Tercera Guerra Mundial de sangre transparente
Por Sandra Ruiz Moriana — Portada
Tercera Guerra Mundial de sangre transparente
La Mirada del Lector
El otro deja de ser alguien con quien discrepamos para convertirse, cada vez más, en alguien a quien derrotar

“El hombre que se sabe más débil que otro está más solo en el corazón de una ciudad que un hombre perdido en el desierto”.
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Barcelona
23/09/2026 05:45 Síguenos en Google
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En 1970, mucho antes de internet, las redes sociales, los algoritmos o los teléfonos inteligentes, el teórico canadiense de la comunicación Marshall McLuhan formuló una reflexión inquietantemente contemporánea: “La Tercera Guerra Mundial es una guerra de guerrillas informativa, sin distinción entre la participación militar y la civil”.
Más de medio siglo después, la pregunta quizá ya no sea únicamente cómo será una Tercera Guerra Mundial, sino si seríamos capaces de reconocerla si no se pareciera a las anteriores.
Durante siglos hemos aprendido a identificar la guerra por sus ejércitos, sus fronteras, sus asedios y su sangre. Pero las guerras no se libraban únicamente disparando. También había que desgastar al adversario: cortar suministros, quebrar su moral, difundir propaganda, generar miedo, dividir, aislar.
¿Qué ocurre cuando trasladamos esos mecanismos a nuestro presente? Quizás algunos campos de batalla ya no tengan trincheras. Quizás también estén en nuestros teléfonos, en nuestras economías, en nuestras conversaciones, en nuestros barrios y en nuestras escuelas.
Miedo. Ansiedad. Agotamiento. Aislamiento. Rabia. Desesperanza. La necesidad constante de posicionarnos, de pertenecer a un bando, de identificar a un culpable. El otro deja de ser alguien con quien discrepamos para convertirse, cada vez más, en alguien a quien derrotar.
Familias y amistades divididas. Sociedades polarizadas. Extremos que se retroalimentan. Individuos cada vez más conectados y, paradójicamente, más solos. Otros desisten: apagan, se desconectan, se esconden del ruido o se camuflan para seguir adelante. ¿Os suena? A veces parece que la historia se repite y seguimos sin aprender nada.
Y quizás, como planteaba McLuhan, una de las diferencias fundamentales sea precisamente esta: millones de personas participan en ese campo de batalla sin reconocerse como combatientes de ninguna guerra.
Hace siglos que conocemos la estrategia: dividir al adversario lo debilita. Divide et impera. Divide y vencerás. Quizás hayan cambiado las armas. Quizás hayan cambiado los campos de batalla. Quizás incluso haya cambiado la sangre. Una sangre que ya no siempre se tiñe de rojo, sino que se vuelve transparente: no la vemos correr, pero deja heridas. Heridas que no siempre se ven, pero que también duelen, y mucho.
Hace siglos que conocemos la estrategia: dividir al adversario lo debilita. Divide et impera. Divide y vencerás
Es como caminar por un bosque infinito, desorientados, sin saber muy bien hacia dónde avanzar, mientras nos cruzamos con otros tan perdidos y heridos como nosotros. Creemos entender lo que ocurre y, quizás, no entendemos nada. Personas que percibimos como extrañas, rivales o incluso enemigas, sin advertir que también intentan encontrar una salida.
Simone Weil escribió, en una Europa en guerra, que «el hombre que se sabe más débil que otro está más solo en el corazón de una ciudad que un hombre perdido en el desierto». Casi un siglo después, quizá convenga volver a preguntarnos quién es realmente el enemigo.
Porque quizás el mayor peligro no sea únicamente no saber contra quién luchamos, sino terminar creyendo que el enemigo es quien camina perdido a nuestro lado. Y entonces, una estrategia tan antigua como la propia guerra habrá vuelto a funcionar.
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