El miedo al vestuario: la presión sobre el cuerpo cambia de generación
Por Marta Garcia Lloris — Portada
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La exigencia estética
Las burlas sobre la apariencia física pierden espacio entre los más jóvenes, pero el algoritmo mantiene viva una comparación que ya no necesita comentarios ajenos: ellos mismos son los más críticos con su imagen

Durante décadas el ideal femenino se acercó a la extrema delgadez, pero en las nuevas generaciones se impone el abdomen plano, la cintura muy pequeña, pero caderas, muslos y glúteos con volumen
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Marta Garcia Lloris
23/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
El miedo al vestuario no ha desaparecido. Todavía hay mujeres que buscan una esquina, se cubren con una toalla o evitan cambiarse delante de otras. En muchos casos, esa incomodidad no nace de una burla actual, sino de haber aprendido muy pronto que su cuerpo podía ser observado, comparado y juzgado.
Entre las generaciones más jóvenes, en cambio, ese temor parece perder fuerza. Han crecido hablando más de salud mental, diversidad corporal y del daño que puede provocar comentar el físico ajeno. Es un avance: muchas ya no comparten con la misma intensidad el miedo a desnudarse delante de otras mujeres. Pero eso no significa que la presión estética haya desaparecido. Parte de esa vigilancia se ha trasladado al interior y se mantiene incluso cuando nadie está mirando, alimentada por las redes sociales y por cánones cada vez más específicos.
Los pensamientos no se eliminan, pero sabes que no debes decirlo. Existe un mayor límite sobre lo que se verbaliza, aunque el juicio corporal siga presente
Silvia

Ana es millennial, practica fitboxing y hoy se cambia con tranquilidad después de entrenar, pero durante su adolescencia vivió una experiencia muy distinta. Era muy delgada, se desarrolló más tarde que sus compañeras y el vestuario del colegio fue uno de los primeros lugares donde empezó a sentirse incómoda con su físico.
“Yo tenía muchos complejos porque era muy delgada y estaba menos desarrollada que las otras niñas. Era la risa del vestuario.” Aquellas burlas afectaron también a su manera de vestir: evitaba las camisetas de tirantes y las sandalias, no llevó bermudas hasta los 20 años y durante mucho tiempo tampoco se sintió cómoda enseñando su cuerpo en la playa.
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Más de 15 años separan a Ana de Silvia, una joven de la Generación Z que practica patinaje. Silvia no recuerda que en su vestuario fuera habitual burlarse abiertamente del físico de otra chica. Considera que su generación ha crecido con una mayor conciencia sobre las consecuencias de opinar del cuerpo ajeno. La comparación, sin embargo, continúa: habla de inseguridades relacionadas con el peso, el pecho, el vello corporal, la anchura de la espalda, la cintura o el hecho de haberse desarrollado antes o después que las demás.
“Los pensamientos no se eliminan. Puedes pensar que una chica está más delgada, que tiene mejor cintura, que tiene mucho pecho, que lo tiene caído o que tiene mucho pelo, pero sabes que no debes decírselo. Existe un mayor límite sobre lo que se verbaliza, aunque el juicio corporal siga presente”.
La presión sobre tu propio cuerpo no necesita que haya nadie mirando. La llevas puesta todo el día, te vigilas tú sola
Pat Illa
Socióloga e investigadora

La mirada no necesita ser sexual ni convertirse en una burla para sentirse como una evaluación. A veces basta con percibir que el propio cuerpo está siendo observado para compararlo con el de las demás y empezar a juzgarlo.
La investigación de Marianne Clark, de la Universidad de Alberta, sobre las experiencias de mujeres en vestuarios públicos recoge relatos similares a los de Ana. Algunas participantes situaban en las clases de Educación Física el comienzo de una fuerte conciencia sobre su cuerpo. La socióloga e investigadora Pat Illa lo relaciona con una etapa en la que los cambios físicos avanzan a ritmos diferentes: “Para muchas fue el primer sitio donde sintieron que su cuerpo estaba ‘mal’, y ese primer golpe se queda”.
Illa distingue entre dos malestares que pueden confundirse: el miedo puntual a mostrar el cuerpo y la presión diaria por corregirlo. El primero se activa en espacios como el vestuario, ante la posibilidad de una mirada o un comentario externo; el segundo puede continuar a solas, al vestirse, hacerse una fotografía o compararse frente al espejo. Por eso, cambiarse con naturalidad delante de otras mujeres no significa necesariamente estar en paz con el propio cuerpo.
De la extrema delgadez al ‘slim-thick’

El canon no ha desaparecido: ha cambiado de forma. Si durante décadas el ideal femenino se acercó a la extrema delgadez, ahora ha ganado peso el denominado slim-thick: abdomen plano y cintura muy pequeña, pero caderas, muslos y glúteos con volumen. Es una exigencia incluso más precisa: ya no basta con estar delgada; hay que serlo solo en determinadas zonas.
Silvia reconoce que su experiencia puede estar condicionada por tener un físico próximo a ese estándar, en parte por el patinaje. Como contraste, menciona a una amiga que practica baloncesto y se siente más insegura por tener una estructura corporal más ancha. La presión, por tanto, no afecta únicamente al peso: también determina dónde se espera que una mujer tenga músculo, volumen o curvas.
El vestuario evidencia algo que los cánones suelen ignorar: dos cuerpos pueden entrenar, pesar o medir de forma parecida y tener proporciones completamente distintas.
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Illa sitúa parte del cambio generacional en las conversaciones abiertas durante la última década por movimientos como el body positive y, más tarde, la neutralidad corporal. La mayor presencia de cuerpos diversos y el discurso sobre salud mental han ayudado a identificar como dañinos comentarios que antes se normalizaban. Ese aprendizaje puede haber reducido las burlas abiertas y haber marcado nuevos límites sobre lo que se dice, pero no ha rebajado automáticamente la exigencia que cada persona dirige hacia sí misma.
Para Illa, que las jóvenes puedan sentirse más cómodas al cambiarse delante de otras mujeres y, al mismo tiempo, mantener una fuerte autoexigencia corporal no es contradictorio. “La presión sobre tu propio cuerpo no necesita que haya nadie mirando. La llevas puesta todo el día, te vigilas tú sola.”
Del vestuario a la pantalla
La principal diferencia respecto a generaciones anteriores es que la comparación corporal ya no depende únicamente del entorno inmediato. Una adolescente puede exponerse cada día a decenas de modelos físicos a través de Instagram o TikTok y recibir, junto a esas imágenes, contenidos sobre dietas, entrenamiento, cosmética o tratamientos destinados a modificar la apariencia.
Algunas tendencias muestran hasta qué punto los cánones antiguos reaparecen con otro nombre. A comienzos de 2024 se popularizó en TikTok el concepto legging legs, que recuperaba en buena medida el thigh gap de una década antes: la idea de que los muslos no debían tocarse al estar de pie. TikTok terminó bloqueando las búsquedas relacionadas y las redirigió hacia información sobre trastornos de la conducta alimentaria.
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Las redes añaden, además, la recomendación algorítmica. La plataforma no se limita a mostrar aquello que una persona decide buscar: aprende de los contenidos con los que interactúa y le ofrece otros similares. Una inseguridad concreta puede convertirse así en una sucesión de vídeos sobre esa misma parte del cuerpo, desde rutinas de ejercicio hasta dietas, productos o tratamientos.
Antes el miedo era que te vieran en el vestuario, pero se terminaba al salir. Ahora una fotografía o un vídeo pueden circular fuera de ese espacio
Yenay
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Según Illa, esta repetición permite que la presión se mantenga sin necesidad de una burla directa. En el caso de Ana, la inseguridad nace tras los comentarios de otras chicas y acaba condicionando la manera en que observa su cuerpo. Entre quienes han crecido con redes sociales, una preocupación puede reforzarse en silencio cada vez que el algoritmo devuelve imágenes, consejos o soluciones para corregirla. La mirada externa termina convertida en una vigilancia propia y constante.
La incomodidad también aparece fuera del vestuario. ON AIR Fitness Barcelona, por ejemplo, dispone de una “Zona Ladies” en su centro de Universitat. “En una zona solo para mujeres me siento más tranquila al entrenar. No porque me dé vergüenza mi cuerpo, sino porque dejo de pensar en cómo me ven y puedo concentrarme en hacer ejercicio”, explica Yenay, usuaria de 24 años. Su experiencia introduce un matiz: buscar un espacio propio no implica querer ocultar el cuerpo, sino reducir el peso de la mirada externa.
Dentro del vestuario, el teléfono móvil añade otra forma de exposición. “Antes el miedo era que te vieran en el vestuario, pero se terminaba al salir. Ahora una fotografía o un vídeo pueden circular fuera de ese espacio y las herramientas de inteligencia artificial permiten incluso crear imágenes íntimas falsas.”
Una presión diferente
Las experiencias de Ana y Silvia no permiten afirmar que toda una generación critique menos que otra, pero sí muestran un cambio en los códigos. Muchas jóvenes han normalizado hablar de diversidad corporal y han entendido que una opinión sobre el físico ajeno no siempre debe convertirse en un comentario. Que el vestuario pueda vivirse con menos vergüenza y más naturalidad es un avance.
La contradicción es que esa tolerancia hacia los demás todavía no siempre se aplica al propio cuerpo. Junto a los mensajes sobre diversidad conviven imágenes seleccionadas, rutinas de transformación y modelos físicos cada vez más precisos. La presión ya no depende únicamente de lo que alguien pueda decir en un vestuario: también se mantiene en la forma en que cada persona se observa, se compara y se corrige frente a la pantalla.
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