Por Use LahozPortada

Si me quieres, llévame la contraria

Líos modernos

Nos hemos vuelto muy exigentes con el amor: queremos que nos entiendan, que nos escuchen, que respeten nuestros límites y, a ser posible, que piensen exactamente como nosotros

En cuanto aparece el desacuerdo, sospechamos que nos hemos equivocado de persona. Quizá el problema sea que ya nadie quiere llevarse la contraria

El problema en las parejas es que quizás ya no se pelean

El problema en las parejas es que quizás ya no se pelean

Album / Granger, NYC

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18/09/2026 06:30 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial

Hace ya unos años una amiga llegó a casa una tarde y, al ver a su marido de espaldas en la cocina, verbalizó lo que llevaba tiempo conteniendo:

—Tenemos que dejarlo, no puedo más, esto se ha terminado.

El hombre se dio la vuelta y la miró con ojos de alivio. Antes de decir nada, sacó del armario dos copas que dispuso sobre la mesa; luego abrió la nevera, agarró una botella, la fue descorchando y, tras el estallido, empezó a servir:

—Por fin —dijo, entregándole una copa aún llena de burbujas—. No sabes cómo te lo agradezco, hay que celebrarlo.

Y tras el brindis y el primer trago, dejaron las copas en la mesa y acudieron al abrazo ante la mirada atónita de su hijo, que estaba haciendo los deberes.

Priya Parker sostiene que quizá deberíamos discutir más, pero, sobre todo, aprender a hacerlo mejor

A Priya Parker, facilitadora de resolución de conflictos y autora de varios libros sobre cómo nos relacionamos, le pasó algo similar. Cuando sus padres se separaron, lo que más sorprendió a ella y a quienes los conocían fue que nunca discutían. Aquella ausencia de conflicto terminó siendo para ella una revelación. Lo que desde fuera podía parecer una pareja que había aprendido a vivir en paz escondía otra cosa: una forma de evitarse, de no poner nada verdaderamente importante en juego, de esperar a que los problemas desaparecieran por sí solos.

Parker acabaría dedicando buena parte de su trabajo a entender esa paradoja. En su nuevo libro, The Art of Fighting: The Transformative Power of Conflict (El arte de pelear: el poder transformador del conflicto), sostiene que quizá deberíamos discutir más, pero, sobre todo, aprender a hacerlo mejor. Porque evitar las peleas no significa necesariamente vivir de manera armónica.

Hemos perdido tolerancia al roce. Abandonamos antes de afrontar.
Hemos perdido tolerancia al roce. Abandonamos antes de afrontar. DREAMWORKS PICTURES / Album

Hay parejas que no discuten porque se entienden extraordinariamente bien y otras que no discuten porque hace tiempo que han dejado de entenderse. Desde fuera, las dos pueden parecer igualmente tranquilas.

Si la pregunta es ¿deberíamos discutir con las personas que queremos?, Parker diría que sí. Aunque a mucha gente le aterroriza el conflicto, no necesariamente es algo malo. De hecho, sostiene Parker que es necesario si queremos construir relaciones estrechas y auténticas. Cuando se produce un momento de desencuentro con alguien, propone interpretarlo como una señal: “Damos por hecho que, si aumenta la tensión, algo va mal. Pero podemos cambiar la perspectiva: aquí hay algo relevante. Deberíamos prestar atención”, dice en el libro.

En una entrevista con The New York Times, Parker explica que aprendió muy pronto “que en la evasión se produce una gran pérdida”. En su familia, el conflicto se evitaba escondiendo la cabeza bajo el ala y esperando a que pasara. El problema es que esa paz aparente puede terminar siendo “una paz poco saludable”: si fingimos que el conflicto no existe, si lo guardamos bajo la alfombra, quizá consigamos evitar una conversación, pero también podemos terminar perdiendo la relación. “Como tenemos tanta aversión al conflicto, nos vamos antes de estar realmente dispuestos a involucrarnos”, explica.

El desacuerdo abierto y apasionado despeja las telarañas que se acumulan incluso en las relaciones más duraderas”

Ian Leslie

Vivimos en una época que ha convertido la tranquilidad en uno de los grandes indicadores de una relación sana. Hablamos de límites, de comunicación, de vínculos tóxicos y de red flags (banderas rojas); hemos aprendido a marcharnos en cuanto algo nos incomoda, mediante el ghosting y los bloqueos. Hemos perdido tolerancia al roce. Abandonamos antes de afrontar.

Ian Leslie planteaba algo parecido en Conflicted: How Productive Disagreements Lead to Better Outcomes (Conflictuados: cómo los desacuerdos productivos conducen a mejores resultados): “El desacuerdo abierto y apasionado despeja las telarañas que se acumulan incluso en las relaciones más duraderas”, escribe. El desacuerdo, sostiene, puede sacar a la luz información y perspectivas que de otro modo permanecerían escondidas y permitir que se desarrolle “todo el potencial creativo de la diversidad”.

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Discutir, por tanto, no solo puede servir para conservar una relación, también puede servir para pensar mejor. En una entrevista a Ian Leslie en el Financial Times conocí la historia de los legendarios hermanos Wright, Wilbur y Orville, pioneros de la aviación, que habían aprendido a convertir la discusión en una herramienta de trabajo. Su padre les enseñó no solo a discutir acaloradamente, sino también a cambiar de bando en mitad de una discusión y defender la posición contraria. Wilbur decía de Orville, con cariño, que era “un buen polemista”. No discutían para imponerse, sino para poner a prueba sus ideas. Se llevaban la contraria porque confiaban en algo fundamental: los motivos del otro.

Algo parecido plantea Suzanne Williams, experta internacional en negociación en casos de secuestro y toma de rehenes, entrevistada por Simon Usborne en The Guardian. Williams habla de “empatía táctica”: comprender la perspectiva del otro sin juzgarla y tratar de averiguar qué hay detrás de lo que está diciendo. No es lo mismo oír que escuchar. El mundo del otro no tiene por qué ser nuestro mundo.

Según Suzanne Williams la ira puede ser sincera, pero rara vez mejora un argumento
Según Suzanne Williams la ira puede ser sincera, pero rara vez mejora un argumento 20TH CENTURY FOX / Album

Parece una obviedad, pero quizá no lo sea tanto cuando discutimos con alguien a quien queremos. Una de las tentaciones de cualquier discusión es pensar que, si el otro nos conoce bien, si nos quiere de verdad, necesariamente debería llegar a nuestra misma conclusión.

Y no. La persona que tenemos delante no es una prolongación de nosotros mismos. Tiene una biografía que no conocemos del todo, una memoria que no compartimos y razones que quizá no nos gustan, pero que existen.

Williams da otro consejo que sirve tanto para negociar con un secuestrador como para discutir con alguien que duerme a nuestro lado: cuando el otro levanta la voz, hay que bajar la nuestra. La ira puede ser sincera, pero rara vez mejora un argumento.

Hace tiempo leí en alguna parte una definición del matrimonio que se me quedó grabada: casarse es elegir a alguien para sufrir juntos

Entre las reglas de oro que señala Simon Usborne para discutir bien, me gustan estas cuatro: No ataques a la gente con datos. Sé sexi. Sé curioso. Haz concesiones. Recuerdo ahora una viñeta publicada en The New Yorker en la que John Cuneo dibujaba a una pareja sentada con un perro entre ambos. El texto decía: “Vamos a estar de acuerdo en estar en desacuerdo en todo, salvo en el perro”.

Todo esto me lleva a pensar que quizá hemos entendido mal qué significa elegir a alguien. Hace tiempo leí en alguna parte una definición del matrimonio que se me quedó grabada: casarse es elegir a alguien para sufrir juntos. No es una frase que sirva de encabezamiento para una invitación de boda ni que vaya a mejorar las ventas de vestidos de novia, pero quizá haya algo de verdad en ella. Elegir a alguien es elegir todo aquello que no aparece durante el enamoramiento.

No se puede tener una relación para estar tranquilos
No se puede tener una relación para estar tranquilos Getty Images

El año pasado, un amigo quedó con uno chico con el que llevaba tiempo viéndose a distancia (lo que quiere decir que, al verse, solo mostraban su mejor cara). Él vino a verlo, comieron juntos y luego se fue a hacer cosas de trabajo. Lo citó de nuevo a las seis de la tarde en una terraza. El amigo llegó puntual. A las 18.30 recibió un mensaje en el que le decía que se retrasaba unos quince minutos. Él esperó y, media hora después, se fue a casa. A las ocho llamó el otro, muy contento, pero él le afeó que le hubiera hecho esperar dos horas. Días después el ofendido finiquitó el romance alegando que no le gustaban las maneras en las que se había dirigido a él. El pobre amigo estuvo meses hundido, atravesado de culpa y de dolor, porque su reciente ex ni siquiera respondía a las disculpas. ¿Disculpas de qué?, se preguntarán ustedes… Pues sí, la ley del silencio es lo que tiene. Hay gente para la que en todo momento tienes que ser ejemplar, y esa gente es un peligro.

No sabemos discutir porque hemos empezado a interpretar cualquier incomodidad como una señal de que estamos con la persona equivocada. Tener una relación para estar tranquilo es como beber agua para emborracharte.

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Recuerdo, ay, aquel poema de Amalia Bautista, “Ida y vuelta”. Cuenta lo que sucede cuando vamos hacia el amor ardiendo y con una chispa de fuego en la mirada y lo que queda de nosotros cuando regresamos “marchitos, / rechazados, culpables / o simplemente absurdos… muy pálidos, muy fríos. / Con los ojos en blanco, más canas / y la cifra de leucocitos por las nubes…”, para terminar con tres palabras que resumen la vida: Pero seguimos yendo.

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