Por Immaculada Monsó Fornell — Portada

Immaculada Monsó Fornell

Imma Monsó

Frankenstein en la charcutería 25/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Si hay un titular que sin duda merecerá el premio a la frase mediática del año (por enigmático y espeluznante) es el que hace unos días afirmaba, con distintos tiempos verbales según el medio, que la IA puede o podría matarnos e incluso que va a matarnos en un breve lapso de tiempo. En mi pueblo no se hablaba de otra cosa. Pero lo que más me im­pactó fue ver triste al charcutero, hombre alegre y dicharachero donde los haya.

LOU BENOIST / AFP

Su charcutería respira una luz limpia que ilumina con esplendor la opulencia cárnica y el surtido de quesos y legumbres tras los cristales: su vitalidad y su optimismo son inasequibles al desaliento. Ese día, sin embargo, la conversación sobre la IA asesina le oscureció el alma. El tiempo se detuvo, la atmósfera se hizo lúgubre y la cola, interminable.

Al charcutero, hombre alegre, la conversación sobre la IA asesina le oscureció el alma

Mientras esperaba, me pregunté por qué han tardado tanto en arrearnos la noticia con esa contundencia brutal. Digo “tardado” porque hace dos siglos, Mary Shelley (mucho antes de que Kubrick, en 2001 Una odisea del espacio, nos mostrara cuán rebelde puede ser una IA) nos explicó con solo dieciocho años qué ocurre cuando se juega a Dios: Frankenstein o el moderno Prometeo es el primer informe sobre los destrozos que el desarrollo tecnológico puede causar. Leído hoy, tiene su chispa: el objetivo del doctor Victor Frankenstein era idéntico al de las corporaciones tecnológicas actuales: crear una “criatura racional”. Solo que lo hizo a partir de pedacitos de cadáveres, mientras que la IA se alimenta de fragmentos de contenidos en red. Y ¿qué hizo Victor cuando vio la monstruosidad que había inventado? Repudiarla, arrepentirse y escaquearse huyendo por las estrechas calles de Ingolstadt para olvidar el desastre creado, vamos, lo que hacen ahora los creadores y programadores de la IA.

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Y un detalle que tener en cuenta: el monstruo no había nacido malvado; se convirtió en un criminal tras verse abandonado por su creador y rechazado por la sociedad, porque nadie le había inoculado ni valores éticos ni empatía.

Lo digo siempre: nada más instructivo que leer a los clásicos. La literatura de ficción siempre ha tenido la extraordinaria capacidad de anticipar los desastres. Capacidad que nosotros nos esforzamos en compensar con nuestro portentoso talento para llegar siempre tarde.

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