Recuerdos muertos de la música en vivo
Por Miquel Molina Muntané — Portada

Director adjunto
Recuerdos muertos de la música en vivo
BLUES URBANO
18/10/2026 00:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
T yler the Creator es el artista elegido para la camiseta azulgrana del clásico del día 25. El artista de hiphop, que dejó en Barcelona un grato recuerdo tras su concierto en el Primavera Sound de 2022, es un personaje de claros y oscuros. Con un pasado poco ejemplar de letras misóginas y pasadas de vueltas, Tyler the Creator parece haber suavizado su mensaje. Pero hay algo que ha llamado especialmente la atención en sus apariciones recientes: su rechazo a que sus shows se conviertan en un mar de móviles.
El cantante ha pedido a veces a los fans que bajen sus dispositivos y que concentren su atención en lo que él ofrece desde el escenario. Durante una actuación en el festival californiano de Coachella, Tyler incluso contrató vallas publicitarias con la leyenda “Me encantaría ver todas vuestras caras y no la luz de vuestros móviles”.
Dos terceras partes de lo que grabamos en un concierto no llegaremos a verlo
¿Es su actitud un necesario ejercicio de resistencia o una causa perdida en estos tiempos en que la humanidad ha decidido vivir la vida a través de una pantalla? Lo cierto es que el uso exacerbado de móviles durante los conciertos perturba no solo la experiencia del artista, sino, también, la de los espectadores que quieren vivirla sin filtros y que para lograrlo se ven obligados a sortear un auténtico bosque de pantallas, cada vez más panorámicas.
De la dificultad de la empresa de Tyler da fe un informe reciente de Samsung que estima que el 77% de los asistentes hacen grabaciones en los conciertos, la mayoría para revivir la experiencia después. Lo más impactante es que solo el 31% de ese material es visionado alguna vez. Uno de los motivos de esa renuncia masiva causará sonrojo a más de uno: el 36% dejó de ver los vídeos porque se avergonzaba de escucharse a sí mismo desafinando de manera atroz mientras lo daba todo. ¡Y eso que la encuesta está hecha en Reino Unido, el país de Jarvis Cocker, Damon Albarn, PJ Harvey o Florence Welch, donde parece imposible cantar mal!

En fin. Usemos como referencia ese 77% de asistentes que inmortaliza los conciertos; añadamos la duración media de las grabaciones (según Samsung, doce minutos y medio) y pidamos a ChatGPT qué calcule cuál sería la magnitud de la tragedia en un concierto con 55.000 personas en el Estadi Olímpic de Barcelona. La IA de OpenAI responde que el total de grabaciones ocuparían nada menos que 52,94 terabytes (el equivalente de 10,6 millones de fotos; 10.588 películas o 26,5 millones de libros digitales). Estima el chat que el 70% iría a la nube, lo que significa que ese rastro externalizado ocuparía 37,06 terabytes, buena parte de ellos alojados en esos centros de datos que tanto irritan al territorio, desde Virginia hasta Ciudad del Cabo pasando por Zaragoza.
Son solo de estimaciones. La IA Copilot eleva la cifra a 150-250 terabytes por concierto por la creciente calidad de las imágenes. Pero, más allá de los datos concretos, el asunto no deja de conformar una imagen poética: nuestros recuerdos fragmentados de una noche de verano yacen abandonados a su suerte en las entrañas de colosales naves industriales ubicadas en tierra de nadie. Montañas de basura que nadie tiene que ver ni oler. Detritos emocionales para el estudio de futuras civilizaciones a las que, probablemente, se las traerá al pairo averiguar en qué perdíamos el tiempo mientras la vida en el planeta empeoraban sin remisión. O peor: retazos de memoria muerta preservados con el agua y la electricidad que no tenemos.
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Y así seguíamos. Colgando en grupos de WhatsApp la canción de nuestra vida.

Miquel Molina
Director adjunto
Director adjunto de La Vanguardia. Escribe cada semana un artículo de opinión sobre cultura y ciudades. Novelista. Último libro: ‘Siete días en la Riviera’
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