Tom Cruise se une a Iñárritu en ‘Digger’, una sorprendente antisátira política (y un probable suicidio artístico)
Por Alberto Corona — eldiario.es – Cultura

El director de ‘Birdman’ recurre a la última gran estrella de Hollywood para arremeter contra algo mucho más complejo que la clase política estadounidense
Fernando Trueba: “Si después de tener un éxito quieres hacer lo mismo por ver si haces más dinero, vete a la mierda, hazte banquero”
La sátira cinematográfica suele lidiar con dos pecados y hoy resulta especialmente fácil estudiarlos gracias a la afluencia que viene teniendo este subgénero en los últimos años. Desde que Bong Joon-ho ganara el Oscar con Parásitos (2019) han surgido a lo largo del mundo sofisticados ejercicios discursivos —pues tal es la columna vertebral de la sátira, la narración totalmente domesticada en pos de un ideario compacto—, tan capaces de conectar con la crítica como de que el gran público, de vez en cuando, también se sienta movido a opinar. Y entonces la conversación se decante por uno de estos dos pecados, condenando cualquier sátira a ser (felizmente) discutible.
El primer pecado es la equidistancia. Puestos a aplanar la ficción para emitir un mensaje —y que este mensaje parezca desafiante y resabiado, porque quien hace sátira es ante todo gente muy lista—, nada mejor que atizarle a varios bandos por igual, aceptando el peligro de que todo se reduzca a un cinismo medular (y, por tanto, decantando la balanza finalmente hacia el eje conservador). Pasó con Eddington o El triángulo de la tristeza. El segundo pecado es el que nos lleva a Digger. Es el de la obviedad. El que nos obligó, en las Navidades de 2021, a criticar la machacona seguridad en sí misma que exhibía No mires arriba de Adam McKay. Esa alerta subrayadísima de la letal combinación de estupidez humana y cambio climático, tachada de “obvia” o “ideológica” porque todos sabemos lo que hay, no necesitamos que nadie nos lo repita.
Lo sabemos, y no lo necesitamos, pero un lustro después la urgencia climática permanece imparable. Y siguen llegando las sátiras obvias, sátiras como Digger. Los esperpénticos tráilers han mostrado a Tom Cruise caracterizado como un magnate del petróleo anciano —si bien irónicamente cercano a la verdadera edad de la estrella, 64 añitos—, haciendo frente junto a élites políticas y económicas estadounidenses a una catástrofe medioambiental de la que es responsable. Digger Rockwell y sus contertulios son personajes muy caricaturizados, al estilo ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú. Solo que en 2026, bueno, tampoco se diferencian mucho de la clase política realmente existente.
Así que la suspicacia se mantiene. Lo grotesco del planteamiento de Digger, lo obvio, remite a cierta amarga frase de No Other Land, el documental dedicado al apartheid de Cisjordania acometido por el Estado de Israel. “La gente ve algo, se conmueve, ¿y luego qué?”, se preguntaba uno de los directores. Podría adaptarse esta pregunta a la cuestión de la sátira. “La gente ve algo, se ríe, se siente muy inteligente, ¿y luego qué?”. Y pasa lo mismo, que la respuesta es difusa (¿un Oscar a Mejor documental, quizá?). Esa respuesta es justo la que preocupa a Alejandro González Iñárritu.
Tom Cruise y los peligros del cine de autor
Digger no solucionará los problemas del mundo. Es decir, a poco que se vieran los tráilers —no se puede insistir lo suficiente en lo insoportables que son—, nadie en su sano juicio habría alumbrado esta esperanza, pero la cuestión es que no lo va a hacer en la misma medida que no lo hizo, el año pasado, Una batalla tras otra de Paul Thomas Anderson. Como Digger, fue la apuesta otoñal de Warner Bros. para el Oscar saltándose festivales europeos y, como Digger, parodiaba a la cúpula filofascista que hoy gobierna EEUU. Hubo quien se quejó de que ninguno de los acólitos de Trump, o del ICE, podrían sentirse molestos por esta réplica propia de dibujos animados.
Es lo que suele pasar. De forma análoga a cómo en nuestro país Torrente se burla de la ultraderecha con la complicidad de la ultraderecha, las cosas en EEUU alcanzan un punto en que el circo de Digger parece superfluo, incluso funcional al poder. Aunque podemos valorar el ingenio de Iñárritu fichando a un Cruise recién liberado de la saga Misión imposible y con inquietudes por volver al cine de autor —inquietudes que el inminente descalabro de Digger evaporará rápidamente, por eso ya se ha anunciado que a continuación hará una secuela de Días de trueno—, presto a jugar con su imagen mediática. Volviendo (no nos alejamos de PTA) al Frank que abanderaba la prehistoria del movimiento incel en Magnolia. Digger, en efecto, es una caricatura del hombre heterosexual.
Un reflejo deforme de Ethan Hunt y el propio Cruise, que en esta película coge pie a partir de un grueso destilado de la petromasculinidad. Este concepto lo teorizó Cara Daggett allá por 2018 y apunta a la afinidad del varón por los combustibles fósiles para preservar una imagen de poder hegemónico. Que puede concretarse en coches muy rápidos o, caso de Digger, en la obsesión fálica por perforar la tierra y extraer petróleo. Es en lo que se ha especializado el protagonista del filme, lo que justifica su arrogancia y negligencia, y no se trata de un retrato especialmente original. Todos los millonarios de hoy día, sin importar el gremio, tienen algo de Digger Rockwell.
No parece probable que Cruise vaya a ganar el Oscar
Podemos reconocer asimismo la única brizna de humanidad que matiza al personaje de Cruise: el absurdo empeño en mantener con vida a su gata Maggie, animal esquelético y agonizante al que los primeros minutos de Digger prestan una agotadora atención. ¿No es algo parecido a la obsesión que Javier Milei tiene por su perro muerto, Conan? Porque todo en la película funciona así. Todo es obvio y zafio, encadenando hipotéticos chistes a un ritmo atroz que convierten la primera media hora de Digger en una experiencia de delirante incomodidad, intensificando el desagrado hasta que algo sucede e Iñárritu enseña sus verdaderas cartas. Parece que… ¿esa era la idea?
No conviene detallar en qué consiste el giro —es una pena que la película vaya a ser tal fracaso porque la campaña promocional de Warner ha sido modélica—, aunque sí podemos dejar caer que Digger, finalmente, se parece más a trabajos previos de Iñárritu estilo Birdman o Bardo que a una sátira de Kubrick sobre la Guerra Fría. Lo que busca el director, con una gran audacia posibilitada por su condición de infiltrado mexicano en Hollywood —la locura de Digger solo se le podría haber ocurrido a un forastero—, es aferrarse a la estridente distancia que estas imágenes han conjurado frente a la audiencia, y pasar a cuestionar los mecanismos del tipo de ficción que creíamos estar presenciando. El resultado, por otra parte, tampoco mejora excesivamente desde entonces.
El corazón de la sátira
¿Cómo podría hacerlo? La propuesta de Iñárritu pasa primero por entregarnos la plasmación más estereotipada de un tipo de cine que debe considerar políticamente inútil —donde no solo irrita Cruise con largos discursos que parecen parodiar las escenas susceptibles de dar Oscars, sino también un John Goodman pasadísimo como presidente estadounidense—, para de forma progresiva cuestionar sus lógicas internas. Desvelando las imposturas y facilidades que tantos cineastas antes que él emplearon a lo grande. Como Iñárritu (pese a estos desvíos discursivos) comparte megalomanía con muchos de ellos, Digger sigue siendo irregular y excesiva de principio a fin, con un desarrollo narrativo de lo más caprichoso y un desnortado planteamiento escénico.
Igualmente, si se ponen en primer plano las intenciones y las estrategias que las envuelven, cuesta mucho no hallar en Digger una película valiosa, quizá bastante más que las propuestas de los Anderson, los Östlund y los McKay de turno. Porque Iñárritu, ahí donde lo vemos y sin mayor interés por adscribirse a sucesos de actualidad, se está proyectando con todo este distanciamiento kamikaze al proyecto marxista que inaugurara Bertolt Brecht hace un siglo, según el temor que le inspiraban las recompensas afectivas de la representación teatral. Brecht temía que los poderes consustanciales a la ficción —la inmersión, la empatía, la relajación, la diversión— disolvieran una vocación política que a su juicio debía guiar la lucha de clases e iluminar la emancipación humana.
Imagen promocional de ‘Digger’
Cambiando la obra dramática por la sátira nos hemos topado sistemáticamente con equivalencias, pruebas de que los temores de Brecht estaban plenamente fundados y de que el público era en efecto susceptible de ser despolitizado a través de la ficción. En este trasvase drama-sátira la empatía daría paso a la admiración estética por los trajes de los personajes de Succession y la diversión se transformaría en un sentimiento de superioridad ante espantajos monolíticos como Digger. Todo de cara a un conformismo final, el conformismo de los finales felices y las conclusiones categóricas.
Puesto que Digger se niega a todo esto, la propuesta es rigurosamente anticlimática, radicalmente antisatisfactoria. Iñárritu, con una actitud francamente admirable, se resigna a través de las sobreactuaciones y la música atronadora a no dejar contento a nadie, a expulsar a la gente, a negarles las cómodas catarsis de la ficción e incluso a reflexionar verbalmente sobre ello —la duda de si Digger se merece ser caricaturizado hasta este punto llega a formularse explícitamente— mientras afronta con resignación el precio de ponerse brechtiano con un medio (el cine y, aún peor, el cine de Hollywood que abandera su actor protagonista) que no podría ser menos afín al mismo.
El precio es, volvemos a ello, el fracaso. La incomprensión, la irritación. El aburrimiento, del que a medida que encadena vueltas de tuerca no llega a librarse Digger (incluso si decidimos reírle las gracias). Todo vale en pos de la gran conclusión a la que ha llegado Iñárritu tras unos cuantos años donde las crisis mundiales han compartido espacio con más sátiras que nunca. La conclusión es que, sean cuales sean sus pecados específicos, la sátira siempre va a ser un consuelo. Y con consuelo no vamos a ningún lado. No estamos yendo a ningún lado.
Fonte: eldiario.es – Cultura