La política de la amistad
Por Llucia Ramis — Portada

La política de la amistad 18/10/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Cuando me pongo naif, pienso que lo único que podría salvar a los partidos ante las próximas elecciones sería evitar en sus listas a candidatos lastrados por su biografía. La memoria del votante es corta, pero no tanto, y sentir que acentuarás un más de lo mismo es poco estimulante; sobre todo, si el argumento principal es que la alternativa será mil veces peor y tú tendrás la culpa. Hacer campaña con candidatos inesperados provocaría un golpe de efecto que desarmaría la confrontación personalista. La hemeroteca no serviría de arma arrojadiza, y el debate tendría que centrarse en los temas que atañen a la sociedad, y no en las miserias individuales. Pero vaya, el juego es otro.

Lo pensaba a raíz del concepto política de la amistad, que el filósofo Byung-Chul Han defiende en Sin respeto. Una crisis social (Paidós/Edicions 62). El ensayo indaga en el declive de lo que ha sido fundamento de convivencia y cohesión, en un mundo donde imperan el narcisismo, la competitividad y la desinhibición digital. Cuando se pierde el respeto, la comunidad se desintegra y la solidaridad desaparece tras una lucha por conseguir estatus.
Cuando se pierde el respeto, la comunidad se desintegra y la solidaridad desaparece
La función de la vergüenza es reconocer que existen unas normas y unos ideales compartidos. Ahora la desvergüenza se interpreta como una forma de libertad, incluso para humillar a los demás. Esa humillación pública crea bandos, que replicarán con nuevos insultos. Uno puede sentirse fuerte si tiene el apoyo de muchos. Pero no hay comunicación, sino un intercambio de difamaciones y ofensas, a ver quién la suelta más gorda. La viralidad lleva esos mensajes a extremos irreversibles porque, aun siendo mentira, exigen respuesta (aunque sea para desmentirlos).

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Al deshumanizar al otro, se pierde el respeto. Y el anonimato en las redes, la exposición constante y la necesidad de llamar la atención (y no de prestarla) imposibilitan tomar la distancia necesaria para observar y reflexionar antes de reaccionar. La política de la amistad basaría la convivencia en la atención y el reconocimiento mutuos, en contra de un sistema basado en líderes, influencers y gurús, ruido, improperios y likes. Ignoro si movilizaría más o menos al electorado. En cualquier caso, es triste que algo tan deseable –de hecho, tan básico como respetarse– suene absolutamente naif.
Fonte: Portada