Los muertos tristes (★★★★✩) de Josep Maria Miró

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Por Juan Carlos Olivares — Portada

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TEATRO

‘El cadell’ en el TNC es un lugar vestido de luto, como una catalana ‘Bernarda Alba’

Una escena de 'El cadell' en el Teatre Nacional de Catalunya

Una escena de ‘El cadell’ en el Teatre Nacional de Catalunya

David Ruano/TNC

Juan Carlos Olivares

Juan Carlos Olivares

04/10/2026 16:34 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

El cadell ★★★★✩

Autoría y dirección: Josep Maria Miró

Intérpretes: Mercè Arànega, Lurdes Barba, Màrcia Cisteró, Roberto G. Alonso, Àurea Márquez, Alba Pujol, Rosa Renom, Marc Tarrida

Lugar y fecha: TNC (30/IX/2026)

Entre los autores que escriben sobre la muerte y los que lo hacen sobre los muertos, Josep Maria Miró pertenece a los segundos. También es el dramaturgo de los reaparecidos, esos visitantes disruptivos que él ha bautizado como “teorémicos” en homenaje a Pasolini. Sobre estas dos figuras ha sustentado sus últimos textos y ambas se reúnen en El cadell en un fantasmagórico y rural gineceo. Un lugar familiar para Miró, engullido por las sombras, apartado del movimiento de la Historia, gobernado por machos sin imaginación y hembras sin poder para expresarla. Entre la inmovilidad y la frustración del cambio, vigilada por guardianas de la sumisión. Lugar vestido de luto, como una catalana Bernarda Alba , con las puertas siempre abiertas a la desgracia. De nuevo oscuridad, como la que reina en su obra desde El cos més bonic …, y que Alejandro Andújar ha dado la forma de un minimalista mausoleo de piedra negra.

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La última estancia para un coro de mujeres que se presenta una a una ante el espectador con el aspecto del año de su muerte o evanescencia. Sólo los hombres que representa Marc Tarrida se escapan de esa imagen fijada en el momento de irse. Un texto además voluntariamente narrativo y atravesado por ríos y afluentes literarios. Emerge el Lorca del rictus implacable, las ánimas inquietas de Mariana Enriquez; la venganza descarnada de Jules Amédée Barbey d’Aurevilly, el sino de los abandonados de los cuentos de los hermanos Grimm y el tiempo y el espacio liminar de Allende, García Márquez, Rodoreda e Irene Solà. Y de todas esas corrientes y la atracción irrefrenable por el melodrama, emerge una fuerte voz propia que te arrastra por tres generaciones de silencios, renuncias y brutalidad.

Del texto emerge el Lorca del rictus implacable, las ánimas inquietas de Mariana Enriquez; la venganza descarnada de Jules Amédée Barbey d’Aurevilly

Vidas contadas en pasado presente, excepto el interludio-monólogo que el autor regala a Mercè Arànega. Aquí se impone el presente absoluto para que ella se luzca disertando sobre todo lo divino y mundano. Un torrente verborreico naturalista en una función que se caracteriza por la solemnidad pausada. Un momento de ruptura de estilo y tono para volver luego –bien ligado– a la dimensión fluida. Un monólogo que Arànega explota con todos sus conocidos recursos. De hecho, todas las actrices (Lurdes Barba, Màrcia Cisteró, Roberto G. Alonso, Àurea Márquez, Alba Pujol y Rosa Renom) se muestran muy fieles a sus propias maneras, como si el autor-director hubiera sacrificado cierta coherencia interpretativa por la dimensión simbólica de los personajes. Entre todas ellas destaca también Marc Tarrida, con un interesante recorrido por la masculinidad, del monolito obtuso a la abdicación consciente. Sobre este actor se observa el detalle de discreta calidad del vestuario de Albert Pascual: unas mangas arremangadas, unos botones abiertos y se expresan dos antagónicas maneras de leerse un cuerpo.

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