Los noventa, los años audaces
Por Francisco Rafael Lozano Morlesin — Portada
Los noventa, los años audaces
Exposición
Quien los vivió lo sabe: en los noventa volvimos a creer que era posible cambiar el mundo. Y Londres acogió una efervescencia de moda y arte que ahora recoge una muestra en la Tate Britain
Ampliar‘Young Pink Kate’, Londres, 1998. Kate Moss se convirtió en el modelo físico de la época: aniñada, frágil, descarada y extremadamente natural
Juergen Teller

18/10/2026 06:40 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Cayó el muro de Berlín justo a tiempo para dar la bienvenida a la década de 1990, que en Europa nació libre, optimista y audaz, pero también contradictoria. El fin de la guerra fría trajo una ola de confianza en el futuro, con sus oportunidades y sus desafíos. Y ningún otro lugar vivió esa atmósfera con la intensidad de Londres. Allí, una joven hornada de diseñadores de moda y artistas de todos los ámbitos mezclaron sus intereses, sus ambiciones y sus vidas en un magma creativo en el que ahora indaga la nueva exposición de la Tate Britain, The 90s, art & fashion (Los años noventa, arte y moda; hasta el 14 de febrero).
AmpliarLa sociedad británica cambió radicalmente durante esa década. El país la inició intentando resurgir de la crisis que había provocado la política de reconversión industrial y privatizaciones de Margaret Thatcher y la cerró creyendo en el optimismo modernizador del New Labour. La globalización avanzaba, los medios de comunicación cambiaban y se diversificaban, comenzaba la digitalización generalizada y la sociedad mantenía un alto grado de racismo estructural y machismo, mientras las clases tradicionales eran sustituidas por otras igual de rígidas marcadas por la riqueza y el estatus. Pese a ello, crecía la diversidad, nutrida por la inmigración caribeña, asiática y africana, y subían de frecuencia los debates sobre los derechos de las mujeres y la comunidad LGTB y la validez del modelo clásico de familia.
La música de fondo de esa sociedad era el sufrimiento acumulado tras las duras medidas económicas que aplicó el thatcherismo en la década anterior para intentar pasar de un modelo apoyado en una industria desfasada a otro de servicios y comercio. Películas como Riff-Raff de Ken Loach o la archifamosa The full monty de Peter Cattaneo mostraron como esas políticas descompusieron comunidades que durante décadas habían forjado su identidad en las grandes industrias que alojaban —minas, siderurgia, construcción naval…— y perdieron su razón de ser, pobladas por individuos que intentaban reformularse, a menudo sin éxito. El sida, las drogas y el alcoholismo eran los otros ingredientes de un cóctel difícil de tragar.
La música de fondo de esa sociedad era el sufrimiento acumulado tras las duras medidas económicas que aplicó el thatcherismo en la década anterior
Y, sin embargo, el país mostraba una imagen creativa, moderna, sexy. Además de que en todo Occidente la juventud se balanceaba con los ritmos britpop de Oasis, Pulp, Blur y Spice Girls, la clave fue que, contra esa dura realidad, o quizás gracias a ella, surgió una revolución cultural que en su apogeo recibió el nombre de Cool Britannia y alcanzó un notable peso económico y político. La impulsaron y gestionaron creadores jóvenes que asumieron que la precaria situación económica les forzaba a actuar por su cuenta y adoptaron el principio del ‘do it yourself’, hazlo tú mismo. Y, más importante, dejaron de limitarse a observar la transformación social para empezar a actuar en ella.
En los clubs de acid house y en las raves, en los vernissages y los desfiles de moda, sobre todo en Londres, pero también en Manchester o Glasgow, los creadores de diversos ámbitos se mezclaban y compartían inquietudes que cada cual llevaba luego a su propio lenguaje: si los Young British Artists expresaban la incertidumbre de la crisis industrial mediante el uso de objetos cotidianos, los diseñadores lo hacían mezclando el atuendo diario con la alta costura; el individualismo de las obras de Tracey Emin se convertía en un interés por anunciar la identidad propia con estilismos originales; la moda entendida como un espectáculo de la sociedad de consumo tiene su versión plástica en los tiburones en formol de Damien Hirst; los debates sobre poscolonialismo e identidad nacional que expresan las obras de Chris Ofili o Yinka Shonibare se hubieran podido vestir de Alexander McQueen o de Vivienne Westwood, cuyas creaciones daban también respuesta a los cuestionamientos de género que expresaban Emin o Sarah Lucas…
AmpliarUnos y otros, artistas y diseñadores, pero también fotógrafos, publicistas, músicos…, entendieron que su labor ya no trataba tan solo de reproducir la sociedad o la realidad, sino que podía centrarse en su identidad —su sexo, su origen físico o social, su historia— para expresar conflictos universales. El genial Steve McQueen llevaba a sus obras una indagación sobre qué representa mirar lo que la sociedad prefiere ignorar. La provocación se convirtió en una herramienta para poner en la cara de la sociedad sus más violentas contradicciones. Y una de ellas, y no la menor, era que aquella Cool Britannia sexy y brillante se alimentaba de todos los conflictos que estaba intentando superar.
El universo de la moda era sacudido por personalidades como Vivienne Westwood, John Galliano y Alexander McQueen, cuyas creaciones tenían tanto de alta costura como de rebeldía, emoción y denuncia, trabajando en un registro novedoso y mostrándose en desfiles con una gran carga de teatralidad. Sin desmerecer el imprescindible papel de enlace de Westwood con las generaciones previas, el punk y el new wave, probablemente sea McQueen el máximo exponente de este momento, con su conexión impecable de moda, identidad y violencia y su aprovechamiento de la espectacularidad expositiva.
Vivienne Westwood, John Galliano o Alexander McQueen sacudían la moda con creaciones que tenían tanto de alta costura como de rebeldía, emoción y denuncia
Mientras, la imagen de la moda asimilaba conceptos derivados de la crisis que ya estaban en la fotografía artística, y sus enfoques de producción incorporaban una realidad cruda y cotidiana, una estética antimoda que se dio en llamar grunge: luz natural, estilo desenfadado y nula distancia entre la vida cotidiana y la forma como se presentaban las piezas. En ese contexto surgió la imagen icónica de Kate Moss, que, con apenas 16 años y una imagen aniñada y frágil, derribó el estereotipo de las modelos atléticas y llenas de glamur que la habían precedido. Su vulnerabilidad triunfante dio pie a una demanda de modelos ultradelgados que en ocasiones sugerían incluso trastornos de drogadicción o alcoholismo y que desencadenaron una epidemia de trastornos alimentarios.

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Todo esto contiene la exposición de la Tate en un recorrido por más de cien obras —fotografía, pintura, escultura, instalaciones, vídeo, alta costura…— de más de setenta creadores. Y el muy recomendable catálogo que ha editado la Tate, diseñado al estilo de las revistas de aquellos años, reúne la presencia de un buen número de protagonistas y testigos de la época. Un universo creativo que muestra que quizá los noventa hubieran podido ser los nuevos sesenta si no hubiera sido porque, al acabar la década, nos esperaban el fanatismo que estalló el 11-S del 2001 y la Gran Recesión, que aún hipoteca nuestras vidas. Quizás estamos necesitando otra revolución juvenil.
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