La sociedad acelerada
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La sociedad acelerada
La Mirada del Lector
No sorprende que hoy la calidad compita con la inmediatez y, con demasiada frecuencia, salga perdiendo

Un abarrotado cruce peatonal en el barrio tokiota de Shinjuku.
TOMML / GETTY IMAGES
Jordi Balada Farré
Barcelona
15/09/2026 05:50 Síguenos en Google
* El autor forma parte de la comunidad de lectores de La Vanguardia
Me he pasado gran parte de mi vida pensando que el esfuerzo consistía en hacer bien las cosas. En aprender, dedicar tiempo, revisar, equivocarme y volver a empezar hasta alcanzar un resultado del que pudiera sentirme satisfecho. Sin embargo, cada vez tengo más la sensación de que hemos cambiado el criterio. Ya no parece importar tanto hacer las cosas bien como hacerlas rápido. Hoy la calidad compite con la inmediatez y, con demasiada frecuencia, sale perdiendo.
Tampoco debería sorprendernos. Si tenemos hambre, existe la comida rápida. Si queremos una respuesta, la inteligencia artificial nos la ofrece en segundos. Si necesitamos un producto, esperamos que llegue mañana; cuarenta y ocho horas empiezan incluso a parecernos demasiado. Si queremos hablar con alguien, enviamos un mensaje y observamos cuánto tarda en contestar, especialmente si sabemos que está conectado. Esperar se ha convertido casi en una rara avis. Hemos construido un mundo capaz de reducir extraordinariamente los tiempos y, al mismo tiempo, hemos reducido nuestra tolerancia hacia todo aquello que todavía necesita tiempo.
La velocidad ha dejado de ser simplemente una ventaja para convertirse en una medida de valor. Ser eficiente parece significar hacer más cosas en menos tiempo. El problema es que cada minuto que conseguimos ahorrar rara vez se transforma en tiempo disponible. Terminamos antes una tarea para empezar antes la siguiente. La tecnología nos devuelve minutos y nosotros nos apresuramos a volver a ocuparlos.
Hemos construido un mundo capaz de reducir extraordinariamente los tiempos
Quizá por eso hemos normalizado la simultaneidad. Contestamos mensajes mientras comemos, escuchamos un pódcast mientras conducimos y miramos el teléfono mientras vemos una película. Los tiempos muertos, aquellos espacios en los que aparentemente no ocurría nada, empiezan a resultarnos incómodos. Hay que llenarlos con información, entretenimiento, trabajo o cualquier estímulo capaz de evitar la desagradable sensación de no estar aprovechando el tiempo.
Pero la inmediatez no solo ha cambiado nuestros hábitos. También está transformando nuestra percepción del mundo. Si todo puede obtenerse rápidamente, aquello que requiere tiempo corre el riesgo de parecernos ineficiente. Y hay muchas cosas importantes que continúan siendo necesariamente lentas: aprender, investigar, educar, crear, cuidar, construir confianza o tomar determinadas decisiones. Incluso pensar requiere tiempo.
Esa exigencia de inmediatez también ha alcanzado la esfera pública. Ante un acontecimiento internacional esperamos explicaciones casi al mismo tiempo que se producen los hechos. Reclamamos respuestas rápidas a gobiernos, instituciones y responsables políticos ante problemas económicos, sociales o geopolíticos cuya complejidad difícilmente admite soluciones inmediatas. Esperamos que los servicios públicos respondan de inmediato y que los servicios de emergencia lleguen con rapidez y actúen con eficacia. La rapidez es imprescindible cuando existe una emergencia; otra cosa es pretender que todos los problemas puedan comprenderse y solucionarse con la misma velocidad.
La rapidez es imprescindible cuando existe una emergencia; otra cosa es pretender que todos los problemas puedan comprenderse y solucionarse con la misma velocidad
La misma lógica alcanza al tejido productivo. Las organizaciones compiten por responder antes, producir más y reducir plazos. La productividad deja entonces de ser un medio y corre el riesgo de convertirse en un fin. Una empresa puede producir más informes sin tomar mejores decisiones, del mismo modo que una persona puede completar más tareas sin hacerlas mejor.
También nuestro bienestar queda atrapado en esa lógica. Hay que optimizar el sueño, preguntarse si renta el ocio, controlar el entrenamiento y aprovechar cada minuto. Hasta descansar parece necesitar una justificación: descansamos para recuperarnos y volver a rendir. Hemos interiorizado tanto la necesidad de productividad que detenernos puede hacernos sentir improductivos, como si no hacer nada durante un rato dejara una especie de pequeño vacío existencial.
Nunca antes habíamos dispuesto de tantas herramientas para ahorrar tiempo y, sin embargo, pocas veces hemos sentido tanta urgencia. Y quizá ahí se encuentre la paradoja: la aceleración afecta ya a nuestra atención, nuestras relaciones interpersonales, nuestras organizaciones, nuestras decisiones colectivas y nuestro bienestar.
Porque velocidad, eficiencia y progreso no son necesariamente sinónimos. Hacer más tampoco significa siempre avanzar. Si cada innovación que consigue ahorrarnos tiempo termina sirviendo únicamente para hacer todavía más cosas, quizá la pregunta ya no sea cuánto más podemos acelerar, sino algo bastante más incómodo: ¿hacia dónde tenemos tanta prisa por llegar?
* Jordi Balada Farré es policía con más de una década de experiencia profesional. Graduado en Psicología por la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y psicólogo colegiado en el Col·legi Oficial de Psicologia de Catalunya. Máster en Psicología Jurídica y en Dirección y Gestión de Recursos Humanos por la VIU, y máster en Seguridad Pública por la UNIR.

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