No nos cambió el eclipse
Por David Uclés — Portada

Escritor
No nos cambió el eclipse
LOS DÍAS AFUERA
12/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
No os puedo mentir: albergaba muchas esperanzas de que se produjera un cambio sustancial en nosotros tras el eclipse, pues sospecho que solo una fuerza ajena a nuestras dinámicas podría cambiarnos como sociedad. Pero no ocurrió nada; tan solo se cumplió la vieja profecía mecaniana y, por una vez, hicimos todos algo a la vez. No le dio al Sol por compartirnos el porcentaje de share al día siguiente, pero con toda probabilidad superamos la audiencia de todos los Mundiales, Eurocopas y festivales de Eurovisión.
Ya os confesé que yo no miré el eclipse directamente, salvo de refilón. Me interesaba más observar alrededor y comprobar si el acontecimiento nos cambiaba. También es cierto que disfruto mirando hacia donde el resto no lo hace. Cuando fui a escuchar la quinta de Mahler al Palau, solo miré la bóveda invertida. Y siempre que voy a ver fuegos artificiales me centro en los rostros iluminados contemplando la pirotecnia.
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Antiguamente un eclipse solar anunciaba una guerra, pero hoy ya las tenemos por doquier
Sea como fuere, casi todos vimos el eclipse, frente a frente o en diferido. Al parecer, desde 1912 no se veía un eclipse total de Sol así en la Península. Más de cien años de espera para no haber sabido generar como individuos más que un recuerdo bonito. Esto me aflige profundamente. Quizás no nos cambió de raíz porque antiguamente un eclipse solar de estas características anunciaba una guerra, pero como hoy ya las tenemos por doquier… O la llegada de una epidemia, y como venimos de donde venimos… ¡O incluso la muerte de un rey! Y nosotros, que tenemos al emérito en Abu Dabi, ni sentimos ni padecemos.
Nos faltó magia. Lo único irreal fue que Bonnie Tyler muriera un mes antes. Me recordó a la muerte de Tejero un 25 de febrero. O al extraño caso del fallecimiento un 4 de julio de John Adams y Thomas Jefferson. Los animales, por el contrario, sí que cumplieron. Notaron la oscuridad y se echaron a dormir –no como yo, que me tomo siete gominolas de melatonina cada noche, superando un 600% la dosis diaria recomendada, y los ojos como platos.

Como yo ya intuía que era muy probable que no nos levantáramos al día siguiente con una nueva conciencia común, acudí a ver el Ecce homo de Cecilia, en Borja, aprovechando el viaje hasta las faldas del monte Moncayo para ver el eclipse. Menuda pieza universal de arte. Me quedé mirándola fijamente con la intención de que se me quedara grabada en la retina y luego proyectara esa divina cara en todo el mundo, como en el póster de Cómo ser John Malkovich o en el de la décima temporada de Curb your enthusiasm. Pero tampoco ocurrió.
Como de aquí a que todos nos muramos solo nos quedan uno o dos eclipses similares, dependiendo de nuestra edad, propongo que el artista chino Cai Guo-qiang, a quien tuve el gusto de conocer en el festival de literatura de Oporto Babell, provoque un eclipse de Sol con drones cada cinco años. No creo que notemos la diferencia. Y así evitamos que todas las mujeres embarazadas tengan hijos con labios leporinos o que se extinga una civilización entera. Total, lo mismo nos vale un píxel que un haz de sol.
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