Por Jordi Nadal Hernández — Portada

Jordi Nadal Hernández

Jordi Nadal

Un mundo en un barrio 15/10/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Mi amigo Toni Segarra comentó en La Vanguardia una película de José Luis Guerin, Historias del buen valle, una obra de arte muy auténtica (“Detener el mundo”, Opinión, 13/VII/2026). El cine te puede emocionar, impresionar y enseñar muchísimo sobre vidas corrientes, que son extraordinarias. Es palpable el amor en la mirada y la escucha por unas personas y sus destinos, cruzados, que concretan la vida cotidiana de un barrio, enraizada en un pasado y llena de memoria y de deseos, no siempre cumplidos. Me enternece la mirada de una mujer italobrasileña y ver cómo ayuda a su marido, en creciente pérdida de memoria, a recordar todo aquello que arrastra su mente al olvido.

  
   LV

Inmigrantes y gente de esta tierra hablan del barrio barcelonés de Vallbona, configurando un mundo entero, no menor al de todo un continente. En lo pequeño está lo grande. Rilke lo sabía cuando nos recordaba que del mismo modo que lo grande es grande, lo pequeño no es pequeño.

El cine, cuando lleva a la pantalla vidas reales, te emociona, te empapa de destinos distintos, te recuerda cuánto tiene de arbitrario tu destino. Te hace una muesca en la mente, por la que pasa el aire ahora de un modo distinto. La mirada se ensancha, eres menos capaz de juzgar cuando miras y escuchas más y mejor, porque mirar y escuchar exige silencio. Callar y detenerse, dejar de ser uno mismo y abrirse a la porosidad de los otros.

Inmigrantes y gente de esta tierra hablan del barrio de Vallbona, configurando un mundo entero, no menor al de todo un continente

Españoles, catalanes, marroquíes, dominicanos, gitanos, hindúes, subsaharianos… todos viven y recuerdan sus raíces en esta tierra y en la que fue la suya. La pantalla huele a huerto, a edificios abandonados, a pasado lleno de esfuerzo, a ríos que son piscinas improvisadas, a planes urbanísticos, a trenes que deben modernizar las comunicaciones, con el coste inevitable de las heridas en el paisaje. El coste del progreso. Las personas recuerdan con música y baile a sus seres queridos, sus costumbres, la infancia, la vejez, las formas de viudedad, la compañía de la amistad, la tierra y los huertos, los brindis, los novios, el racismo, el cansancio, la ilusión y la esperanza de nuevas vidas en un lugar nuevo. La promesa de un sueño tras el esfuerzo.

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Jordi Nadal

Cae el tiempo sobre todos. A unos los acompaña, a otros los moldea, a otros los arrastra y a algunos los arrasa. Siempre presente el amor y la muerte. Y el barrio, la memoria, el deseo, la gloria, el juego, la pasión y la enorme estructura urbanística de la dignidad humana; cada uno agarrándose a la vida y a su espacio con la misma cabezonería que esos pinos de la Costa Brava que se resisten a ser derribados por el viento, el progreso, la edad y la desmemoria.

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