Nuestros viejos
Por Joan-Pere Viladecans Lozano — Portada

Pintor
Nuestros viejos 27/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Pasa el verano dejando cielo, tierra y mares acuchillados de catástrofes. Guerras, muertos, hambre… y todos más viejos. Litros de tinta negra, polvos color de golondrina para un mundo enlutado por el apetito estival de la parca. Algo que fue y algo que no volverá a ser. Y sí, todos más viejos. Incluso los jóvenes, aunque ellos no lo crean, también envejecen. Miramos a un niño e intentamos imaginar cómo será de adulto. O como mirando a un viejo o una vieja querríamos verlos jugar de antiguo, con otros niños. Con su inocencia. Y sus proyectos. Con sus planes y con su biografía aún por escribir.
Hacerse viejo parece que hoy en día tiene un cierto prestigio, una cierta buena prensa. Pero no estoy seguro de que, tomados los mayores de uno en uno y no como colectivo, la consideración y el trato individual sea el mismo. No sé. La vejez es una larga despedida.

Escuché de un sabio que decía algo parecido a que lo que más le molestaba de envejecer era que el mundo siguiera sin él. La marginación a la que se ven sometidos algunos mayores puede ser insoportable. Pobreza y soledad. Miradas tristes. En el insaciable oleaje de las modas y los temas sociales, la vejez, la tercera edad, los años dorados, la ancianidad… parece que están muy presentes, son un tema como el edadismo y otras lindezas. Por descontado que la sociedad prioriza lo joven, pero el mercado ha encontrado en la gente mayor, y en unas sociedades cada vez más longevas, grandes posibilidades de negocio. Pongamos por caso: bancos, cajas, ofertas culturales, viajes, cosmética, tratamientos antienvejecimiento, ropa, gimnasios y servicios clínicos especializados. “Todo para la edad dorada”. Pero…
Una sociedad bien estructurada y culta entenderá que nuestros viejos son nuestro principal patrimonio
Al parecer lo que tiene algo que ver con la vejez lleva a la melancolía. Y a un permanente estado de observación interior. A la lucha contra el tiempo, contra el reloj acusador y el espejo impertinente. Pero una sociedad bien estructurada y culta y, por lo tanto sensible y humanizada, entenderá que nuestros viejos son nuestro principal patrimonio. Y el botín de la memoria colectiva, también la individual en su condición de abuelos, tíos y padrinos. El hilo conductor, el referente, la caja negra de nuestra historia, de nuestros naufragios y alegrías. De nuestro sino. La vida ya vivida, o casi, donde aprender. La angustia por sobrevivir. El esfuerzo que nos hizo posibles.

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Joan-Pere Viladecans
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