Léa Drucker, rigor dramático: “El cine es fácil; el teatro te remueve el ego”
Por Philipp Engel — Portada
Léa Drucker, rigor dramático: “El cine es fácil; el teatro te remueve el ego”
Entrevista
Lleva más de tres décadas actuando, pero los mejores papeles, como ‘La vida de una mujer’, le han llegado pasados los cuarenta

Léa Drucker protagoniza ‘La vida de una mujer’, película nominada a la Palma de Oro en el Festival de Cannes
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13/10/2026 06:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Se distingue por su dicción perfecta y su rigor dramático, a menudo preñado de humor. Léa Drucker (Caen, 1972) es la sobrina del presentador popular de la televisión gala Michel Drucker, pero a ella siempre le tiró más el cine, convirtiéndose en una de las actrices más precisas de Francia. Magazine estuvo con ella cuando presentó La vida de una mujer, que acaba de llegar a la cartelera. Esta película de Charline Bourgeois-Tacquet muestra cómo la existencia de una madura cirujana, que cree tener su vida controlada, puede llegar a tambalearse del todo cuando se enamora de otra mujer. El amor es imprevisible, a cualquier edad. Victoria Luengo, que está rodando con ella otro melodrama queer, nos la ha descrito como “una potencia absoluta”.
¿Ya tiene dos César en su estantería, y es habitual de Cannes. ¿Hasta qué punto es competitiva?
Intento no medirme con las demás. En Cannes me focalizo mucho en la película y en cómo se recibe, porque ahí las críticas generan mucha ansiedad: son las primeras y van a marcar el rumbo de la película. En el caso de La vida de una mujer quizás más, porque muestro aspectos muy íntimos, tanto en lo físico como en lo emocional. Pero no pienso tanto en la competición. De jovencita era muy competitiva porque quería ser patinadora profesional, aunque al final dejé de entrenar porque la competición era demasiado dura. Y eso que disfrutaba dando espectáculo en la pista de hielo; me gusta dar espectáculo.

¿Fue complicado el cambio a actriz?
Solo tenía trece años cuando dejé de patinar, y ya había desarrollado una pasión por la interpretación cuando iba al Lycée Molière. A los quince, ya tenía muy clara mi vocación: quería ser actriz. Con el teatro, me di cuenta de que podía insuflar vida a personajes de la literatura. Leía en voz alta en mi habitación y me gustaba hacerlo bien. Así me di cuenta de que podía ser mi profesión. Luego, mi padre, que es médico, también es muy cinéfilo y me llevaba al cine a partir de los cinco años, y no a ver películas infantiles, sino de arte y ensayo. Tenía una gran colección de libros de cine, y me fascinaban las fotos con los equipos de rodaje. El cine siempre me rondaba, y con el teatro cristalizó todo.
¿Su padre cinéfilo ejerce de crítico con sus películas?
Sí, algunas no le han gustado, y me explica por qué, pero no es lo más normal. El caso 137, Por el bien de Adam o El último verano le gustaron. Otras no, pero no le diré cuáles…
En el teatro, enseguida te enfrentas a aquello que no has hecho nunca”
En La vida de una mujer vuelve a vestir bata blanca. ¿Le viene también por su padre?
Me interesa el funcionariado. También me ha tocado ser policía. Mi madre era profesora, así que supongo que también me viene de ahí. Es mi manera de rendir homenaje a toda la gente que vela por nosotros. He conocido a muchos de ellos para preparar mis personajes, y veo las exigencias de estos trabajos. A veces se dan cruces curiosos: una agente de asuntos internos con la que me entrevisté para El caso 137 me dijo que descubrió su vocación viendo la serie Starsky y Hutch (risas).
Ha estado en más de 30 montajes teatrales. ¿Cómo lo combina con el cine?
Lo último fue La séparation, de Claude Simon, el año pasado. Me sigue apasionando el teatro, porque te permite revisitar tu manera de actuar y revaluarte. Te remueve mucho el ego. Te hace bien. En el cine, te cuidan mucho. En el teatro, enseguida te enfrentas a aquello que no has hecho nunca. Es extremadamente exigente. Es un poco como volver a barajar las cartas, te aprendes de nuevo. En cuanto a la agenda, lo más importante es saber colocarse pausas para respirar y vivir un poco la vida. Leer, ir a ver exposiciones, cosas inspiradoras. Luego también está que, en cine, contrariamente a lo que ocurría en el pasado, los papeles más importantes me han llegado pasados los cuarenta

Ha cambiado mucho el panorama para las actrices. En 35 años de carrera, ¿ha visto una evolución?
Sí, claro, aunque he de decir que, cuando era adolescente, ya había visto películas como Alicia ya no vive aquí (1974), de Martin Scorsese, protagonizada por una Ellen Burstyn de más de cuarenta años. Me encantó comprobar que era posible hacer una película sobre los problemas de una madre soltera. Por otro lado, cada vez hay más guionistas, productoras y seleccionadoras de festivales, por lo que hay más historias sobre mujeres. En cualquier caso, creo que es fantástico poder interpretar a una protagonista de cincuenta años, y mostrar su faceta profesional y familiar, además de la sensual.
En La vida de una mujer está usted felizmente casada y de repente se enamora de Mélanie Thierry.
Como diría Marivaux, es la sorpresa del amor. Gabrielle, mi personaje, es una cirujana, casada con un hombre al que ama y mantiene un control sobre todos los aspectos de su vida. Pero el amor, como la vida, es tan impredecible. Ella jamás se hubiera imaginado que se enamoraría de una mujer, hasta que aparece esta escritora lesbiana que asiste a su trabajo para documentarse. Es algo que el destino pone en su camino y que le resulta totalmente desconcertante. La lleva a bajar el ritmo, a querer tomarse su tiempo… Es algo hermoso de mostrar en una película: la idea de que podemos controlarlo todo cuando en realidad no es así. Para nada.

Gabrielle tiene muchos frentes abiertos, entre ellos la menopausia, y al mismo tiempo está redescubriendo el sexo. Tampoco es algo que se vea mucho antes en el cine. ¿Ha llegado el momento de mostrarlo?
Claro, porque llega un punto de la vida de una mujer en el que una se dice “aquí acaba algo”, pero la vida amorosa sigue y eso es algo esencial. Antes no se hablaba de esto, porque en el cine impera la imagen y, en Hollywood, cuando pasabas de los 35 años… Lo cierto es que las escenas íntimas fueron las más difíciles, mostrar el deseo es algo que sigue asustando, mostrar el cuerpo. Tienes que confiar mucho en la película y en tu compañera. Las dos queríamos sentirnos seguras con lo que estábamos haciendo.
Gabrielle trabaja reconstruyendo rostros. En su caso, como actriz, un mismo rostro puede ser el de muchas personas.
Es verdad que, cuando llevo tiempo metida en el personaje, llega un punto en el que te conviertes en esa persona. Igualmente, Gabrielle también tiene mucho de mí: el ritmo, la forma de hablar, algo en su sentido del humor y en la autoridad que se desprende de ella, o que intenta aparentar.
¿Esta vez también quiso conocer a una cirujana?
Sí, fui al quirófano con ella para observar las operaciones durante un día. Solo un día. Hay que ser muy fuerte y muy valiente. También en el trato con los pacientes, cuando les anunciaba un diagnóstico grave lo hacía con una gran humanidad. Yo no sería capaz de hacer nada de todo eso, pero me resulta muy gratificante fingir que tengo esa capacidad de reparar a las personas.

My favourite things
Un libro con el que haya disfrutado recientemente: El libro de Marc Weitzman sobre Philip Roth. Habla de la relación entre ambos, porque Weitzman era su traductor en Francia.
La música que escucha últimamente: Radiohead. Fui a verlos en concierto en Berlín, y no me los quito de la cabeza. Soy muy ecléctica, en otro momento me puedo poner Sly and the Familly Stone.
Un lugar para pasar las vacaciones: Nací en Normandía, y me gusta volver en verano. Una vez estuve en las Seychelles y me aburrí como una ostra.
Un deporte para estar en forma: Salgo a correr tres veces por semana. Me permite pensar y revisar mis guiones.
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