La extrema derecha y el negocio del descontento

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Por Alberto Garzón Espinosa — eldiario.es – eldiario.es

La extrema derecha y el negocio del descontento

Para impedir que lleguen a gobernar, la izquierda debe hacer visible que el proyecto socioeconómico de la extrema derecha favorece a las grandes fortunas y puede perjudicar a buena parte de quienes la votan. Aunque poco, hay tiempo para esto

Uno de los asuntos más estudiados en la literatura académica es el crecimiento reciente de los partidos de ultraderecha, especialmente en Europa. A decir verdad, hay interpretaciones para todos los gustos, de modo que no existe tal cosa como un consenso absoluto en torno a las causas de este fenómeno y, mucho menos, sus soluciones. En gran medida ambas cosas dependen de las circunstancias nacionales específicas, que varían mucho de unos países a otros. No obstante, todo ese vasto conocimiento acumulado sí nos permite aventurar algunas líneas de trabajo para contribuir a frenar a la extrema derecha, que ahora se encuentra a las puertas del gobierno también en España.

La principal paradoja de este fenómeno es que partidos que defienden políticas económicas favorables a las grandes fortunas están consiguiendo canalizar el descontento de sectores populares perjudicados por el funcionamiento del sistema. Por eso creo que desvelar esas incoherencias debería ser el ejercicio central de las izquierdas políticas y sociales en un momento como este.

El contexto general es importante para comprender este fenómeno. Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa occidental consolidó economías industriales avanzadas y amplios Estados del bienestar, aunque dentro de un orden internacional marcado por la hegemonía militar estadounidense. Tras la desaparición de la Unión Soviética, la integración económica y la expansión del neoliberalismo debilitaron algunas de las bases del pacto social europeo. En las últimas décadas, el ascenso de China, la desindustrialización de determinadas regiones y el deterioro de las protecciones sociales han contribuido a erosionar la autonomía estratégica europea.

El resultado es una creciente inseguridad material para amplios sectores de la población, que sufre dificultades para acceder a una vivienda, salarios que no siempre acompañan al coste de la vida, servicios públicos sometidos a fuertes presiones (como estamos viendo estos días en las huelgas de docentes) y una desigualdad persistente. Este contexto no conduce inevitablemente a la extrema derecha, pero sí crea un terreno fértil para quienes prometen protección, certidumbre y recuperación del control político.

Ese es el caldo de cultivo en el que todas las extremas derechas europeas se han formado y desplegado. La principal contradicción que muchos de esos partidos muestran desde entonces es que dependen de una frágil coalición interclasista, en la que hay desde multimillonarios hasta personas sin recursos. El caso de Vox no es en esto diferente. El partido de extrema derecha nació de facto en 2013-2014 como escisión del PP, al que acusaban de excesivamente moderado en cuestiones vinculadas con el nacionalismo español. El discurso de Vox en materia económica fue siempre de fuerte inclinación ultraliberal, con una defensa de mercados autorregulados y sin apenas presencia de servicios públicos y, claro está, sin un sistema fiscal progresivo. Su política económica ha sido, desde siempre, una destinada a mayor gloria y placer de los ricos.

Probablemente por esta razón Vox pudo emerger con tanta fuerza en 2018, aunque lo hizo fundamentalmente en los barrios más ricos y al calor del resurgir identitario y nacionalista provocado por la declaración de independencia de Cataluña. Poco a poco también fue abriéndose camino el discurso populista y reaccionario contra la inmigración, aunque con límites claros: en España esta tiene unas características muy diferentes a la que se ve en Francia o Alemania (aquí la inmigración es mayoritariamente latina, de habla española y culturalmente semejante). La oleada de inmigrantes de los últimos años ha ampliado el margen de este discurso, pero siempre de unos límites no equiparables a los de otros países.

Sin embargo, las encuestas subrayan que el electorado de Vox se ha ido haciendo cada vez más “popular”, es decir, que han conseguido llegar cada vez mejor a los sectores más vulnerables de la población. Especialmente grave es la amplísima penetración que tienen entre los más jóvenes, y concretamente entre los varones. En mi opinión, esto responde a que Vox es hoy, mejor que ningún otro partido, el voto protesta ante la situación económica y política general. Los votantes manifiestan cercanía y simpatía por el partido, pero es más frágil de lo que parece porque el elemento central es una enorme desconfianza política ante el sistema. Por supuesto, los vectores de ideologización han jugado su papel, entre ellos los discursos más tóxicos difundidos por las redes sociales e internet entre los más jóvenes, pero lo que late de fondo es una sensación de que no hay un futuro para ellos. Y esa sensación suele ser la antesala de la nostalgia.

Como consecuencia, Vox se encuentra actualmente en máximos, pero se beneficia también de que la izquierda tiene muy complicado, tras ocho años de gobierno, defender una narrativa en la que aparezcan como la solución a los problemas del sistema. La extrema derecha ha conseguido articular así las emociones antisistema sin cuestionar las relaciones económicas de poder que contribuyen a generar el malestar, y ofrece culpables y una promesa de recuperación del control mientras mantiene un programa económico favorable a quienes concentran la riqueza. Esa es la paradoja que quiero señalar: la extrema derecha con las políticas más pro-sistema de todas es la que articula las emociones antisistema del momento presente.

Lo que pretende subrayar este enfoque es que la gente necesita protección ante un momento histórico como este. El caso de la vivienda lo ilustra a la perfección, habiéndose convertido para millones de españoles en una fuente de inseguridad económica y vital. Los mercados no ofrecerán ninguna solución, y por lo tanto, tampoco los partidos que los han convertido en su criterio rector para las sociedades. Si llegan a gobernar, las costuras saltarán por los aires porque no se puede soplar y sorber al mismo tiempo; no se puede, por ejemplo, reventar los derechos laborales y seguir convenciendo a la clase trabajadora de que son sus defensores. 

Pero sería ideal que ni siquiera llegasen a gobernar. Para impedirlo, la izquierda debe hacer visible que el proyecto socioeconómico de la extrema derecha favorece a las grandes fortunas y puede perjudicar a buena parte de quienes la votan. Aunque poco, hay tiempo para esto. Y debe traducir esa crítica en una alternativa creíble, capaz de mejorar las condiciones materiales de vida mediante políticas de vivienda, mejores salarios y servicios públicos sólidos. Existen credenciales creadas durante estos últimos años, sobre todo en materia laboral, pero hay también déficits importantes y obvios (destacadamente, el de vivienda). En todo caso, es obvio que hay que demostrar que existe una manera distinta de organizar la economía y proteger a las mayorías.

Fonte: eldiario.es – eldiario.es

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