“En un banco del parque enseguida estoy pensando que podría estar haciendo otra cosa”

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Por Ana M. Longo — Portada

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Bienestar urbano

Tener un parque cerca del domicilio o el puesto de trabajo no es suficiente: la ciencia explica por qué muchas personas no saben parar en ellos y qué se pierde al no hacerlo nunca

Pasear o sentarse en un banco e un parque durante 20 minutos es suficiente para bajar los niveles de estrés

Pasear o sentarse en un banco e un parque durante 20 minutos es suficiente para bajar los niveles de estrés

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Ana M. Longo

Ana M. Longo

20/10/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Tener un parque cerca de casa no significa encontrar un momento para disfrutarlo. Podemos atravesarlo de camino al trabajo o llevar a los niños sin reservarnos un rato para nosotros. Las posibilidades de descansar cambian según lo que vayamos a hacer y la atención que debamos dedicar a otras personas.

Pasar tiempo en parques urbanos y otros espacios verdes puede ayudar a recuperarse del estrés y del cansancio mental, explica Silvia Collado Salas, catedrática de Psicología Ambiental de la Universidad de Zaragoza. Según la Teoría de la Restauración de la Atención, los elementos naturales atraen nuestra atención con facilidad y dejan margen para reponer los recursos utilizados ante las exigencias cognitivas del día.

Encontrar un lugar para necesidades distintas

Gente tomando el sol en el Parc de la Ciiutadella de Barcelona
Gente tomando el sol en el Parc de la Ciiutadella de Barcelona Àlex Garcia / Propias

Las investigaciones que recoge muestran que caminar por estos entornos favorece las emociones positivas y reduce la ira y la ansiedad en comparación con hacerlo por calles sin naturaleza.

“La mera proximidad espacial a parques urbanos no garantiza por sí sola beneficios psicológicos”, precisa Collado. Asimismo, importan la frecuencia de las visitas y las actividades que se realizan. Según expone, se ha observado menos estrés y mayor satisfacción vital entre quienes utilizan estos espacios con más frecuencia, frente a quienes disponen de ellos cerca, pero no los frecuentan.

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Observar el entorno y fijarse en lo que nos resulta agradable se asocia con una mayor probabilidad de recuperar los recursos atencionales respecto a una exposición pasiva. Collado destaca asimismo que practicar actividad física en estos espacios aporta mayores beneficios para el estado de ánimo y la regulación emocional que permanecer en ellos sin realizarla.

La compañía de las caras conocidas

Unos jóvenes juegan a baloncesto en el Parc de la Espanya Industrial de Barcelona
Unos jóvenes juegan a baloncesto en el Parc de la Espanya Industrial de Barcelona Mané Espinosa / Propias

Mar, de 52 años, pasa junto al parque de su barrio al volver del trabajo, pero casi nunca entra. “No es que haya nada que me moleste. Salgo de trabajar pensando en llegar a casa o en lo que tengo que hacer y ni me planteo parar. Si me apetece leer fuera, prefiero ir a una cafetería. En un banco enseguida estoy pensando que podría estar haciendo otra cosa”, indica. Con una amiga, en cambio, sí suele pasear por él. “Vamos hablando, damos una vuelta y a veces otra. Así sí me quedo un rato. Ir sola a sentarme todavía me resulta raro”, reconoce.

Para Mikel Subiza-Pérez, investigador Ramón y Cajal en BC3 (Basque Centre for Climate Change/Centro Vasco de Cambio Climático), un parque debe responder a perfiles diferentes. Entre los adultos hay quienes buscan leer o reunirse con amigos, personas mayores, otras con una salud delicada y quienes acuden para cuidar de alguien.

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La vegetación, la seguridad, la limpieza y el mantenimiento forman parte de las condiciones que destaca. Pero también insiste en contar con bancos confortables, fuentes, baños y lugares protegidos del sol y de las temperaturas extremas.

Este experto considera que algunos parques se han pensado para colectivos concretos y apenas ofrecen alternativas a los demás. En otros, las canchas y los campos de fútbol ocupan el espacio central y condicionan otros usos. Por eso defiende una distribución equilibrada del equipamiento que permita compatibilizar esos usos.

Casi siempre encuentro a alguien con quien charlar. No hace falta organizar nada: a la salida del cole ya sabemos más o menos quién va a ir

Anxo

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Pedro, de 61 años, suele salir a caminar temprano por el mismo parque. A esa hora se cruza muchas veces con las mismas personas, aunque no sabe cómo se llaman todas. “Hay un señor que va siempre muy deprisa y una mujer que suele estar leyendo. Nos damos los buenos días y seguimos cada uno a lo suyo. Si volvemos a cruzarnos un poco más adelante, ya nos sonreímos”, comparte. No suele detenerse a conversar, pero le gusta encontrarlos. “Cuando falto unos días, al volver miro a ver si están. Ya me he acostumbrado a verlos por allí”, añade.

Sergi Valera, catedrático de Psicología Social Ambiental de la Universitat de Barcelona, sostiene que, en casa, en el trabajo o en el lugar de estudio solemos relacionarnos con personas similares a nosotros. El carácter abierto del espacio público facilita contactos más diversos que pueden ampliar nuestras experiencias sociales y contribuir al sentido de comunidad.

Una de las superilles del cemtro de Barcelona 
Una de las superilles del cemtro de Barcelona  Xavi Jurio

Entre ellos están los lazos débiles: conexiones sin una confianza profunda ni una ayuda recíproca constante, que pueden consistir en conversaciones sobre el tiempo o intereses aparentemente comunes. Estos contactos permiten conectar a personas de distintas procedencias y redes sociales.

Valera distingue esas relaciones de los lazos invisibles. La familiaridad se desarrolla al reconocer a personas con las que coincidimos habitualmente, aunque nunca lleguemos a hablar. Esa presencia conocida puede hacernos sentir acompañados y parte de una comunidad, con la sensación de seguridad que, según el experto, conlleva ese reconocimiento.

Recuperarse del cansancio cotidiano

Un estudio publicado en 2026 en la revista académica Cities analizó las preferencias de cientos de adultos de Sídney y Melbourne mediante una encuesta digital con ejercicios de elección. La sensación de seguridad ante la presencia de otras personas fue el aspecto más valorado para visitar un parque, hacer actividad física o relacionarse. Para las visitas, después figuraban el mantenimiento y la tranquilidad; para socializar, el mantenimiento y las zonas de barbacoa o pícnic.
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​Los datos se recogieron en agosto de 2021 y los autores advierten que la pandemia pudo influir en las respuestas, especialmente en la percepción de seguridad. El trabajo estudia preferencias, sin demostrar efectos sobre el bienestar ni cambios en el uso real de los parques.

Los parques adquieren, además, un significado relacionado con lo vivido en ellos. María Luisa Ríos, investigadora en psicología ambiental en la Universidad de Málaga, apunta que los recuerdos de paseos, encuentros y momentos agradables pueden convertirlos en parte de nuestra historia y de cómo nos definimos.

Estas experiencias favorecen el apego al lugar, que describe como “un vínculo afectivo que nos impulsa a regresar”. Las nuevas visitas pueden, a su vez, reforzar esa relación.

Cuando se acude para cuidar

Anxo, de 39 años, empezó a ir al parque con sus hijos después del colegio y allí fue conociendo a otras familias. “Ahora casi siempre encuentro a alguien con quien charlar. No hace falta organizar nada: a la salida del cole ya sabemos más o menos quién va a ir”, cuenta. Sigue, sin embargo, pendiente de los niños. “A veces estoy contando algo y tengo que salir detrás del pequeño. Me gusta ese rato, pero hay días que llego a casa igual de cansado”, expresa.

Para aprovechar el potencial restaurador del parque, Subiza-Pérez señala que importa que las actividades de los demás sean compatibles con la propia y que no haya demandas externas que requieran nuestra atención.

En estudios en los que ha participado, quienes acudían a pasear, contemplar el paisaje o sacar al perro referían mayores beneficios psicológicos. Entre quienes estaban cuidando de otras personas, la experiencia resultaba algo menos positiva.

El investigador plantea que esta diferencia puede explicarse porque “el cuidado requiere que prestemos atención a otra persona”. Dirigir hacia ella nuestros recursos puede dejar menos margen para conectar con las propias necesidades.

Ana M. Longo

Ana M. Longo

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Licenciada en pedagogía por la Universidad de Santiago de Compostela, 2006.Redactora de contenidos, y autora de los libros ‘Mommy amor en uso’, sobre maternidad y embarazo, y ‘Mamá…¡Teta!’ de lactancia materna

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