Por David Uclés — Portada

David Uclés

David Uclés

Escritor

El ocaso de las apps de contactos 03/10/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

En mi familia se da una circunstancia muy peculiar: padres, abuelos y tíos se conocieron en la verbena del pueblo. La generación de mi hermana, una década mayor que yo, sustituyó la plaza por los pubs. Pero quienes entramos en la adolescencia con internet bajo el brazo desplazamos el cortejo a las pantallas y fuimos olvidando el arte de la seducción cara a cara. Hoy noto que hemos perdido por completo la destreza de entrarle a alguien en persona. Yo intento resistirme siempre que se da la ocasión, pero cada vez lo tengo más difícil, entre otras cosas porque están cerrando los espacios gais plurales en los que antes nos sentíamos seguros, como el Gris o La Bámbola en Madrid.

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Una app de contactos asegura que los que escriben bien tienen un 59% más de éxito Otras Fuentes

La última vez que me acerqué a hablarle a un desconocido fue en las jaias de Bilbao, en la txosna LGTBIQ+ Pinpilinpauxa. Me atreví con dos y se asustaron. Les incomodó que alguien salido de la nada les increpara. Nos hemos malacostumbrado a recibir estas interacciones solo en las redes sociales y en persona nos bloquean. Pero atisbo cierta esperanza: las redes están dejando de funcionar porque en ellas nos sentimos cada vez más cosificados y ya no sabemos si estamos llenando la cesta de Amazon o ligando. Afirma Sarah Schulman en La gentrificación de la mente que hoy «las personas son juzgadas y tratadas únicamente por lo útiles que resultan para los demás». Un desgaste.

En las redes nos sentimos cada vez más cosificados y ya no sabemos si estamos llenando la cesta de Amazon o ligando

Miro hacia atrás y reconozco que conocí a todos mis ex en Internet, cada uno en una red distinta. Al primero lo conocí en el chat Terra. Teníamos 16 años. Vino a Úbeda a verme y se marchó el mismo día. A mis amigos les dije que se llamaba María, pero era Pedro. Nos besamos entre los olivos. Fuera de Jaén sonará bucólico, pero el olivar era el lugar donde teníamos sexo los marginados. Al segundo lo conocí en Fotolog. Aquella red funcionaba muy bien porque solo te permitía subir una foto al día, en una época aun en la que las redes no pretendían alienarnos. Hice amigos que todavía conservo. Al tercero lo encontré en GayRomeo, una app gay de contactos diseñada para compartir tus aficiones, aunque también para decir si estabas circuncidado o no. Aun así, fue mi preferida. A mi vuelta me encontré con Badoo, de una interfaz desastrosa, donde me estaba esperando mi ex gallego. Y años más tarde probé Bakkala, casi un catálogo porno, y Wapo, demasiado cani. Hasta que apareció Tinder. A mi ex marido lo conocí allí. Estaba de paso en Madrid y no creo que lo hubiera conocido de otra forma. Pero Tinder se fue volviendo un lugar silencioso. Alternativas como Bumble o Hinge han intentado limar esa mecánica de coleccionar matches sin entablar con nadie, pero con poco éxito. De todas ellas solo conservo la más antigua: Grindr. Pero para usarla hace falta un máster. Baste un ejemplo: Yo XL CS de CHILL ya. NO BBttm. Chems ghb/mf y pprbate. Bajo prep. 

Gracias a Dios, no todo está perdido. La rebelión contra la inmediatez y la socialización virtual parece llegar con las nuevas generaciones. Mis amigos Z y ALFA han borrado las fotos de Instagram, evitan las apps de contactos y se esfuerzan por recuperar una forma más tangible de comunicarse. Tal vez, después de tantos años deslizando el dedo sobre una pantalla, haya llegado el momento de levantar la vista y volver a la plaza del pueblo.

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