La escritora víctima de abusos que defendió el divorcio “como medida higiénica” en una España en dictadura

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Por Cristina Ros — eldiario.es – Cultura

La escritora víctima de abusos que defendió el divorcio "como medida higiénica" en una España en dictadura

La periodista y poeta Mercedes Pinto se exilió tras un enfrentamiento con Miguel Primo de Rivera, que le advirtió de que España era católica, como respuesta a su reclamación de derechos para las mujeres

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De un tiempo a esta parte se está reivindicando la figura de esos artistas e intelectuales que brillaron durante el periodo de entreguerras, unos brotes verdes que fueron segados por el franquismo, cuando no condenados al exilio. Tanto se perdió en los cuarenta años de dictadura que hoy casi cuesta creer que antes de la guerra existieron mujeres con un discurso tan progresista, tan radical para los tiempos, como el de la escritora y activista canaria Mercedes Pinto (San Cristóbal de la Laguna, Tenerife, 1883 – México, 1976).

La autora, que procedía de una familia conocida en el círculo cultural tinerfeño, se casó en su juventud con un capitán de la marina mercante, con quien tuvo tres hijos. Durante los diez años que duró el matrimonio, sufrió malos tratos físicos y psicológicos, y solo después de mucho batallar logró que ingresaran a su marido en un centro psiquiátrico. El internamiento no se prolongó lo suficiente, sin embargo, y Mercedes Pinto tomó la decisión de marcharse a Madrid con sus tres hijos, en una suerte de “primer exilio”.

Por aquel entonces ya había hecho sus pinitos colaborando con diferentes periódicos, pero el cambio de entorno, en plena efervescencia bohemia, le abrió muchas puertas. Fue en 1923 cuando protagonizó un momento clave para la historia política española, algo que la marcó para siempre y que sentó un precedente en el debate contemporáneo sobre los derechos de las mujeres: la conferencia que pronunció el 25 de noviembre de aquel año en la Universidad Central de Madrid, en plena dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) y ante la presencia del príncipe Luis Fernando de Baviera, entre otros.

En principio, la encargada de la ponencia era su amiga Carmen de Burgos, conocida como Colombine, pero por problemas de salud delegó en Pinto. Esta leyó el discurso que hoy se recoge en El divorcio como medida higiénica (Torremozas, 2026), junto con otros textos suyos, en una edición a cargo de Fran Garcerá, especialista en la autora, de quien ha editado también un libro de poesía (Cantos de muchos puertos, Torremozas, 2017), muy influida por la experiencia del exilio, y una obra de teatro (Un señor… cualquiera, Torremozas, 2022), que este otoño ha vuelto a escena.

Del derecho de las mujeres al divorcio… y al segundo matrimonio

En su conferencia, Pinto tiene la valentía de reclamar el derecho al divorcio para las mujeres, que entonces estaban a expensas de las decisiones del marido. Comienza su disertación exponiendo una realidad a la que casi nadie se atreve a mirar de frente: la mala vida que muchos hombres dan a sus esposas de puertas adentro. No dice “malos tratos”, pero el lector contemporáneo puede leer entre líneas que lo que justifica como problemas de salud mental hoy a buen seguro recibiría otro calificativo.

La autora se apoya en el hecho de que un hombre podía alegar que su esposa padecía de “locura” o “paranoia” para pedir el divorcio, y lo extrapola a las mujeres, porque, dice, ellos también pueden padecer esos trastornos, también pueden ser motivo de malestar doméstico. Por lo tanto, es justo que las mujeres puedan decidir sobre su unión, tanto por ellas mismas como por la educación de sus hijos, si los hubiera, que, argumenta, bajo la influencia de un padre en ese estado no sería la más deseable.

Tanto empeño pone Pinto en justificar su propuesta ‒no en vano hablamos de una época en la que la ciencia se iba imponiendo como principio regulador de todo‒, que antes de preparar su lectura buscó la opinión de los médicos, voces (¡masculinas!) de autoridad que expusieron ideas que confirman su análisis. Esta necesidad de sustentar su punto de vista en la autoridad masculina puede parecer hoy otra rendición de género; ahora bien, dadas las circunstancias de la época, lo que revelan es el tesón y la inteligencia de Pinto para lograr que su tesis fuera tenida en cuenta, para que se la tomaran en serio.

Y así ocurrió: el discurso fue muy aplaudido, y su éxito llegó a oídos de las autoridades. Luis Fernando de Baviera la convocó en palacio, donde se entrevistó con su esposa, la infanta Paz, tía de Alfonso XII. Esta le ofreció un cargo como oradora de la Fundación Acción Católica, de la que era presidenta. La escritora lo rechazó, y ahí comenzó a ser consciente de que su presencia incomodaba; comenzaba a gestarse su exilio definitivo.

Pocos días después, la recibió nada menos que el dictador, Primo de Rivera (“el que era dueño de los destinos, ¡y de la voz de España…!”, en palabras de la propia Pinto), que había sido informado de su conferencia. Él le espetó: “¿Y no sabe usted que España tiene un concordato con el Vaticano? […] ¡España es católica!”. De nuevo, ella no se achantó. No se desdijo de nada, aunque, ahora sí, emprendió el viaje al otro lado del charco, donde la recibieron con los brazos abiertos y se consolidó, desde la distancia, como escritora y defensora de los derechos de las mujeres españolas.

Cabe añadir que, además del divorcio, su ponencia planteaba otra idea revolucionaria para la época: la posibilidad de que la mujer encontrara un nuevo compañero de vida. Ella sabía de lo que hablaba: en Madrid conoció a otro hombre, que la acompañó en el exilio y con quien tuvo más hijos. Entonces sí pudo vivir un buen matrimonio, y quiso que cualquier mujer que hubiera tenido mala suerte en su primer intento tuviera también una nueva oportunidad. Los individuos, las familias y la sociedad entera se benefician de un entorno doméstico sano, estable y protector.

Un siglo después, se abre el telón

Pinto pasó la primera etapa de su exilio en Uruguay, un país que fue clave para su desarrollo: trabó amistad con literatos como Juana de Ibarbourou o Alfonsina Storni, que la apoyaron en todo momento, y escribió numerosos artículos en la prensa, en los que denuncia sin pelos en la lengua la situación de sus compatriotas. Fue allí donde asimismo se estrenó como dramaturga, con una obra estrenada en 1930 que tuvo una acogida excelente: Un señor… cualquiera, que este otoño ha vuelto a los escenarios españoles de la mano de la compañía LaJoven, que ha representado su particular versión hasta el 4 de octubre en el Teatro Fernán Gómez de Madrid.

‘Un señor… cualquiera’, de LaJoven Compañía.

‘Un señor… cualquiera’, de LaJoven Compañía.

En el texto original, Pinto relata un enredo que tiene resonancias con lo que defendió en su célebre discurso: una mujer casada, y madre de un niño, tiene un romance con otro hombre. Su marido, sin embargo, no está dispuesto a aceptar que ella se marche con el amante y hace lo impensable por evitarlo. Años más tarde, será su hijo, ya adulto, quien se vea envuelto en una situación semejante…, solo que con el rol del amante. Y ni su padre ni las mujeres de su entorno reaccionarán como lo hicieron antes.

Pinto hace algo más que actualizar a las Bovary decimonónicas: no solo pone de relieve la insatisfacción de la mujer casada y la posición dominante que ostenta el hombre, sino que revela a un nuevo modelo de mujer, una mujer libre e independiente que no vuelca sus aspiraciones en la unión con un hombre, que toma las riendas de su vida y no repite los errores del pasado, que no teme hacer las cosas de forma diferente y se atreve a ser quien toma la iniciativa en lugar de esperar la respuesta de los demás (los hombres, pero también las mujeres de mayor edad que la custodian).

No es fácil ser esa mujer; implica hacer renuncias, implica asumir que la gente no verá con buenos ojos su comportamiento. Aun así, da el paso adelante, porque sabe que será mejor que permanecer maniatada por las convenciones, esos particulares carceleros. La propia autora sabía bien cuál era el precio de liberarse, de alzar la voz. No tuvo, quizá, una existencia idílica; pero desde luego fue coherente consigo misma, en el matrimonio y en su compromiso social, y esto es más de lo que mucha gente puede decir.

El compromiso inquebrantable

Con su mirada siempre lúcida, en sus artículos señala la hipocresía de ensalzar la figura de la madre, pero una madre de carácter puramente “procreador y lactante”, sin pensar en su educación, en sus inquietudes; Pinto, por el contrario, defiende que no hay mejor educación que la que puede dar una madre formada, realizada, pensadora. Identifica, en otra pieza, las tiranías que someten a las mujeres: “El clero y la aristocracia”, y de nuevo advierte el engaño de elogiar a las mujeres a la manera endulzada de los poetas mientras en la práctica se les niegan derechos y se les impide prosperar.

En su poesía, destaca sobre todo su memoria del exilio, en versos como los que abren el libro Cantos de muchos puertos: “No quiero hablar de muertes, / de éxodos ni dolores; / no quiero hablar de penas; / no quiero hablar, / porque las llevo dentro de mí como una carga, / como una carga horrible y como un sello / que horadase inclemente mi alma”. Todo en ella es político; vida y literatura son inseparables, y su vida fue una vida en movimiento, una vida que ella puso en movimiento, en la que ella llevó el timón.

“Tengo un orgullo enorme de todas mis acciones / y venero los pasos que he dado en el camino. / Los admiro uno a uno, / me exalto al recordar, / y todos los daría de volver a empezar”, escribe en el poema “Cumbre”. Hoy, su obra y su trayectoria siguen siendo una inspiración, una llamada para no olvidar lo recorrido, para perder el miedo a alzar la voz. Y para tejer una comunidad, también, entre las mujeres, pero asimismo entre los y las que, como ella, requirieron la mano tendida de un país amigo.

“¡Ayudarnos unas a otras es lo que debemos hacer! Toda mujer que trate […] de sacudir las cadenas de la rutina de la incultura, y de la esclavitud moral en que la mayor parte de las mujeres viven, debe ser objeto de aliento, de ánimo y de alabanza”. Y toda creadora que lo hizo en contextos difíciles, como ella, debe ser objeto de redescubrimiento y de atención, se podría añadir. Porque su ejemplo, por suerte o por desgracia, sigue siendo una bocanada de aire en estos tiempos de viejos y nuevos hedores.

Fonte: eldiario.es – Cultura

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