El ‘síndrome zombi’: “Miramos la pantalla buscando algo fuera y se nos escapa nuestra vida”
Por Marga Durá — Portada
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Vidas en automático
La psicóloga Virginia Frutos alerta de que muchas personas funcionan bien por fuera pero llevan años sin conectar con lo que les ocurre de verdad: “Sostienes este estado toda una vida sin que nadie lo note, ni tú.”

Virginia Frutos, psicóloga y autora del ensayo ‘Psicología Zombi’
Marga Durá
30/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
¿Podríamos estar convirtiéndonos en zombis? No de los que hincan el diente en sus congéneres y procuran sangrientos espectáculos gore, sino en una vertiente más existencial: en cuerpos vacíos, de mirada perdida que por el camino de la obligación extraviaron su conciencia. De esta posibilidad alerta la psicóloga Virginia Frutos en Psicología Zombi (Vergara, 2026). La especialista topó con el concepto que alude a los muertos vivientes en una consulta. Llevaba tiempo intentando dar con un término clarificador para sus pacientes que resumiera la desconexión, el agotamiento, el bloqueo afectivo. Un día, sin pensar, le espetó a una de sus pacientes: “quizá estás en modo zombi”. La respuesta fue inmediata: “exactamente así me siento”.
¿Qué es exactamente pasear la vida como un zombi? Tiene que ver con ese arrastrar de pies, con el estar en la rueda del hámster, con ese dar pasos sin rumbo que pasan de ser una excepción a convertirse en la norma. Y sobre todo con no ser consciente de todo ello y no saber cómo despertar.
El sistema acaba confundiendo alerta constante con normalidad, y entonces ya ni te das cuenta de que hay algo que mirar
Virginia Frutos
Psicóloga

¿Qué es el “síndrome zombi”?
Quiero que quede claro que no es un diagnóstico clínico. Es una metáfora, una forma de nombrar algo que veo constantemente: gente que funciona de maravilla por fuera, cumple, sonríe, entrega, sostiene a todo el mundo, y que por dentro lleva tiempo sin conectar con lo que le ocurre de verdad.
Da un poco de miedo esto de estar rodeados de zombis o, incluso, ser uno de ellos…
El zombi no viene a hacerte daño. Viene con un mensaje que aún no has abierto.
¿Hay muchos zombis en nuestra sociedad?
Muchísimos, pero no es una enfermedad, es un patrón de vida. Lo veo cada semana en consulta, en la calle, en el supermercado. Vivimos en un mundo que premia la productividad constante y que no deja hueco al silencio, y cuando el silencio no tiene espacio, el sistema nervioso aprende a funcionar siempre en modo eficiencia. Se ha de tener en cuenta que el silencio no está vacío. Está lleno de todo lo que llevamos tiempo sin querer escuchar.
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¿Por qué decir, tal y como aseguras en el libro, “bien” cuando nos preguntan puede ser un síntoma?
Porque yo lo decía sin comprobarlo. No era mentira, tampoco del todo verdad: era un automatismo, una palabra que salía antes de pasar por mí. Pero hay otro “bien” posible, uno que me interesa mucho más: el bien honesto. Ese donde te permites decir “bien, aunque hoy un poco cansada” o “bien, pero rara”. Es solo una grieta, una exposición pequeña y controlada, pero ahí, en esa grieta, empiezas a entrenar algo importante: mirarte antes de responder. Y eso, con el tiempo, es lo que te devuelve a ti misma.
Hay una parte de nosotros, primitiva, orientada a la supervivencia, que toma el mando cuando el sistema interpreta que no hay tiempo para pensar
Virginia Frutos
Psicóloga
Dice que podemos no ser conscientes durante años de que ‘estamos infectados’. ¿Cómo puede suceder?
Despacio, como una mala postura. Empieza con algo razonable: una época dura, mucha exigencia, y el cuerpo se pone en modo supervivencia, que es sano y necesario en ese momento. El problema es cuando esa fase no termina nunca. El sistema acaba confundiendo alerta constante con normalidad, y entonces ya ni te das cuenta de que hay algo que mirar. Un día simplemente te dices “yo soy así”. Y no es verdad.
¿Podemos morir sin saber que somos zombis?
Sinceramente, sí. Y es de las cosas que más me duele pensar. Puedes sostener este estado toda una vida sin que nadie lo note, ni siquiera tú. A mí me pasó factura: una infección de oído que se convirtió en meningitis, mi cuerpo hablando de la única forma que encontró para que yo le hiciera caso. Pero curiosamente esa misma situación fue la que me devolvió a la vida. Por eso escribí el libro, para que no haga falta llegar tan al límite para empezar a mirar.
¿Qué pasa si este estado se alarga demasiado?
Pasa factura en varios sitios muy concretos. En cómo vives: las decisiones se toman desde el miedo, no desde ti. En tus relaciones: la gente que quieres nota tu ausencia aunque estés delante, aunque respires el mismo aire que ellos. En el cuerpo, que termina hablando con síntomas cuando ya no le queda otra forma de hacerse oír. Y en el tiempo, que es quizás el coste que más me duele nombrar, los momentos con las personas que quieres, vividos desde la distancia del piloto automático, no te los van a devolver.
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¿Cuáles son los disfraces de normalidad?
Yo nombro cuatro en el libro, pero el sistema es mucho más creativo que cualquier lista que yo pueda hacer, el de la responsabilidad, el de nunca fallar. El de la fortaleza, el de no quejarte jamás. El del éxito, el de acumular logros sin llegar a sentirlos. Y el del cuidador, el de dar a todos cuidados menos a ti mismo. Todos nacieron con una función clara en su momento. El problema es cuando dejamos de necesitarlos y seguimos usándolos igual.
¿Qué pasa cuando el cerebro va en piloto automático?
Que deja de elegir y empieza a sobrevivir. Hay una parte de nosotros, más primitiva, orientada a la supervivencia, que toma el mando cuando el sistema interpreta que no hay tiempo para pensar. Y hay otra parte, más reflexiva, la que nos permite parar, observar y elegir, que en ese momento pierde protagonismo. El problema es cuando la parte automática se convierte en la que manda casi siempre, porque entonces vivimos, pero no decidimos.
Usamos un objeto para conectarnos con el mundo, sin darnos cuenta de que el mundo ya estaba ocurriendo justo donde estábamos
Virginia Frutos
Psicóloga

¿Somos más zombis que hace unas décadas? ¿Los móviles tienen algo que ver?
Sí y el móvil es el ejemplo perfecto. Lo miramos nada más despertar, por inercia, como si durante la noche hubiera pasado algo urgente. Casi nunca lo hay. Y ahí hay algo más profundo detrás, usamos un objeto para conectarnos con el mundo, sin darnos cuenta de que el mundo ya estaba ocurriendo justo donde estábamos. Miramos la pantalla buscando algo fuera, y mientras tanto se nos escapa lo único que era real, lo que estaba pasando delante de nuestros ojos, con quien teníamos delante. Es una paradoja muy zombi, usamos la conexión para desconectarnos de lo único que de verdad podía conectarnos.
¿Cómo salimos de esta situación en la que nos hemos metido?
No hay atajos, eso lo digo siempre. Hay un recorrido: detectar sin juzgarte, escuchar lo que el cuerpo y las emociones llevan tiempo diciéndote, intervenir con el paso más pequeño posible. Y luego el que nadie te cuenta, habitar tu vida, ese no se consigue una vez, se entrena cada día, como un músculo.
¿Es más fácil salir o no volver a caer?
Volver a caer es más fácil, sin duda. Y quiero dejar algo claro, este libro nunca buscó hacer desaparecer al zombi. Lo que busca es que dejes de darle la espalda. Que lo veas, que lo escuches, que sepas que está ahí antes de que tenga que gritarte para que le hagas caso. Porque eso es exactamente lo que cambia las cosas, no que el zombi deje de aparecer, sino que ya no llegue como un extraño. Llega, y tú ya sabes su nombre, ya sabes qué hacer con él. Y con eso basta para encontrar el camino de vuelta a ti. El zombi no se combate, se acompaña y eso lo cambia todo.
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