Micelio: los hongos de Estonia como metáfora de comunidad y conexión
Por Alberto Piernas — Portada

Alberto Piernas
Micelio: los hongos de Estonia como metáfora de comunidad y conexión
Serendipias
15/10/2026 07:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Escribió una vez el poeta y ensayista Gary Snyder: “Parece evidente que hay por todo el mundo ciertas fuerzas que han trabajado a lo largo de la historia hacia un estado de cosas cultural y ecológicamente iluminado […] taoístas, biólogos, brujas, yoguis, bhikkus, chamanes […] la lista es larga.”
Quizás a estas personas podríamos sumar las comunidades que hoy conviven entre tupidos bosques de pinos y abedules a orillas del lago Peipsi, situado al este de Estonia y fronterizo con Rusia.
A orillas del lago Peipsi la vida tranquila gira en torno a los canastos de manzanas frescas y las hojas de tilo para preparar un té
Me lo sugiere Viktoria Berezina, una artista desplazada por la guerra de Ucrania que fundó la galería de arte KolkjART Gallery en pleno bosque, tras vivir en un pequeño apartamento de la ciudad de Tartu que, según ella, era como vivir en un capullo. Por suerte, Viktoria encontró donde florecer entre instalaciones psicodélicas, arte urbano y una casa que sirve de refugio para artistas repartidos por todo el norte de Europa. Todo ello, envuelto en esos verdes tan propios de este vergel casi inhóspito.
“Desde el principio hemos querido crear un lugar especial al que la gente pueda venir, quedarse, relajarse, estar cerca de la naturaleza y disfrutar del arte. Y hoy hemos organizado la exposición Mycelium, una muestra estonio-ucraniana”, cuenta Viktoria, mientras los hongos brotan de los troncos, del abrevadero, de los lugares más insospechados.

Micelio es el nombre con el que se conoce al sistema de conexiones subterráneas de los hongos, que crece sin que la superficie sea aún del todo consciente.
Y es que la micología, más allá de las coloridas estampas otoñales, de su sabor e incluso de los tópicos sobre sus efectos alucinógenos, regala una bella metáfora sobre todos esos artistas, creadores y pensadores que, en diferentes lugares del planeta, tejen una red de conexiones. Diálogos que nacen de la inquietud artística, pero también del anhelo de un mundo mejor en tiempos de desplazamiento, resiliencia e incertidumbre.
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Ese espíritu flota por toda la orilla estonia del lago Peipsi y su conexión con distintos microuniversos. Lo descubro en las granjas de Kolkja, epicentro de los llamados Viejos Creyentes, una comunidad que decidió desvincularse de la iglesia ortodoxa rusa hace casi cuatrocientos años para vivir estrechamente vinculada a la histórica ruta de la cebolla. Una vida tranquila que sigue girando en torno a los canastos de manzanas frescas y las hojas de tilo, con el que se prepara un delicioso té.
Todo parece conectarse: un ciervo a lo lejos al que nadie mira, hojas de colores sobre un cuaderno olvidado bajo la lluvia, en una mesa rodeada de hongos. Ese tejido invisible de comunicaciones y contextos que nace en el subsuelo, buscando su lugar en el mundo.
En este caso, a orillas de un lago donde cerrar los ojos y escuchar las olas y los pájaros mientras, bajo tierra, algo sigue creciendo. Solo entonces, nos despedimos con un abrazo y abandono la galería. En el bolsillo llevo una postal que utilizaré en uno de mis talleres de escritura. Viktoria ha escrito en el reverso “¿Cómo harías el mundo florecer?”
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