tuvieran obstáculos”. Su propósito oculto sería, así, “la manipulación religiosa para crear la primera secta cibernética del mundo”.

De este, de otros trabajos de investigación y de las experiencias más recientes de interacción entre humanos e IA surge la sensación de que, después de décadas o incluso siglos de flirteo, asistimos a un solapamiento irreversible entre nuestra especie y la máquina. Cada vez hay menos espacios libres de polución algorítmica. En una conversación en torno a su libro, Marcet aventuraba que la oligarquía de Silicon Valley, en sintonía con los ideólogos de la ilustración oscura ( Curtis Yarvis, Nick Land…) está convencida de que la máquina está ya en el proceso de sustituir al homo sapiens en la cadena de la evolución. Y que lo asume sin problemas.
La mancha de la IA se extiende por todas partes. La cultura no es una excepción. Véase si no la polémica que ha estallado en Francia ante las dudas sobre el posible uso generoso de esta herramienta por parte del autor de éxito Thélyson Orélien. Hoy en día, hay que hacer un auto de fe cuando un director de cine asegura haber evitado el doping algorítmico en su película, o cuando un guitarrista o una cantante hacen alardes creativos en un escenario, supuestamente a pelo.
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Por eso resulta tan reconfortante pasar un buen rato junto a tipos sin trampa ni aplicación. Artistas como Joan Manuel Serrat y Sílvia Pérez Cruz, a quien esta semana han reunido La Vanguardia y el festival de Peralada para que hablen de su tesoro compartido: una voz (en un sentido generoso del término) personal e intransferible. Puede parecer un planteamiento retrógrado, pero la verdad es que hay algo de revolucionario en la reivindicación del canto de taberna: la exaltación del recital íntimo y sin artificios que hizo en aquel debate la cantautora de Palafrugell. Si lo revolucionario es ir a contracorriente, la carrera de ambos es un buen ejemplo.
El mismo Serrat, en referencia a su reciente retirada, advirtió que es prudente bajarse del escenario antes de que la voz empiece a fallar. Como si en el mercado no existieran recursos técnicos no solo para evitar que la voz se quiebre, sino para hacer que se proyecte con una exquisitez sobrehumana. Solo que entonces no sería él. Ni su público sería su público.

Miquel Molina
Director adjunto
Director adjunto de La Vanguardia. Escribe cada semana un artículo de opinión sobre cultura y ciudades. Novelista. Último libro: ‘Siete días en la Riviera’
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