Sol no afloja y se prepara para resistir hasta la huelga general: “Estamos motivados y cada vez más organizados”
Por Ángela Torres Riera — eldiario.es – eldiario.es

Algunos asentados se unen a la manifestación por Palestina convocada en Atocha mientras continúa la resistencia frente a la Asamblea de Madrid a la espera de una interrupción colectiva de la actividad laboral como herramienta de protesta
Historia de una plaza blindada que se tomó en dos días: “Acampar en Sol fue algo más espontáneo de lo que se cree”
Las voces de Iker y Aleix se dejan entrever entre el jaleo de Sol. Pero la conversación íntima que mantienen contiene el mismo aliento que el del resto de la plaza y del territorio nacional. La rabia y la desesperación se han vertido en las calles este fin de semana inmediatamente después de que el Congreso de los Diputados tumbara los dos decretos Maricarmen que contemplaban medidas urgentes para blindar desahucios o renovar automáticamente contratos de alquiler. Lejos del abatimiento, el kilómetro cero aúlla por una huelga general y resiste ante amenazas ultra, posibles tambores de desalojo y una organización efectiva para seguir funcionando en su día a día mientras pelean por los derechos sociales del país.
“Estamos motivados y cada vez más organizados”, explica Mireia, de 23 años, ante la espera —de por lo menos dos semanas— que supondrá la convocatoria oficial de la huelga, prevista para el próximo 14 de octubre. Las manifestaciones por la vivienda se replicaron ayer sábado en 54 ciudades diferentes de España y continúan este domingo en Almería, Córdoba, Gijón, Salamanca o Murcia. “Al final, esto no se centra en Madrid, sino que se extiende a todo el Estado y que cada región luche por su territorio demuestra que la lucha no está centralizada”, sigue la joven.
La estatua del Oso y el Madroño, vallada para su protección y rodeada de pancartas reivindicativas.
En la capital, más de medio millón de personas —70.000 según la Delegación del Gobierno— desembocaron este sábado frente a Cibeles para pedir, de la mano del Sindicato de Inquilinas, esta interrupción colectiva de la actividad laboral a modo de protesta. Este domingo, algunos de los asentados se han sumado a la concentración por Palestina convocada en Atocha mientras otros continúan resistiendo frente a la Real Casa de Correos de Madrid, símbolo del gobierno de Ayuso; la petición de huelga ya es inminente. “Era hora de salir a las calles”, valora Carmen, que lleva años protestando por la situación en Gaza, incluso antes del Genocidio perpetrado por Israel: “Hasta ahora, siempre que íbamos a manifestaciones, pensábamos que solo éramos cuatro personas mayores, pero por fin los jóvenes han sentido también la necesidad”.
El camino “real” hacia la huelga general
“Continuamos esperanzados, sobre todo después de la noche de ayer [por el sábado]. Se va notando el desconcierto porque no sabemos cómo va a evolucionar todo esto, pero seguimos hablando, haciendo asambleas y acudiendo a ellas. No nos queremos mover hasta que haya una respuesta clara y que ayude a la situación actual”, expresa contundente Lucía, de 22 años. Esta perseverancia y las réplicas en diferentes ciudades constituyen el camino “real” hacia una inactividad laboral que consiga ejercer presión porque involucra “a todo el país”.
“Los sentimientos individuales de lucha nunca han llegado a ningún lado. Tienen que sentirse en todas las clases y en todos los sitios”, releva Guillermo, otro de los acampados. Uno de los denominadores comunes es la pertenencia a una clase trabajadora hasta el momento aparentemente fragmentada. “No somos cuatro gatos —que no lo somos, cada vez hay más gente— y aunque tengamos que resistir un mes, estamos lo suficientemente organizados para repartirnos el trabajo y llegar a lo que queremos: una huelga general y un cambio en la legislación en materia habitacional”, determina su compañera Mireia.
Mireia y Guillermo llevan una semana acampando y se sienten “motivados” para continuar hasta la huelga general.
Sobre una posible coalición de izquierdas de cara a unos comicios que aún se desconoce si Pedro Sánchez va a adelantar, se muestran suspicaces: “No tenemos confianza en que se vaya a lograr nada —se acaban de tumbar dos decretos—, la lucha es en las calles y con los trabajadores organizándose”, claman con los “pelos de punta” sorprendidos aún porque se haya dado un movimiento social de estas magnitudes. A 30 de septiembre, la acampada en Sol ascendía a 1.248 tiendas de campaña, según datos del Sindicato de Inquilinas.
Entre la ayuda y la amenaza ultra
Cada día, los asentados viven cómo la gente se acerca, les aplaude y les ofrece todo tipo de ayuda incluso a las cinco de la madrugada, durante los turnos que hacen de noche para vigilar. Entre ellos está Eduardo, que viaja desde Chile y se arrima a ellos para mostrarles su orgullo. Pertenece a la acción social de su país, donde lamenta que el ultraderechista Juan Antonio Kast haya llegado a la presidencia y esté degradando los servicios públicos.
También hay momentos tensos. “Ha sido una noche movidita tras la concentración ayer de Núcleo Nacional. Menos mal que la Policía Nacional no les ha dejado pasar, pero hemos estado pendientes, en vilo. Queremos garantizar que es un movimiento pacífico”, explica Tigis (24 años). En primer lugar, para no perder la razón de protesta y en segundo, porque se trata de una zona concurrida por donde pasan familias con niños y turistas.
El sábado al caer la noche las luces de los furgones policiales centelleaban. Desde media tarde y ante la amenaza ultra se reforzó la protección del perímetro, especialmente el acceso desde la calle Alcalá, por donde afines de los grupos de ultraderecha Democracia Nacional y Núcleo Nacional pretendían intimidar a los acampados. Miles de personas se dispusieron en esa dirección sobre las ocho de la tarde bajo la consigna de: “No pasarán”. Horas después, a las once, los agentes detenían a tres personas que habían acudido a la concentración convocada por grupos ultraderechistas en la calle Montera, según informó la Delegación del Gobierno en Madrid.
“Tenemos que tener cuidado porque vienen a provocar y después de estar ocho días, estamos tensos, pero eso nos perjudica, tenemos muy claro que no vamos a contribuir a la violencia”, señala Alba. Simultáneamente a la manifestación multitudinaria que había culminado horas antes en la glorieta de Cibeles, unas 3.000 personas —según los organizadores— hacían presión en Móstoles para aplazar el desalojo previsto para este martes 6 de octubre en el Centro Social Okupado Autogestionado La Casika, que seguirá abierto a sus vecinos después de que la Justicia lo haya pospuesto hasta nuevo aviso tras más de 15 años de litigios. Una muestra más del triunfo de la resistencia social, que ha despertado tras años de letargo.
Un mes de posible acampada
En Sol, calculan que les queda aproximadamente un mes para resistir hasta la huelga general e incluso después. Consideran la huelga “una herramienta, no un fin”, apunta Marta (25 años) y este tiempo, continúa Alba (22 años), seguirán “aguantando”: “Estamos muy enfadados, muy quemados”. Junto a ellas, se celebra a media mañana una de las asambleas diarias que culmina entre aplausos. Todo esto se hace para defender tanto el derecho a la vivienda como cualquier otro “derecho básico”, recalcan.
Hace ya más de una semana que se empezaron a instalar -de manera espontánea pero con la organización del Sindicato detrás- las primeras tiendas de campaña en el epicentro del territorio nacional. Junto a Aleix e Iker, los dos asentados que mantienen una conversación intensa sobre un diputado de Vox que aseguró que una familiar sufría el problema de la vivienda antes de votar en contra de los dos decretos, aparece un grupo con varias garrafas de agua.
Sol se ha convertido ya en un vecindario, con calles bautizadas —calle de los Claveles, plazoleta del Travelo—, tiendas de campaña con números asignados, basuras en puntos planificados y vigilancia perpetua. Estudian con la tablet desde el suelo frío cubierto solo por el nailon, compran conjuntamente lejía para limpiar las zonas comunes, se alternan para ir a casa a ducharse y se cubren durante las jornadas laborales. Cada mañana, al despertar, leen en un gran cartel escrito a mano: “El negocio de la vivienda asfixia nuestros barrios” y otras afirmaciones tan lapidarias como verídicas.
Vista general de las casi 1.300 tiendas de campaña frente al edificio con el emblemático cartel del ‘Tio Pepe’.
Por las lluvias, han levantado lonas con palos de escoba y cinta gruesa y sacado el agua que se metía en las barriadas improvisadas que presionan para que cambien las cosas. Se lee, en un cartel mojado, arrojado al suelo tras las protestas: ‘Se vende nuestro futuro y derechos’. Pero su abandono no es fruto del tedio. El entumecimiento de una generación ‘de cristal’ a la que se atribuía una sensibilidad exagerada ruge ahora para poder (ahora sí) construir una vida a partir del estudio y del trabajo.
“Estamos muy frustrados”, señala Lucía, que lleva más de una semana acampando y más de dos décadas teniendo una desarrollada sensibilidad por las causas injustas. Estudia de forma telemática Trabajo Social mientras convive con otra chica a la que conocía de antes, pero con la que no mantenía una amistad. Hasta ahora. Las personas que se marchan dejan su tienda para que otros puedan ocupar su lugar, por lo que el campamento no mengua, crece. “De hecho, a esta zona la llamamos de nueva construcción”, bromea la manifestante. Los apéndices más nuevos son los instalados dirigiéndose hacia la plaza de Callao y los cercanos a la calle Arenal.
“Aquí nos protegemos, se crea vínculo”, recalca Emilio. “Por la noche, vienen a veces personas de otras ideologías, borrachos, y nos increpan: que por qué tenemos bandera de Palestina. Algunos incluso levantan la mano [haciendo el saludo fascista]”, cuenta. Todos recuerdan que se trata de una lucha interseccional. Lía, una amiga suya, viene cada día al terminar de trabajar para ayudarles en lo que necesiten: “Es increíble que se organicen mejor aquí que el Ayuntamiento de Madrid en muchos años”, comenta indignada. Una de las palabras que más se repite estos días en las reivindicaciones es “vergüenza” por la inacción política e institucional. Casi ninguno de ellos tiene ya esperanza en estos motores.
Así lo manifestó también Alicia del Río, portavoz del Sindicato de Inquilinas tras la manifestación multitudinaria: “Enhorabuena a todos porque estamos haciendo historia en este país, hemos hecho más en ocho días que el Gobierno que se hace llamar progresista”.
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